2.12.05

Memoria de mis putas alegres

No existe mayor engorro que hacer las maletas, máxime cuando se sobreestima la capacidad de éstas. Mi prudencia y experiencia en estas lides me hace emprender la labor con casi una semana de antelación, pero mi cobardía ante el desastre inminente me hace huir a mi refugio: el Nana Plaza. Aquí no pasa nada malo. Si un día hay alguna hecatombe mundial, me pueden encontrar allí.
Pocas son las noches (no digo días por razones obvias) que me quedan antes de regresar por un tiempo a la madre patria. Como suele suceder en estas ocasiones, en cuatro días se quieren hacer todas esas cosas que se ponen en la bandeja de “ya lo haré que me queda mucho tiempo”.
Finalmente estoy haciendo lo mismo que el primer día. Estoy sentado en el “Pharao’s” con un whisky en la mano, viendo un partido de la Premier League y contemplando a ratos las chicas, travestís, camareros, ticketeros, clientes y demás fauna que por allí pulula, entrando y saliendo de la miríada de bares que en este complejo se ubican.



Tampoco suelo variar mucho la ruta. Me desplazo unos quince metros hasta el “Pretty Lady”, voy a comenzar a despedirme de las chicas que más conozco porque en lugares como éste nunca sabes cuando vas a volver a encontrarte de nuevo con ellas, cosas del oficio, el de ellas. Las comprendo. En Mallorca nos sucede algo similar cuando vienen turistas a despedirse de nosotros. Hay buenos profesionales que se lo montan muy bien y hacen creíble su pesar por la marcha del turista. Nunca ha sido mi caso, por eso no me dedico ya directamente a la hostelería.
Pero vayamos a lo que estamos. Tal vez a alguna de mis amigas le doy pena y se lo monta “gratis total”, lo dudo, pero por probar que no quede.
Paso mis dos horas de rigor y lo único que he conseguido es pillar una cogorza, eso sí, regada de achuchones y buenos deseos en mi viaje de regreso a mi país. Nuevo destino: la puta calle o la calle de las putas, que en este caso viene a ser lo mismo. El largo peregrinar por Sukhumvit comienza, como ya es habitual, en el chiringuito de la esquina del Soi 7. Me siento y reflexiono al tiempo que voy dando sorbos cortos a mi copa, no porque esté muy borracho, sino porque las copas en Tailandia son casi como un “chupito” en España, y si te descuidas, en cuanto la camarera se da la vuelta, ya tienes que pedir de nuevo. Una de mis profundas reflexiones se centra en la capacidad que tiene el cuerpo humano para ir asimilando el alcohol; la media de copas que tomo al llegar al país se incrementa considerablemente con el paso de los meses, ¡con el gasto que ello conlleva! Mi presupuesto está ya bajo mínimos, pero eso sólo lo pienso cuando estoy despierto y sobrio, cosa que sucede, afortunadamente, pocas veces.



Como ya es preceptivo, acabo la “soirée” en el Soi 13, lugar donde acabamos los restos de todos los otros lugares, allí se junta lo mejor de cada casa, y las señoritas están de buen ver, lógicamente por mor del alcohol, que si las vemos de día y con la sangre limpia, más de un susto nos llevaríamos. Y esto lo he contrastado empíricamente. ¿Cómo? Pues haciéndoles fotos. En más de una ocasión he dado un salto para atrás frente a la pantalla del ordenador, al contemplar lo que me había llevado al hotel. Vivir para ver…
Al margen de intentar relacionarse con estas Dulcineas del Toboso (hermosas para el hidalgo demente, rudas para el lúcido) también suceden otras cosas. La mezcla cultural que por allí bulle produce en ciertas ocasiones algunos conflictos que nos sirven de divertimento para los que nos mantenemos al margen. Esta noche mismo he podido presenciar una bonita pelea entre occidentales y árabes (supongo, eran algo morenos). Sin saber a cuento de qué, un enorme y lujoso Mercedes se ha detenido en medio de Sukhumvit (una de las arterias más importantes de la ciudad) y de éste han bajado tres individuos de aspecto mafioso y se han liado a mamporros con unos occidentales que estaban sentados tomando unas copas. No sé ni me importa de quién ha sido la culpa, lo que me ha gustado ha sido el espectáculo. Gritos, tirones, mujeres chillando, vasos rotos, taburetes por el aire, y, lo que todos esperábamos, las pistolas, no han llegado. ¡Lástima! Habría sido una gran fiesta con traca final. Todo ha acabado como empezó, con los árabes en el coche y los occidentales en brazos de sus damiselas recuperándose de los golpes. Lo más destacable ha sido la ausencia de la policía, y teniendo en cuenta que el tráfico ha estado detenido más de un cuarto de hora, todavía no alcanzo a comprender su tan prolongada falta de presencia.
Repuesto de la emoción del espectáculo de la noche, me retiro a mis aposentos.



