<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494</id><updated>2011-12-15T09:36:09.789+07:00</updated><title type='text'>HERR PETER ASIA 2004/2005</title><subtitle type='html'>UN AÑO MAS OIGO LA LLAMADA DE ASIA Y DEBO HACER LAS MALETAS. SEGUIDME EN MI VIAJE.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>28</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-113349648953295006</id><published>2005-12-02T10:56:00.000+07:00</published><updated>2005-12-15T20:03:02.026+07:00</updated><title type='text'>Memoria de mis putas alegres</title><content type='html'>No existe mayor engorro que hacer las maletas, máxime cuando se sobreestima la capacidad de éstas.  Mi prudencia y experiencia en estas lides me hace emprender la labor con casi una semana de antelación, pero mi cobardía ante el desastre inminente me hace huir a mi refugio: el Nana Plaza. Aquí no pasa nada malo. Si un día hay alguna hecatombe mundial, me pueden encontrar allí.&lt;br /&gt;Pocas son las noches (no digo días por razones obvias) que me quedan antes de regresar por un tiempo a la madre patria. Como suele suceder en estas ocasiones, en cuatro días se quieren hacer todas esas cosas que se ponen en la bandeja de “ya lo haré que me queda mucho tiempo”.&lt;br /&gt;Finalmente estoy haciendo lo mismo que el primer día. Estoy sentado en el “Pharao’s” con un whisky en la mano, viendo un partido de la Premier League y contemplando a ratos las chicas, travestís, camareros, ticketeros, clientes y demás fauna que por allí pulula, entrando y saliendo de la miríada de bares que en este complejo se ubican.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blogputalegres/gogo.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tampoco suelo variar mucho la ruta. Me desplazo unos quince metros hasta el “Pretty Lady”, voy a comenzar a despedirme de las chicas que más conozco porque en lugares como éste nunca sabes cuando vas a volver a encontrarte de nuevo con ellas, cosas del oficio, el de ellas. Las comprendo. En Mallorca nos sucede algo similar cuando vienen turistas a despedirse de nosotros. Hay buenos profesionales que se lo montan muy bien y hacen creíble su pesar por la marcha del turista. Nunca ha sido mi caso, por eso no me dedico ya directamente a la hostelería.&lt;br /&gt;Pero vayamos a lo que estamos. Tal vez a alguna de mis amigas le doy pena y se lo monta “gratis total”, lo dudo, pero por probar que no quede.&lt;br /&gt;Paso mis dos horas de rigor y lo único que he conseguido es pillar una cogorza, eso sí, regada de achuchones y buenos deseos en mi viaje de regreso a mi país. Nuevo destino: la puta calle o la calle de las putas, que en este caso viene a ser lo mismo. El largo peregrinar por Sukhumvit comienza, como ya es habitual, en el chiringuito de la esquina del Soi 7. Me siento y reflexiono al tiempo que voy dando sorbos cortos a mi copa, no porque esté muy borracho, sino porque las copas en Tailandia son casi como un “chupito” en España, y si te descuidas, en cuanto la camarera se da la vuelta, ya tienes que pedir de nuevo. Una de mis profundas reflexiones se centra en la capacidad que tiene el cuerpo humano para ir asimilando el alcohol; la media de copas que tomo al llegar al país se incrementa considerablemente con el paso de los meses, ¡con el gasto que ello conlleva!  Mi presupuesto está ya bajo mínimos, pero eso sólo lo pienso cuando estoy despierto y sobrio, cosa que sucede, afortunadamente, pocas veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blogputalegres/tualek&amp;cia.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ya es preceptivo, acabo la “soirée” en el Soi 13, lugar donde acabamos los restos de todos los otros lugares, allí se junta lo mejor de cada casa, y las señoritas están de buen ver, lógicamente por mor del alcohol, que si las vemos de día y con la sangre limpia, más de un susto nos llevaríamos. Y esto lo he contrastado empíricamente. ¿Cómo? Pues haciéndoles fotos. En más de una ocasión he dado un salto para atrás frente a la pantalla del ordenador, al contemplar lo que me había llevado al hotel. Vivir para ver…&lt;br /&gt;Al margen de intentar relacionarse con estas Dulcineas del Toboso (hermosas para el hidalgo demente, rudas para el lúcido) también suceden otras cosas. La mezcla cultural que por allí bulle produce en ciertas ocasiones algunos conflictos que nos sirven de divertimento para los que nos mantenemos al margen. Esta noche mismo he podido presenciar una bonita pelea entre occidentales y árabes (supongo, eran algo morenos). Sin saber a cuento de qué, un enorme y lujoso Mercedes se ha detenido en medio de Sukhumvit (una de las arterias más importantes de la ciudad) y de éste han bajado tres individuos de aspecto mafioso y se han liado a mamporros con unos occidentales que estaban sentados tomando unas copas. No sé ni me importa de quién ha sido la culpa, lo que me ha gustado ha sido el espectáculo. Gritos, tirones, mujeres chillando, vasos rotos, taburetes por el aire, y, lo que todos esperábamos, las pistolas, no han llegado. ¡Lástima! Habría sido una gran fiesta con traca final. Todo ha acabado como empezó, con los árabes en el coche y los occidentales en brazos de sus damiselas recuperándose de los golpes. Lo más destacable ha sido la ausencia de la policía, y teniendo en cuenta que el tráfico ha estado detenido más de un cuarto de hora, todavía no alcanzo a comprender su tan prolongada falta de presencia.&lt;br /&gt;Repuesto de la emoción del espectáculo de la noche, me retiro a mis aposentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blogputalegres/ui naked.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llega el día de la partida. He tenido que pedir una maleta a Nan, y a pesar de ello, todo lo que he comprado cabe a duras penas. No lo entiendo, cada año me sucede algo similar. Me voy con tres pantalones y tres camisas y vuelvo con… yo qué sé qué. Bueno sí sé, desde un megáfono comprado en Birmania hasta una mascarilla antigás comprada en Vietnam, eso da una idea de cómo tengo la cabeza. En fin, sólo me queda rezar y ser astuto para no tener que pagar exceso de equipaje, que en los viajes transcontinentales las tarifas son saladas. En una ocasión, por tontería mía (debo reconocerlo) tuve que pagar con la compañía SWISS unas 30 mil pesetas. Mi error estuvo en recurrir a mis métodos a destiempo, cuando ya había apoquinado y la cosa no tenía marcha atrás. Recuerdo a la representante de la compañía pidiéndome perdón y asegurándome que en la próxima ocasión podría llevar el exceso que quisiera. Tonto yo y tonta la pava bobalicona que facturaba, de todo se aprende. Hay ocasiones en que un billete barato acaba saliendo caro, que las compañías saben muy bien lo que se hacen, y lo que no sacan por un lado, lo sacan por otro. En resumidas cuentas, tengo clara mi situación y creo poder controlarla, lo veremos en el aeropuerto.&lt;br /&gt;Pero antes de meterme en la vorágine que supone un viaje de estas características, tengo que darme el último gustazo.  Hace un par de años, un amigo francés, buen conocedor de la zona, me recomendó un modesto salón de masajes. Se trata del Annie’s. Intento recordar las indicaciones que me dio en su tiempo. Es increíble la facilidad que tenemos para recordar según qué cosas. Me desplazo hasta el soi 4 de Sukhumvit, llego a la altura del aparcamiento en cuyas inmediaciones se ubica el local. Doy vueltas con cara de turista despistado. En un primer momento no doy con el antro, y no es cuestión de ir preguntando al personal: “¡Oiga! ¿La casa de putas por dónde cae?” Prosigo con mi parsimonioso deambular hasta que veo un cartel con la inscripción esperada: “Annie’s”. El problema radica en que lo que allí veo es una cafetería corriente, sin embargo, mi instinto putero, me lleva  entrar. Al fondo a la derecha, una escalera enmoquetada conduce al piso superior. Sin cruzar palabra con los que allí trabajan, cruzo la cafetería y enfilo la escalera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blogputalegres/nongannies.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi sexto sentido no me ha engañado. Frente a mí una barra, a mi derecha una “pecera” en la que las damiselas esperan su turno para entrar en acción. No tarda en aparece la “mamasan” del tugurio. “¿Cuál te gusta?” me pregunta. “Todas” respondo para quedar bien, porque la realidad es que de la docena que hay, apenas la mitad pueden llegar a ser de mi agrado. Hay que tener en cuenta que a estas horas estoy totalmente sobrio y veo las cosas tal y como son. “¿Qué quieres hacer?” me vuelve a interpelar. “Jugar al parchís, si te parece. No te jode”, eso lo pienso pero no lo digo. “Tráigame un té mientras me lo pienso” sugiero. La ventaja de este tipo de locales por los que no circulan los turistas novatos, es que no hay regateo porque se supone que el que por allí anda, es conocedor de las tarifas, dos euros arriba dos euros abajo. De cualquier modo, pregunto por cuánto me van a salir las dos próximas horas. “1200 bahts, todo incluido” (25 Eur), me parece más que razonable. Charlo un rato con la señora para matar el tiempo y no precipitarme en mi decisión. Súbitamente digo: “Esa, la número 22”. “Esa sólo la chupa” recibo como contestación. ¡Vaya! ¿Acaso mi cara refleja mi deseo de que me hagan algo más? “¿Tú qué quieres que te hagan?” espeta ella. Muy machote yo, confiado en mis capacidades y limpio de alcohol, le respondo: “Todo, quiero que lo haga todo”. “¿La 44?” pronuncio titubeante como un estudiante inseguro de la certitud de su respuesta en un examen oral. “Sí, esa lo hace todo” responde con alegría, como concluyendo un negocio con éxito. Pues dicho y hecho. Pago a la proxeneta y me voy acompañado de la menuda mozuela hasta una habitación disponible. El cuarto es más que aceptable, de reducidas dimensiones pero bien aprovechadas. Espejos en las paredes, bañera grande, sillones y una cama especial de las que se utilizan para dar masajes terapéuticos.&lt;br /&gt;Mi desenvoltura con el idioma thai facilita notablemente el encuentro. No se trata sólo de ir a desfogarse, también tiene que haber momentos que ayuden a quitar la sordidez que puede rodear la situación. Mientras le hago preguntas sobre su vida y milagros, ella va preparando el baño. Seguidamente me invita a probar el baño para ver si la temperatura es de mi agrado. Siempre encuentro el agua demasiado caliente, pero se trata de una primera y errónea impresión, por lo que decido ir introduciéndome lentamente hasta que pasa el punto crítico de las zonas bajas. Inmerso ya en el líquido elemento y con la espuma cubriéndome hasta la barbilla, ella se apresta a acompañarme. Por sus reducidas medidas, cabe sin dificultad y se acomoda, no sé de qué forma, entre mis piernas. Me enjabona hasta lo más recóndito de mi cuerpo. Deja para el final el postre. Me pide permiso para comenzar a degustarlo. Permiso que le concedo de inmediato. Curiosamente, no pide chubasquero para tal menester, cosa que resulta de mi agrado por poco usual en los tiempos que corren. La verdad es que en esta circunstancia, al que corre más riesgo es ella. Pero yo no le voy a discutir nada a una profesional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blogputalegres/yoannies.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los que afirman realizar viajes astrales, afirman salir de su cuerpo mediante ejercicios de meditación y relajación. Yo lo consigo aquí, en una bañera junto a una damisela que se deleita con el único “chakra” que conozco. Alcanzo el séptimo cielo, veo al Creador y regreso a mi cuerpo, momento en el que veo a la muchachita con los mofletes hinchados y los ojos mirándome en espera de una señal de aprobación. A modo de bendición papal, levanto la mano mientras asiento con la cabeza. &lt;br /&gt;Me incorporo con cierta dificultad, el desgaste físico se hace notar, aunque no sé por qué, ya que no he movido un solo dedo, bueno, una de mis manos sí ha hecho algo de espeleología subacuática. Junto a la bañera hay una botella tamaño familiar de Listerine. Mi acompañante ocasional la coge a dos manos e ingiere una buena cantidad, no vaya a ser que se le produzcan caries por motivos laborales.&lt;br /&gt;Me invita a tumbarme en al camilla y me acerca el zumo de naranja. Me ve extenuado y de hecho, lo estoy.  Llevo muchos meses de ajetreo continuo y esto ha sido la guinda.  Me pregunta qué quiero hacer ahora. La verdad es que lo único que me apetece es dormir, pero no es cuestión de desperdiciar mis últimas horas en el paraíso.  Le propongo que me haga un masaje consciente de que no suele ser la especialidad de las jóvenes que se dedican a esta otra vertiente de los placeres corporales. Pero la cabra tira al monte y en un momento “pseudo-torrentiano” me dice: “¿Te hago una pajilla?”. “Bueno, haz lo que quieras” respondo a sabiendas de que no voy a ser más que un muñeco semi-inerte en sus manos. Terminada la húmeda faena, descanso un rato más. No hemos agotado todavía el tiempo estipulado, pero, satisfechos mis deseos más primarios, mi mente está ya en el viaje que voy a emprender en pocas horas. Nos vestimos y ella pone la típica cara de “dame algo”. Le doy 200 o 300 bahts de propina. Se queja un poco. “Quien no llora no mama” dice el refrán, pero en este caso no se puede aplicar. Llora, en broma, y mama, vaya que si mama. Nos despedimos y como un coche que ha pasado la ITV satisfactoriamente, me voy a mi apartamento a recoger todo mis bártulos para encaminarme hacia el aeropuerto, donde me espera una angustiosa prueba: el exceso de equipaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blogputalegres/pinkladypuuying.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El taxi me deja frente a la terminal 1, la de los vuelos de Thai Airways. Busco en los monitores los mostradores en los que se factura el vuelo hacia Madrid con escala en Roma.  Como ya es costumbre, el recinto aeroportuario parece un auténtico hormiguero. Ente la muchedumbre alcanzo a distinguir el lugar donde mi equipaje va pasar la prueba de fuego. Por fortuna, la compañía h habilitado un mostrador especial para los titulares de la Silver Card. Apenas pasan diez minutos cuando llega mi turno. Conozco al dedillo el “modus operandi” del buen pasajero, más que nada porque una de mis funciones, en mi trabajo, es la de ser el cabrón que decide si vas a pagar exceso o no, y en su caso cuánto vas a pagar. Regla de oro: entregar toda la documentación (billetes, pasaporte, tarjeta de fidelidad, etc.) y no hablar hasta que te pregunten. Cuando solicitan que deposites el equipaje para ser pesado, no intentar hacer triquiñuelas del tipo dejar una parte de la maleta fuera para que no se pese en su totalidad. Un viajero, por muy avezado que sea, pasa por los aeropuertos, el que factura vive en el aeropuerto y se sabe ese y todos los trucos imaginables. También está cansado de oír excusas tontas del tipo “cuando me compré el billete me dijeron que podía llevar 50 kilos”, “es que me mudo”, “no sabía que pesaba tanto” o “en mi país, cuando vine, no me dijeron nada y llevaba el mismo peso”. Eso es llamar tonta a la persona que tenemos delante, el silencio es oro en ese momento.