Llega el día de la partida. He tenido que pedir una maleta a Nan, y a pesar de ello, todo lo que he comprado cabe a duras penas. No lo entiendo, cada año me sucede algo similar. Me voy con tres pantalones y tres camisas y vuelvo con… yo qué sé qué. Bueno sí sé, desde un megáfono comprado en Birmania hasta una mascarilla antigás comprada en Vietnam, eso da una idea de cómo tengo la cabeza. En fin, sólo me queda rezar y ser astuto para no tener que pagar exceso de equipaje, que en los viajes transcontinentales las tarifas son saladas. En una ocasión, por tontería mía (debo reconocerlo) tuve que pagar con la compañía SWISS unas 30 mil pesetas. Mi error estuvo en recurrir a mis métodos a destiempo, cuando ya había apoquinado y la cosa no tenía marcha atrás. Recuerdo a la representante de la compañía pidiéndome perdón y asegurándome que en la próxima ocasión podría llevar el exceso que quisiera. Tonto yo y tonta la pava bobalicona que facturaba, de todo se aprende. Hay ocasiones en que un billete barato acaba saliendo caro, que las compañías saben muy bien lo que se hacen, y lo que no sacan por un lado, lo sacan por otro. En resumidas cuentas, tengo clara mi situación y creo poder controlarla, lo veremos en el aeropuerto.
Pero antes de meterme en la vorágine que supone un viaje de estas características, tengo que darme el último gustazo. Hace un par de años, un amigo francés, buen conocedor de la zona, me recomendó un modesto salón de masajes. Se trata del Annie’s. Intento recordar las indicaciones que me dio en su tiempo. Es increíble la facilidad que tenemos para recordar según qué cosas. Me desplazo hasta el soi 4 de Sukhumvit, llego a la altura del aparcamiento en cuyas inmediaciones se ubica el local. Doy vueltas con cara de turista despistado. En un primer momento no doy con el antro, y no es cuestión de ir preguntando al personal: “¡Oiga! ¿La casa de putas por dónde cae?” Prosigo con mi parsimonioso deambular hasta que veo un cartel con la inscripción esperada: “Annie’s”. El problema radica en que lo que allí veo es una cafetería corriente, sin embargo, mi instinto putero, me lleva entrar. Al fondo a la derecha, una escalera enmoquetada conduce al piso superior. Sin cruzar palabra con los que allí trabajan, cruzo la cafetería y enfilo la escalera.



Mi sexto sentido no me ha engañado. Frente a mí una barra, a mi derecha una “pecera” en la que las damiselas esperan su turno para entrar en acción. No tarda en aparece la “mamasan” del tugurio. “¿Cuál te gusta?” me pregunta. “Todas” respondo para quedar bien, porque la realidad es que de la docena que hay, apenas la mitad pueden llegar a ser de mi agrado. Hay que tener en cuenta que a estas horas estoy totalmente sobrio y veo las cosas tal y como son. “¿Qué quieres hacer?” me vuelve a interpelar. “Jugar al parchís, si te parece. No te jode”, eso lo pienso pero no lo digo. “Tráigame un té mientras me lo pienso” sugiero. La ventaja de este tipo de locales por los que no circulan los turistas novatos, es que no hay regateo porque se supone que el que por allí anda, es conocedor de las tarifas, dos euros arriba dos euros abajo. De cualquier modo, pregunto por cuánto me van a salir las dos próximas horas. “1200 bahts, todo incluido” (25 Eur), me parece más que razonable. Charlo un rato con la señora para matar el tiempo y no precipitarme en mi decisión. Súbitamente digo: “Esa, la número 22”. “Esa sólo la chupa” recibo como contestación. ¡Vaya! ¿Acaso mi cara refleja mi deseo de que me hagan algo más? “¿Tú qué quieres que te hagan?” espeta ella. Muy machote yo, confiado en mis capacidades y limpio de alcohol, le respondo: “Todo, quiero que lo haga todo”. “¿La 44?” pronuncio titubeante como un estudiante inseguro de la certitud de su respuesta en un examen oral. “Sí, esa lo hace todo” responde con alegría, como concluyendo un negocio con éxito. Pues dicho y hecho. Pago a la proxeneta y me voy acompañado de la menuda mozuela hasta una habitación disponible. El cuarto es más que aceptable, de reducidas dimensiones pero bien aprovechadas. Espejos en las paredes, bañera grande, sillones y una cama especial de las que se utilizan para dar masajes terapéuticos.
Mi desenvoltura con el idioma thai facilita notablemente el encuentro. No se trata sólo de ir a desfogarse, también tiene que haber momentos que ayuden a quitar la sordidez que puede rodear la situación. Mientras le hago preguntas sobre su vida y milagros, ella va preparando el baño. Seguidamente me invita a probar el baño para ver si la temperatura es de mi agrado. Siempre encuentro el agua demasiado caliente, pero se trata de una primera y errónea impresión, por lo que decido ir introduciéndome lentamente hasta que pasa el punto crítico de las zonas bajas. Inmerso ya en el líquido elemento y con la espuma cubriéndome hasta la barbilla, ella se apresta a acompañarme. Por sus reducidas medidas, cabe sin dificultad y se acomoda, no sé de qué forma, entre mis piernas. Me enjabona hasta lo más recóndito de mi cuerpo. Deja para el final el postre. Me pide permiso para comenzar a degustarlo. Permiso que le concedo de inmediato. Curiosamente, no pide chubasquero para tal menester, cosa que resulta de mi agrado por poco usual en los tiempos que corren. La verdad es que en esta circunstancia, al que corre más riesgo es ella. Pero yo no le voy a discutir nada a una profesional.



Los que afirman realizar viajes astrales, afirman salir de su cuerpo mediante ejercicios de meditación y relajación. Yo lo consigo aquí, en una bañera junto a una damisela que se deleita con el único “chakra” que conozco. Alcanzo el séptimo cielo, veo al Creador y regreso a mi cuerpo, momento en el que veo a la muchachita con los mofletes hinchados y los ojos mirándome en espera de una señal de aprobación. A modo de bendición papal, levanto la mano mientras asiento con la cabeza.
Me incorporo con cierta dificultad, el desgaste físico se hace notar, aunque no sé por qué, ya que no he movido un solo dedo, bueno, una de mis manos sí ha hecho algo de espeleología subacuática. Junto a la bañera hay una botella tamaño familiar de Listerine. Mi acompañante ocasional la coge a dos manos e ingiere una buena cantidad, no vaya a ser que se le produzcan caries por motivos laborales.
Me invita a tumbarme en al camilla y me acerca el zumo de naranja. Me ve extenuado y de hecho, lo estoy. Llevo muchos meses de ajetreo continuo y esto ha sido la guinda. Me pregunta qué quiero hacer ahora. La verdad es que lo único que me apetece es dormir, pero no es cuestión de desperdiciar mis últimas horas en el paraíso. Le propongo que me haga un masaje consciente de que no suele ser la especialidad de las jóvenes que se dedican a esta otra vertiente de los placeres corporales. Pero la cabra tira al monte y en un momento “pseudo-torrentiano” me dice: “¿Te hago una pajilla?”. “Bueno, haz lo que quieras” respondo a sabiendas de que no voy a ser más que un muñeco semi-inerte en sus manos. Terminada la húmeda faena, descanso un rato más. No hemos agotado todavía el tiempo estipulado, pero, satisfechos mis deseos más primarios, mi mente está ya en el viaje que voy a emprender en pocas horas. Nos vestimos y ella pone la típica cara de “dame algo”. Le doy 200 o 300 bahts de propina. Se queja un poco. “Quien no llora no mama” dice el refrán, pero en este caso no se puede aplicar. Llora, en broma, y mama, vaya que si mama. Nos despedimos y como un coche que ha pasado la ITV satisfactoriamente, me voy a mi apartamento a recoger todo mis bártulos para encaminarme hacia el aeropuerto, donde me espera una angustiosa prueba: el exceso de equipaje.