&lt;br /&gt;Mi temperatura corporal sube de sopetón cuando veo que la balanza señala 60 kilos, y eso que no he puesto el equipaje de mano que debe de rondar los 15 o 20 kilos. Me encomiendo a todos los santos. Nunca había llevado tanto peso. El sudor de mi frente es ya más que evidente. Antes de sacar carnés y dar explicaciones, aplico la Regla de Oro. Miro a la joven para intentar analizar su reacción ante ese número 60 que cada vez que lo miro me parece más grande. Mientas pienso de dónde voy a sacar el dinero para pagar, la facturante habla por primera vez: “¿Sabe Usted que con la tarjeta Silver le podemos autorizar hasta 30, máximo 38 kilos y Usted lleva 60? Bajando los ojos y con cara de niño que sabe que ha hecho una gamberrada, respondo: “Sí, lo sé, lo siento”. Veo que la cinta de las maletas se pone en marcha al tiempo que una voz, que ahora considero celestial, me dice: “Puerta 10, el embarque comienza a las 23 horas”. “Thank you, thank you, thank you very much” no me salen otras palabras. Retrocedo lentamente agradeciendo al modo asiático inclinando repetidamente la cabeza como los perritos que van en la bandeja trasera de los coches.&lt;br /&gt;Lo más duro ya ha pasado. Paso el control de pasaportes sin problemas, tampoco hay motivos para que los haya.  Me precipito hacia la tienda libre de impuesto y hago acopio de Marlboro a 70 céntimos de euro el paquete y perfume Armani clásico, mi perfume de toda la vida. Con mis argucias consigo un 20% de descuento. En España sólo se pueden entrar dos cartones. Hago el cálculo de las diversas personalidades que habitan en mí, lo multiplico por dos y compro tabaco para varios meses. Convenientemente repartido y camuflado en bolsas de diversas tiendas, el tabaco puede pasar sin problemas. Realmente, creo que la Guardia Civil está para otros menesteres, y poco le importa en qué medida vas a machacar tus pulmones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blogputalegres/khruangbin.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me voy hasta la puerta de embarque. Me siento frente a un televisor que jamás he visto bien sintonizado y que además nunca se oye, y eso en un partido de fútbol, no importa mucho, pero si la única cadena que tienen es la CNN, pues vamos apañados a no ser que sepamos leer los labios en inglés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo que paso en la sala de embarque me da tiempo para hacer un rápido repaso de lo que me ha ido sucediendo a lo largo de estos meses. Pero no es hasta el momento en que el avión alza el morro y comienza a surcar el cielo de Bangkok cuando, contemplando por la ventanilla las luces de la ciudad, me viene a la mente el buen recuerdo de mis putas alegres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                                     FIN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PERO YA PUEDES SEGUIRME EN:&lt;A HREF="http://herrpeter200506.blogspot.com"&gt;EL BLOG 2005/2006&lt;/A&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-113349648953295006?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/113349648953295006/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=113349648953295006' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113349648953295006'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113349648953295006'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/12/memoria-de-mis-putas-alegres.html' title='Memoria de mis putas alegres'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-113281024479973267</id><published>2005-11-24T12:24:00.000+07:00</published><updated>2005-11-24T12:30:44.820+07:00</updated><title type='text'>En Pattaya, no hay tanta morralla</title><content type='html'>Pattaya es …. es….. es un emplazamiento difícil a la hora de definirlo en pocas palabras. No es descabellado afirmar que es complicado plasmar en unos pocos renglones todo lo que fluye en tan apasionante lugar, incluso para una persona versada en el tema, modestia a parte. En El Mundo TV no tienen ese problema, lo llaman “el mayor burdel del mundo”, y se quedan tan panchos.&lt;br /&gt;Debo reconocer que nunca ha sido un área santo de mi devoción. Su gran similitud con cualquiera de las zonas frecuentadas por le turismo de masa en España hace que no despierte el interés del turismo procedente del Mediterráneo. Hay que añadir que dicho lugar tiene la fama, entre los puteros colegiados, de ser la estación terminal de cualquier puta, de hecho no es extraño encontrarse con señoras que te explican su peregrinar por todo el país hasta llegar a esta zona costera. También es refugio de prófugos de la Ley de los más diversos países. Pero quien le dio la fama y fue, por ende, responsable de su expansión, fue la marina de los Estados Unidos. Con regularidad, atracan buques de la Navy que son esperados por las hetairas como agua de mayo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde Bangkok, la mejor opción de transporte, por económica (un par de euros) y rápida (2 horas), es el autobús. También existe la posibilidad de ir en Limusina, pero con lo que te cuesta, te puedes emborrachar una noche rematándola con “fuegos artificiales”. &lt;br /&gt;La estación sur está en la calle Sukhumvit a la altura de Ekamai. Y allí estamos todos. Se ha añadido una nueva pareja procedente de Mallorca, ya somos ocho, y “con ocho basta”, que luego vienen las movidas.&lt;br /&gt;Llevo una semana sin catar el alcohol, estoy como en una nube, pero sobrio, por lo menos. Antes de subir al autobús hacemos las últimas compras en las tiendecillas de la estación, dentífricos, bronceadores, patatillas, condones … no, eso no, el viaje es lúdico pero no hasta el extremo de necesitar el maldito capuchón de látex. Lo bueno de los viajes a este tipo de lugres, es que apenas necesitas nada. Toda la ropa (pantalones cortos y camisetas) y el mínimo neceser caben en una bolsa de reducidas dimensiones. Otro aspecto positivo de Tailandia es que, en general, los artículos de uso diario son muy económicos. Por ejemplo, vas caminando por la calle y tienes algo de frío, pues te compras una camisa de manga larga por tres o cuatro euros, y problema solucionado, todo se hace “ad líbitum”. El problema viene a la hora de hacer las maletas para retornar a la Patria, pero ese es otro cantar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/pattayablog/chaitalee1.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nan sigue siendo nuestro cicerone. Dado que lo conozco desde antes de que me salieran pelos en al cara, me abstengo de preguntarle qué planes nos tiene reservados. Es tailandés y eso no puede remediarlo, y como tal, los planes los hace de cinco en cinco minutos, es decir, sabe lo que vamos a hacer en los próximos cinco minutos, dentro de diez, podemos estar en una lancha o montados a lomos de un elefante. Me dejo llevar. Mi estoicismo alcanza niveles extremos, es la única forma de sobrevivir en países que siguen otras pautas de vida que no se ajustan a la rigidez a la que estamos acostumbrados. ¿Está bien? ¿Está mal? No sé, tal vez tengan ellos razón. La actitud más sabia es la de adaptarse y punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya estamos llegando a la estación de Pattaya, lugar donde una vez más se pone de manifiesto la actitud xenófoba de algunos tailandeses, bueno, “xenófobo” es quizás un calificativo exagerado, vamos a dejarlo en que son unos jetas. Me explico. Desde la estación hasta el centro hay que tomar unos taxis colectivos. Los thais pagan cinco bahts, los extranjeros ven quintuplicada la suma. Si uno lo sabe, se hace el loco y paga como un thai. En caso de que el cobrador ponga “cara rara”, se le suelta un: ¿Pen arai ah? Que viene a ser más o menos “¿Qué pasa tío? Con eso, suelen darse la vuelta y se marchan con sus cinco bahts. No es matemático, pero funciona muy a menudo. Sobra decir que fue una de las primeras frases que aprendí, más que nada, por su utilidad. Es importante darle a la frase la entonación barriobajera adecuada, ésta se aprende rápidamente frecuentando con asiduidad meretrices dispuestas a enseñártelo todo, incluido el idioma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestro hotel está ubicado en el centro pero en tercera línea. Justo enfrente está el salón de masajes “Sabailand” que vendría a significar en lengua cervantina “El país del bien estar”. Un complejo “erótico-festivo” para hombres o mujeres deseosas de probar cosas nuevas. Creo que sobra todo comentario. Una vez más, mis acompañantes me impiden, inconscientemente, visitar el mega-lupanar. Como viene siendo habitual, hay que ir a dormir pronto. Debemos levantarnos de buena mañana, una lancha nos espera para llevarnos hasta la Isla de Coral. Desde niño me mareo con sólo contemplar una postal de una barquita. Pero me sacrificaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/pattayablog/phomchaitalee.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El condenado despertador suena sin piedad. Me levanto de una cama que parece estar hecha de hormigón armado. En mi mente sólo hay una cosa: la lancha. Tomo una dosis doble de mi particular panacea, a ver si de esta forma el mareo se hace soportable.&lt;br /&gt;Como unos domingueros cualquiera vamos todos hacia la playa provistos de toda suerte de “material playero” y de un par de kilos de gambas. A estas horas, ni el mar se ha despertado. Nos acomodamos y rumbo al oeste empezamos la travesía. El trayecto de ida dura alrededor de 20 minutos, y se puede decir que es incluso agradable. Desembarcamos de los primeros. Apenas hay gente en la playa. Yo no la recordaba así. Estuve hace unos años y aquello parecía un hormiguero. Sin embargo, pasadas un par de horas, mi gozo en un pozo, está tal y como yo la tenía en mi memoria.  Eso es una pesadilla, el constante ir y venir de embarcaciones hace imposible el descanso. El coral de la “Isla de Coral” debe de estar repartido por todo el globo terráqueo en las casas de los turistas que por allí han pasado durante años. Se encuentran minúsculos fragmentos que llego a sospechar pueden ser esparcidos de noche por los explotadores del lugar para que la gente los encuentre y se reafirme en su creencia de que, efectivamente, está en la dichosa isla coralina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol es de justicia. Pasamos más tiempo en el agua que en la arena, si bien en el agua hay algo extraño que nos incomoda e inquieta por momentos. Sentimos pequeños pinchazos o minúsculas mordeduras, pero no vemos nada. El agua es bastante transparente y no percibimos ningún pececillo mordiéndonos por todas partes, excepto las partes cubiertas por ropa, a Dios gracias. Le explicamos a Nan lo que nos sucede, suponemos que como nativo y guía, sabrá a qué se deben nuestros picores. Su parca locuacidad nos deja como estamos. “No es nada” recibimos como explicación. No es nada, pero me da la sensación de que si me quedo tres horas en el mar, acabaré diluyéndome a base de “bocaditos”.  Pasadas las horas y estando Nan en el agua, no por gusto, que los tailandeses no se meten en el mar si no es por razones de fuerza mayor, llega su explicación. “Ah, pues sí. Hay algo que pica. Son pececillos” nos dice. Gracias, llevamos horas pensando que somos gilipollas con alguna afección cutánea extraña y ahora resulta que es lo que habíamos pensado en un primer momento. Lo curioso del asunto es que estos “pezqueñines” son minúsculos o invisibles porque nos fuimos de allí sin saber cómo eran.&lt;br /&gt;Sobre el mediodía damos orden para que empiecen a preparar las gambas que hemos traído. Una pantagruélica comida nos espera en la mesa. No dejo de tener presente la lancha, cosa que me refrena a la hora de saborear los manjares que nos son ofrecidos, no sea cosa que las gambas vuelvan a su medio natural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/pattayablog/ahaan.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al atardecer se incrementa el trasiego de turistas con el consiguiente estruendo que rompe todo el encanto del idílico espacio. Nuestra lancha es de las últimas en llegar a recogernos.  En la lejanía observo cómo saltan las demás embarcaciones sobre las olas. Todo me hace presagiar una travesía de pesadilla. Para añadir más emoción al asunto, la lancha se para a los pocos minutos, dejándonos a merced de un mar cada vez más embravecido. Me encomiendo a todos los dioses a pesar de mi ateísmo. Si me dieran la oportunidad preferiría volver nadando o atado de una cuerda y arrastrado, pero a bordo NO. Mientras especulo sobre la forma en que puedo paliar, aunque sea un poco, mi mareo, los motores empiezan a rugir. Todavía no hemos salido de la cala que forma la playa y esto parece un tiovivo, lo que veo más adelante es una montaña rusa. Procuro fijar la mirada en el horizonte y olvidarme de las suculentas gambas ingeridas horas antes. A varias millas de distancia se vislumbran los edificios más altos de Pattaya, pero no parecen estar más próximos en ningún momento. Procuro que la congoja no se apodere de mí. Todavía recuerdo la última vez, el mareo me duró hasta la vuelta a Bangkok. Por lo menos, en esta ocasión, estoy prevenido porque esto pasa todos los días, cuando se pone el sol, se revuelve el mar. Una extraña tranquilidad empieza a invadir mi cuerpo, cómo aquel que se está muriendo y sabe que ya no hay nada que hacer. Agacho la cabeza unos minutos. Al reincorporarme se produce el milagro. La costa está ya cerca, puedo distinguir a la gente caminando por la playa. Si he aguantado hasta ahora, ya no me hundiré. Con los pies en tierra firme constato que no estoy mareado, la tensión acumulada, al ser liberada de sopetón, impide que sienta cualquier efecto negativo tras tan tormentosa travesía, la alegría por haber sobrevivido sin más, ahuyenta cualquier pensamiento o sensación negativos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/pattayablog/toahaan.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regresamos al hotel para darnos un chapuzón en la piscina y embadurnarnos, a base de paleta, de “after-sun”. Ya es habitual en mí el menospreciar la fuerza de los rayos solares en estas latitudes. Las consecuencias las pago por la noche, cuando tengo que dormir de lado, más que nada porque no puedo dormir de pie como los pájaros.&lt;br /&gt;Quedamos a las 20:30 en la puerta del hotel. Son casi las 21 y yo estoy roncando. Rara es la vez en que soy impuntual, pero la “aventura” de la lancha me ha trastocado. Mi atontamiento es tal que, al oír a uno de mis amigos llamar a la puerta de mi habitación, abro y no sé ni qué hora es, ni dónde estoy, por un momento creo que es pronto por la mañana, y estoy en Bangkok, Chiang Mai o Dios sabe dónde. Intento centrarme. “Reseteo” mi cerebro. Ya sé que estoy en Pattaya, que estoy con amigos españoles y tailandeses, y que esta noche vamos a un espectáculo de maricones, bueno … a un “show de cabaret con travestidos”. Es ciertamente muy bueno, de hecho lo he visto en diversas televisiones del mundo. Cada día hacen tres funciones y está lleno a diario, por algo será. Como es lógico, mis amigos disfrutan más que yo. Para ellos, en ese momento, la imagen del travestido es la de un artista sobre el escenario, yo, con mi retorcida mente, los identifico con los que a diario veo en la calle Sukhumvit de Bangkok, los mismos que, intentando tocarme, me dicen, con voz de camionero: “Hola cariño, ¿quieres pasar un buen rato?”