El taxi me deja frente a la terminal 1, la de los vuelos de Thai Airways. Busco en los monitores los mostradores en los que se factura el vuelo hacia Madrid con escala en Roma. Como ya es costumbre, el recinto aeroportuario parece un auténtico hormiguero. Ente la muchedumbre alcanzo a distinguir el lugar donde mi equipaje va pasar la prueba de fuego. Por fortuna, la compañía h habilitado un mostrador especial para los titulares de la Silver Card. Apenas pasan diez minutos cuando llega mi turno. Conozco al dedillo el “modus operandi” del buen pasajero, más que nada porque una de mis funciones, en mi trabajo, es la de ser el cabrón que decide si vas a pagar exceso o no, y en su caso cuánto vas a pagar. Regla de oro: entregar toda la documentación (billetes, pasaporte, tarjeta de fidelidad, etc.) y no hablar hasta que te pregunten. Cuando solicitan que deposites el equipaje para ser pesado, no intentar hacer triquiñuelas del tipo dejar una parte de la maleta fuera para que no se pese en su totalidad. Un viajero, por muy avezado que sea, pasa por los aeropuertos, el que factura vive en el aeropuerto y se sabe ese y todos los trucos imaginables. También está cansado de oír excusas tontas del tipo “cuando me compré el billete me dijeron que podía llevar 50 kilos”, “es que me mudo”, “no sabía que pesaba tanto” o “en mi país, cuando vine, no me dijeron nada y llevaba el mismo peso”. Eso es llamar tonta a la persona que tenemos delante, el silencio es oro en ese momento.
Mi temperatura corporal sube de sopetón cuando veo que la balanza señala 60 kilos, y eso que no he puesto el equipaje de mano que debe de rondar los 15 o 20 kilos. Me encomiendo a todos los santos. Nunca había llevado tanto peso. El sudor de mi frente es ya más que evidente. Antes de sacar carnés y dar explicaciones, aplico la Regla de Oro. Miro a la joven para intentar analizar su reacción ante ese número 60 que cada vez que lo miro me parece más grande. Mientas pienso de dónde voy a sacar el dinero para pagar, la facturante habla por primera vez: “¿Sabe Usted que con la tarjeta Silver le podemos autorizar hasta 30, máximo 38 kilos y Usted lleva 60? Bajando los ojos y con cara de niño que sabe que ha hecho una gamberrada, respondo: “Sí, lo sé, lo siento”. Veo que la cinta de las maletas se pone en marcha al tiempo que una voz, que ahora considero celestial, me dice: “Puerta 10, el embarque comienza a las 23 horas”. “Thank you, thank you, thank you very much” no me salen otras palabras. Retrocedo lentamente agradeciendo al modo asiático inclinando repetidamente la cabeza como los perritos que van en la bandeja trasera de los coches.
Lo más duro ya ha pasado. Paso el control de pasaportes sin problemas, tampoco hay motivos para que los haya. Me precipito hacia la tienda libre de impuesto y hago acopio de Marlboro a 70 céntimos de euro el paquete y perfume Armani clásico, mi perfume de toda la vida. Con mis argucias consigo un 20% de descuento. En España sólo se pueden entrar dos cartones. Hago el cálculo de las diversas personalidades que habitan en mí, lo multiplico por dos y compro tabaco para varios meses. Convenientemente repartido y camuflado en bolsas de diversas tiendas, el tabaco puede pasar sin problemas. Realmente, creo que la Guardia Civil está para otros menesteres, y poco le importa en qué medida vas a machacar tus pulmones.



Me voy hasta la puerta de embarque. Me siento frente a un televisor que jamás he visto bien sintonizado y que además nunca se oye, y eso en un partido de fútbol, no importa mucho, pero si la única cadena que tienen es la CNN, pues vamos apañados a no ser que sepamos leer los labios en inglés.

El tiempo que paso en la sala de embarque me da tiempo para hacer un rápido repaso de lo que me ha ido sucediendo a lo largo de estos meses. Pero no es hasta el momento en que el avión alza el morro y comienza a surcar el cielo de Bangkok cuando, contemplando por la ventanilla las luces de la ciudad, me viene a la mente el buen recuerdo de mis putas alegres.


FIN


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