. Claro, son dos visiones muy distintas … pero qué le vamos a hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://www.herrpeter.com/Pics200405/pattayablog/kathoey.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras el espectáculo vamos a un restaurante. Afortunadamente no es “muy típico”, es decir, la comida es variada y los thais comerán lo suyo y yo lo mío. De camino nos topamos con un bar que luce orgulloso un enorme cartel que reza: “Japanese only”. Menudos hijos de puta. Podrían pensarlo y callarse por lo menos. ¿Alguien se imagina un cartel de este tipo en cualquier país occidental? En Tailandia vale todo, incluso la xenofobia más explícita, sin que nadie diga: “esta boca es mía”.&lt;br /&gt;Durante la opípara y amena velada, Sam, un amigo tailandés, que hoy es comensal vecino mío, no para de comentarme cómo está tal o cual camarera. “¡Mira, mira, mira! ¡Cómo está la de aquella mesa! ¿Quedamos con ella para más tarde?” me dice. “Hombre, no creo que se venga así por las buenas. No nos conoce de nada” le respondo. Ni corto ni perezoso, la llama y ella se acerca, más que nada porque somos clientes del local en el que trabaja, supongo. Le come el coco un ratillo y él le da su número de móvil por si quiere ir a tomar algo con nosotros cuando salga del trabajo. La última vez que ligué sin que intermediara transacción económica de por medio fue … fue … , pues hace bastante tiempo, me da la impresión. Desde que tengo el carnet de manipulador de medicamentos y el de sumiller de las mejores bodegas de las Tierras Altas, mi memoria me juega malas pasadas, o buenas, porque hay momentos que más vale olvidar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminada la cena, volvemos hacia el hotel, no sin antes hacer una parada en la discoteca de Suthep, otro de los amigos thais que nos acompaña. Bueno, no sé si es suya o él es el gerente, o es que lleva allí toda la vida. Pedir aclaraciones sobre estas cuestiones en Tailandia es inútil, siempre se obtienen respuestas vagas. La sala de fiestas se encuentra justo frente al hotel. Quedamos en vernos en diez minutos. El tiempo pasa y ahí estoy yo con Suthep y unas cuantas chicas, que no sé si son camareras, relaciones públicas, putas o todo a la vez. No hay ni un solo cliente. La situación no es muy cómoda para mí. El ambiente es frío, pero no por la decoración o la carencia absoluta de concurrencia, sino por la obsesión tailandesa, de la que ya he hablado en alguna ocasión, de tener el aire acondicionado a tope. Pasan diez minutos, quince, me canso. Le digo a Suthep que voy a ver que pasa con el resto. Me acerco hasta el hotel. Resulta que todos se han rajado. ¡Claro! ¡Nadie quiere o puede catar carne autóctona! Le explico la situación a mi amigo. No sé si la entiende o no, porque los asiáticos son bastante poco expresivos y nunca sabes si te han entendido, si están de acuerdo o si no. Bueno, dada la situación, opto por retirarme yo también. Me conozco, sé que cuando cae una copa, las otras caen como si de piezas de dominó se tratase. Y no es cuestión de regresar a Bangkok con una resaca del diez, que el trayecto en autobús es bastante pesado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este viaje ha servido para reconciliarme con Pattaya, un lugar que no recomiendo para el que quiera conocer la Tailandia auténtica, y menos a un español que dispone en su país de playas suficientes y mejores que la de tan afamado lugar. Pero para un grupo de jóvenes que quieran pasar un par de días divertidos, es un lugar más que aceptable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debo reconocer que las cosas han cambiado por aquí, y hoy se puede decir que en Pattaya, no hay tanta morralla como antaño.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-113281024479973267?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/113281024479973267/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=113281024479973267' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113281024479973267'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113281024479973267'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/11/en-pattaya-no-hay-tanta-morralla.html' title='En Pattaya, no hay tanta morralla'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-113159932402380264</id><published>2005-11-10T12:07:00.000+07:00</published><updated>2005-11-10T12:16:50.570+07:00</updated><title type='text'>Tres horas, tres países</title><content type='html'>La carretera entre Chiang Mai y Chiang Rai siempre me ha parecido maravillosa. En esta zona se localizan las estribaciones de la cordillera del Himalaya. Las montañas no son elevadas y forman angostos valles por los que fluyen frescos riachuelos. Se pueden contemplar unos paisajes idílicos, a no ser que … que se sea como yo. Las cuatro horas que dura el trayecto las paso dormitando en un estado de duermevela, cercano por momentos al coma. Los ansiolíticos y anti-depresivos en estómago vacío son prodigiosos, y si además le añadimos un suave balanceo del vehículo, un aire acondicionado “ma non troppo” y una compañía silenciosa, nos encontramos en el nirvana, sin necesidad de túnica azafrán y largos períodos de meditación.&lt;br /&gt;Un alto en el camino nos hace recordar que estamos a unos miles de kilómetros de casa. Una de las paradas más típicas es la que se realiza en un punto en el que un pequeño e idílico arroyo que fluye entre las rocas se convierte en fuente de desgracias a pesar de los avisos. ¿Por qué? Porque el agua sale hirviendo de las entrañas de la tierra. Los niños que por allí pululan se ofrecen, por una módica suma, a poner en el agua sus huevos para que veamos como se endurecen; bueno …. los huevos son de gallina, si fueran los suyos, pagaría con gusto ante semejante proeza.&lt;br /&gt;Nos tomamos algo en un chiringuito para turistas y seguimos nuestro camino hacia nuestro destino. Pasan pocos minutos, vuelvo a caer en trance. Mi vuelta a la realidad se produce ya en el núcleo urbano de Chiang Rai. Antes de abrir los ojos, las frenadas y giros del vehículo me dan a entender que estamos llegando.  El hotelillo es modesto, pero moderno y limpio, algo no tan sencillo de encontrar fuera de las zonas más turísticas, sobre todo cuando hablamos de establecimientos económicos.&lt;br /&gt;Descansamos un par de horas y quedamos para ir a cenar. Nan ha decidido que nos va a llevar a un restaurante típico de la región. Ya me conozco la historia, voy a pasar hambre. Lo “típico” está bien para los turistas que quieren probar algo diferente, pero yo hace tiempo que dejé esa etapa atrás, yo soy de los de “bocatajamón”. Pero tengo que resignarme como un diputado de Izquierda Unida. Unos porque son thais y otros porque son turistas se imponen sobre una opinión que ni siquiera he expresado. No importa, ya he localizado un par de 7/11 (tienda 24 horas) donde aprovisionarme de sanos alimentos, Mars, Twix, Cheetos y Oreos, o sea, comida como Dios manda.&lt;br /&gt;Ante la perspectiva de una cena de la que no voy a pasar a ser más que un mero testigo, hago una propuesta que sé a ciencia cierta, va a ser aprobada por mayoría absoluta. De mis anteriores visitas a la población, guardo en mi memoria los lugares que me han proporcionado placer. Curiosamente uno de éstos está al lado del restaurante de marras. Un decente salón de masajes donde recuerdo que la relación calidad precio era difícilmente mejorable. Como ya es habitual, cuando ven a más de tres blancos juntos por estos pagos, se arma cierto revuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blog3paises/restaurante.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que mis amigos han cenado y yo he hecho una degustación, nos vamos al mercado nocturno, única diversión apta para menores y/o mayores acompañados de señoras. La verdad es que tiene su gracia, sobre todo para el recién llegado. Allí están las mujeres de las tribus vendiendo sus abalorios, que hoy en día no sé si los fabrican ellas mismas en la montaña o salen de algún taller atestado de chinos en las afueras de Shanghai. Pero la diversión no termina en este vicio consumista. Sobre un par de escenarios hay diversos espectáculos, principalmente danzas populares y cantos propios del lugar. A pesar de los años me sigue gustando verlos; será lo mismo que les pasa a los turistas en España con el flamenco. En una de mis más recientes visitas, cuando tuve que casi huir por haber sido nombrado persona “non grata” por los proxenetas del pueblo (pero eso es otra historia), una de mis aficiones después de hacer la digestión de la cena, era apostarme en primera fila con mi whisky en la mano y seguir las evoluciones y gorgoritos de todos los que pasaban por escena. Cada número me parecía mejor, pero me temo que no era porque los artistas fueran mejorando sino más bien fruto de los efluvios espiritosos.&lt;br /&gt;La compañía obliga y sólo puedo pasearme delante de esos bares que yo me encargaba de cerrar a diario en aquellos años en que no había puta que no hubiera oído hablar de mí. Procuro que no se me vea mucho, no vaya a ser que alguien me reconozca y me tiente con una botella de “Black”.&lt;br /&gt;Mañana es un día de esos que gustan a los turistas masoquistas, de esos que cuando regresas al hotel da la impresión de que te han dado una paliza entre diez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La jornada promete ser maratoniana. El ritual vespertino es ya, por desgracia, el habitual. Nuestro primer destino es la población fronteriza Mae Sai. Un poblado formado por apenas cuatro calles, pero enclave crucial del comercio lícito e ilícito entre Tailandia y Birmania o República de Myanmar, como se llama ahora. Hace un par de años, cuando estuve para renovar mi visado, el viaje hasta dicha población fue algo distinto. Se me ocurrió la brillante idea, tampoco tenía otra opción, de tomar el transporte público. El problema en Asia de este tipo de transportes es que están adaptados a sus medidas, cosa lógica por otra parte. La cuestión es que el micro-bus era “micro” en toda la extensión de la palabra y además llevaba “aire condicionado”, condicionado por la temperatura que hacía fuera. No mido más de 1,70, por ende, quepo bien en cualquier asiento, sea de avión, de tren o de barco, pero en Tailandia NO. Me encajo, cual contorsionista de grandes habilidades, en un asiento de ventana. En un principio los pasajeros son los que corresponden por el número de asientos, pero a medida que transcurre el viaje aquello se va llenando de gente que, obviamente, no va con las manos vacías. Eso es peor que el camarote de los hermanos Marx. A la vuelta, los militares apostados en diferentes puntos de la carretera, se ocupan de ir aligerando el vehículo haciendo descender a los inmigrantes ilegales (birmanos) y no para llevarlos a un centro de acogida sino para llevarlos directamente de vuelta a su punto de origen, no sé si previo pago de una multa. La imagen impresiona. Piden la documentación a todo ser viviente. A los blancos nos ignoran, las posibilidades de que entremos ilegalmente por Birmania son escasas por no decir nulas. El hecho de que nos ignoren no significa que ni nos miren, nos miran y con mirada condescendiente nos indican que podemos guardar el pasaporte sin mirar siquiera la nacionalidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blog3paises/myanmar.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero todo eso es para los aventureros o los que, como yo, juegan a exploradores durante unas horas al día para luego refugiarse en el hotel con agua caliente y televisión por satélite.&lt;br /&gt;Esos tiempos han quedado atrás y hoy viajo en compañía de mis amigos en una cómoda “Mini-Van” con aire acondicionado.&lt;br /&gt;Entrar y salir de Tailandia y de Birmania cuesta dinero, como todo lo que lleva un sello oficial en Asia. Pero en esta ocasión vamos acompañados de Nan, quien, por su profesión de guía turístico oficial, tiene los contactos necesarios para que podamos pasar de un país a otro sin tener que sufrir la burocracia de ambos países con su consiguiente coste pecuniario, que se ve drásticamente reducido, siempre es más económico un pequeño soborno que una tasa.&lt;br /&gt;Pasamos la frontera como un Roldán cualquiera. Sin darnos cuenta, ya estamos caminando por Tachilek, el pueblo limítrofe. Las calles más cercanas al puente, son una sucesión de tenderetes. Como occidentales de pro, miramos y buscamos algo que comprar, no sabemos qué, pero tenemos que comprar. &lt;br /&gt;Cuando estuve la última vez, mi razonamiento fue otro. ¿Qué hace un hombre solo para matar el tiempo un par de horas? Pues ir de putas. Claro que a las dos de la tarde y en un lugar que desconocía por completo, la aventura era algo arriesgada, sin embargo hay momentos en que no se piensa, se actúa. Y esa fue una de esas ocasiones. Pillé una bici-taxi y le dije al chaval: ¿Tú sabes dónde hay alguna chica birmana dispuesta a pasar el rato por un módico precio? En vista de que se iba a llevar una comisión (supongo) el enclenque ciclista se convirtió en todo un Induráin. ¡Cómo sudaba el cabrón! Pero fue cuestión de minutos el que me encontrara en una casa en la que vivían unas jovencitas, que, algo sorprendidas, más que nada por la hora que era, me observaban y se reían. Escogí una y  planté una pica en Birmania. Si bien gran parte de la población local habla thai, la meretriz en cuestión no tenía ni papa ni de thai ni de inglés, claro que para lo que yo quería, de poco servían los idiomas, aunque siempre me gusta romper un poco el hielo soltando un par de chorradas.&lt;br /&gt;Pero hoy debo, una vez más, dejar aparcados mis más bajos instintos por mor de mis acompañantes. “Esperad aquí un rato que voy a ver si encuentro una puta”, queda feo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tabaco, películas pirata, ropa, utensilios de lo más diverso, casi todo originario de la cercana China, se puede encontrar por estas callejuelas. En una tienda me topo con una inmensa toalla-bandera del Real Madrid, de España no tienen ni idea pero de fútbol un montón, y los más doctos creen que la capital de España es “Real Madrid”.&lt;br /&gt;No sé si por efecto del calor o del ambiente consumista, acabo comprando un megáfono. Sí, un megáfono. ¿Para que coño quiero yo un megáfono? ¿Voy a montar alguna vez una manifestación en mi pueblo? No sé, pero tarde o temprano seguro que le encontraré alguna utilidad, igual que a la mascarilla antigás que me compré en Vietnam.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blog3paises/realmad.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tabaco está a un precio irrisorio, al nivel de su calidad. Caí una vez  y tuve que tirar más de la mitad de los paquetes. La marca es la original, pero están mojados, picados o son de finales de la segunda Guerra Mundial.&lt;br /&gt;En unos híbridos de moto y ciclo-taxi nos desplazamos por los escasos lugares turísticos del pueblo. Me impresionan sobremanera unos budas ubicados en un templo que lucen en su pecho una cruz gamada en sentido inverso.&lt;br /&gt;Visto todo lo que hay por ver, pasamos la frontera por el mismo procedimiento ilícito.&lt;br /&gt;Tomamos algo para reponer fuerzas y montados en nuestro cómodo vehículo nos dirigimos hacia el centro del Triángulo de Oro, famoso en su tiempo por ser la zona de mayor producción mundial de heroína. Hoy en día la industria se ha reconvertido y lo que circula por aquí son pastillas, más económicas y sencillas de fabricar. Sin embargo siguen existiendo campos de opio, todos ellos muy vigilados por el ejército, destinados a la industria farmacéutica.&lt;br /&gt;¡Cómo cambian las cosas! Lo que hace unos años era un sencillo arco de ladrillo y estuco desde el que se divisaba el punto exacto en que se encuentran Birmania, Laos y Tailandia, se ha convertido en una espectacular y monumental cosa indeterminada en fase de construcción. El turismo, con lo que conlleva, ha deteriorado un tanto el paisaje. Subimos una escalinata que nos lleva hasta el museo del opio. En este peculiar recinto se muestra la historia de tan denostado producto, su proceso de elaboración y las consecuencias nefastas en caso de mal uso. Hace un tiempo, a la salida, regalaban a cada visitante una amapola (de la que se extrae la materia prima) disecada, pero debido a los problemas con los que se encontraban los turistas en las aduanas por “tráfico de estupefacientes”, han dejado de hacerlo. Ahora regalan una postal. Menudo cambio.  Un poco más arriba en la colina, se encuentra un templo budista. Lo recuerdo bien porque en mi etapa mística, previa a la etapa putera, conocí un monje con el que estuve charlando un buen rato sobre lo humano y lo divino. ¡Qué tiempos aquellos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blog3paises/cruzgamada.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una lancha rápida nos espera en el embarcadero. Y allí estamos todos, con nuestros chalecos salvavidas que nos dan apariencia de hombre Michelín. Al otro lado del río está la República Popular de Laos. Estas embarcaciones son tremendas. Miden poco más de un metro de ancho y van provistas de un motor de camión que les da una potencia que las hace, a mi entender, algo peligrosas. Pero, ¿qué más da? En caso de accidente, sería una forma original de morir, allí, en pleno río Mekhong. El trayecto es tan breve que no me da tiempo a pensar en mi funeral. ¡Hale! ¡Ya está! Nos encontramos en otro país, sin que nadie nos pregunte nada y sin que asome nadie de uniforme, una simple mesa con un tampón encima (de los de poner sellos, joder, no piensen cosas raras) para poner un sello en nuestro pasaporte si así lo deseamos. Por lógica, supongo que este sello no tiene ninguna validez, pero tiene su gracia. Lo hemos conseguido, en poco más de tres horas hemos pisado tres países. Y ahora que estamos en Laos, ¿qué hacemos? En la especie de poblado hay una especie de bareto. Pues nada, nos sentamos y nos tomamos algo. Varios niños guarretes andan haciendo de las suyas por allí, dándole la brasa a los pocos turistas que por allí pululan. Resulta curioso que esos mismos niños, en alguna de nuestras ciudades, serían calificados de sucios inmigrantes o gitanos y en pleno sudeste asiático son “unos niños muy monos” que se hacen fotos con los visitantes.&lt;br /&gt;La jornada está siendo algo agotadora, bueno, algo agotadora no, muy agotadora. Volvemos a montarnos en la lancha de la muerte que nos lleva río abajo hasta un punto en que nos espera la “mini-van”.&lt;br /&gt;Debemos regresar con cierta celeridad. Hay que llegar a Chiang Mai a tiempo para tomar el avión de regreso a Bangkok.  Llegamos a la capital norteña con el tiempo suficiente para encontrarnos con más amigos thais con los que vamos a comer algo en otro “restaurante muy bueno”, venga, a pasar hambre otra vez.  Sólo una cosa puede reponerme tras tanto ajetreo: un buen masaje. Por lo visto, Nan conoce un sitio en el que se dan masajes especiales (no guarros) que duran más de tres horas. Según mi reloj, perderemos el avión. Aunque debo reconocer que por deformación profesional soy excesivamente precavido, siempre llego a los aeropuertos con mucha antelación. Y si perdemos el avión, pues no habrá sido porque yo no lo había dicho.&lt;br /&gt;El masaje es de lo más curioso. Comienzan con el procedimiento habitual. Pasada media hora, observo cómo traen unos recipientes de los que sale mucho vapor. No sé qué es, pero me da miedo. Me piden que me quite la camiseta y me recueste boca abajo. Con los ojos cerrados, siento repentinamente algo que me abrasa la espalda. ¡Coño! ¿Pen arai (qué pasa)? Espeto sobresaltado. Se trata del masaje térmico con hierbas aromáticas. Tiene efectos medicinales, aunque no saben concretarme cuáles. A medida que van aplicando esas bolas de tela rellenas de hierbas sobre el resto de mi cuerpo, me voy relajando, no por efecto de las hierbas sino porque mi cuerpo ya se ha acostumbrado a la temperatura. Un masoquista se lo pasaría bomba. Cuando creo que todo ha terminado, me indican que debo quitarme los pantalones. ¡Joder! ¿Y ahora qué van a hacerme, que esto está lleno de peña? Masaje de aceites esenciales, otro gran beneficio para la salud, pero una vez más, cuando pregunto para qué son buenos los ungüentos, recibo las mismas vagas respuestas. En todo caso, yo sí le encuentro la utilidad: me da gusto, y con eso me basta.&lt;br /&gt;Todavía aceitosos nos montamos en los coches que nos desplazan hasta el aeropuerto. Mi funesto vaticinio no se ha cumplido, no hemos perdido el vuelo. En poco más de una hora estaremos de nuevo en Bangkok, con el tiempo justo para cambiar nuestro equipo de exploradores por el de playeros domingueros. Mañana nos espera Pattaya.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-113159932402380264?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/113159932402380264/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=113159932402380264' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113159932402380264'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113159932402380264'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/11/tres-horas-tres-pases_10.html' title='Tres horas, tres países'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-113046934008096079</id><published>2005-10-28T10:07:00.000+07:00</published><updated>2005-10-28T10:15:40.113+07:00</updated><title type='text'>Hay bonito en el norte</title><content type='html'>Viajar me gusta, cosa obvia. Madrugar, no. Por desgracia, en la mayoría de ocasiones, el madrugón y el viaje van aparejados. Si viajo solo, puedo adaptar mis poco usuales costumbres a mis todavía menos usuales horarios. La cuestión es que hoy formo parte de un grupo que pretende ver mucho en poco tiempo, y por ende, dormir poco. La solidaridad se tiene que imponer en estas circunstancias. Dejo el alcohol y las mujeres apartados durante unos días, sólo y exclusivamente durante el tiempo que dure este periplo, todo ello en deferencia a mis amigos que han recorrido tantos kilómetros para disfrutar de las bellezas del país, unas bellezas que poco tienen que ver con las que yo acostumbro a disfrutar en las pérfidas noches asiáticas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé que hora es. Debe de ser pronto porque llevo gafas de sol. Aquí estamos todos, en la terminal de vuelos nacionales de Bangkok. Hace un par de días compramos por internet los billetes electrónicos de la compañía tailandesa Nok Air (filial de bajo coste de la compañía de bandera Thai Airways) para desplazarnos hasta el norte, hasta Chiang Mai, “capital” de la zona septentrional de la nación. Desde allí, el transporte puede realizarse por carretera sin ningún problema. Las carreteras son bastante decentes, por mucho que siga habiendo gente que se cree que los caminos son de tierra y la gente se mueve en carros tirados por bueyes.&lt;br /&gt;No viajo de uniforme, y en consecuencia, no puedo gozar de esos pequeños privilegios con los que tanto se hincha mi ego.  No sería plan vestir a todos mis amigos de aviadores y azafatas, la cosa cantaría a la legua. Utilizando estas pequeñas argucias no conviene llamar en exceso la atención.&lt;br /&gt;Ya a bordo, nos acomodamos en nuestros respectivos asientos. Mientras me abrocho el cinturón, observo a mi derecha a un pasajero occidental, con aire de turista y como tal, va acompañado de un tizón menudo que le sirve de guía. No me llama la atención que esté acompañado de un tailandesa, en cualquier caso me extrañaría lo contrario. Destaca de los demás por sostener en su mano una botella de Heineken, de la que, con breves intervalos, va sorbiendo nerviosamente su contenido.  Me indigna, me subleva, no salgo de mi asombro. Por mi profesión, y más que nada, por mi sentido común, no entiendo cómo ha llegado este hombre hasta el interior de avión con un arma potencial en sus manos. ¿Le quitan a la abuelita la lima de uñas y dejan pasar a este hombre con un objeto mucho más mortífero? Y además las azafatas, ni pío. Sí sí , yo las sigo llamando azafatas, que eso de “auxiliares de vuelo” es una mariconada políticamente correcta. Para mí las auxiliares de vuelo son las camareras que me ayudan a iniciar mi particular vuelo sirviéndome whisky, o mi proveedor de alprazolam, que también me auxilia en mis “vuelos”. Volviendo al “turista-terrorista”, por no dar la nota delante de mis amigos y no ir de uniforme, me quedo callado mientras me reconcome la indignación. Eso sí, no me reprimo, saco mi cámara y le hago unas cuantas instantáneas, ante su pasividad. La verdad es que creo que debe de ser de los que tienen fobia a volar y se refugian en el alcohol, no tiene aspecto de secuestrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blognorte/image001.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prefiero no seguir hablando de la seguridad en los aeropuertos, más que nada porque pretendo no perder mi puesto de trabajo, y en segundo lugar, porque no quiero meter miedo en el cuerpo a los que son algo sensibles a la hora de volar. Mis veladas críticas van hacia los aeropuertos, NO hacia las compañías y al mantenimiento de los aparatos.&lt;br /&gt;Como muestra, otro botón que ahora me viene a la memoria. Hace un par de años, en uno de mis viajes a Camboya, me sublevé, en mis adentros, claro. Tras pasar por el mostrador de facturación, había que pagar en otra ventanilla 23 dólares en concepto de “security fee”, es decir, además del precio del billete, por velar por nuestra seguridad, debíamos abonar la cantidad mencionada como tasa adicional. ¡Panda de desgraciados! Pensé al instante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blognorte/mipatiob.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y todo ello tiene una simple explicación. Un día antes había estado yo haciendo prácticas de tiro con toda suerte de armas, desde pistolas y ametralladoras hasta lanzagranadas. El campo de tiro estaba ubicado a escasos metros de la cabecera de pista del aeropuerto de Phnom Penh. Los aviones que tomaban tierra casi me despeinaban. Podía alcanzarlos tirando una simple piedra, pero lo que tenía en mis manos eran armas de fuego con una potencia suficiente para derribar cualquier artilugio volante.  Me callé y pagué, no me quedaba otro remedio, pero no me contuve y se lo conté a algunos de los que hacían cola para pagar, para asombro suyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blognorte/ametr_resize.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En apenas una hora nos plantamos en Chiang Mai. El hotel tiene todo el aspecto de haber sido de lujo. Sí, seguramente lo fue hace unos cuantos años porque tiene goteras por todos lados y la moqueta tiene su propio micro-cosmos, con sus mundos y habitantes. No importa mucho, es económico y vamos a pasar poco tiempo en él.&lt;br /&gt;Antes de ir a cenar nos paramos en un salón de masajes algo peculiar. Parece un colegio que en cada aula tiene colchones en cambio de sillas y mesas, pero según Nan, nuestro amigo thai, es un lugar muy bueno, y si él lo dice, así será.  Mi cansancio es más que considerable, un cansancio que se acentúa en los períodos de desintoxicación alcohólica, sabe Dios por qué motivo.  La puntilla para caer en trance me la da la masajista, y lo malo de mis “trances” es que ronco.  Llego al punto de despertarme por mis propios ronquidos, para inmediatamente volver a la fase REM.&lt;br /&gt;Pagamos los cuatro euros por las dos horas en las que he sido un muñeco roncante de goma con el que la muchacha ha podido hacer lo que se le antojaba.&lt;br /&gt;Caminamos por las calles repletas de tenderetes que ofrecen la misma mercancía que se puede encontrar en Bangkok aunque tal vez a un precio levemente inferior. Sin embargo nuestro objetivo, en este momento, no es saciar nuestra sed consumista, sino aprovechar otro de los placeres que ofrece Siam: el yantar.  Los restaurantes ubicados en la orilla izquierda del río Ping, ofrecen suculentos platos, tanto autóctonos como internacionales. Lo que no aparece en las fotos que publicitan dichos locales, son los mosquitos “king size” que se ponen las botas con los comensales, el comedor comido. Pero que no teman los aprensivos adictos a las vacunas, que los mosquitos de Chiang Mai no transmiten la malaria ni ninguna enfermedad tropical, pero joden lo suyo, y eso no hay vacuna que lo remedie. Lo único que se puede hacer es embadurnarse de algún tipo de repelente, pero ¡cuidado!, usado en exceso puede llegar a repeler hasta a los seres humanos.&lt;br /&gt;Tras la nada frugal degustación de las viandas, nos aprestamos a retirarnos a nuestros respectivos aposentos. Un corto paseo hacia el albergue sirve para facilitar la digestión. El apacible ambiente de la pequeña ciudad, que contrasta con el constante ajetreo de Bangkok,  contribuye a que nuestras mentes se relajen antes de caer en un profundo sueño nada más rozar los lechos del hotel ex -lujoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi odiado despertador suena, no con insistencia porque no se lo permito, a una hora indecente. Dando tumbos, me acerco hasta la ventana de mi habitación ex –lujosa, para ver que el sol apenas está despuntando.  No lloro, pero ganas no me faltan. ¿Cómo puede levantarse alguien a estas horas si se supone que está de vacaciones? En lo más profundo de mi ser, pero muy muy profundo, sé la respuesta. De mala hostia, me visto con lo primero que encuentro. Afortunadamente, en estos países, debido al clima, uno tarda unos 30 segundos en vestirse. Bajo al salón donde se da el desayuno. La mayoría de huéspedes son tailandeses, y por ende el buffet difiere bastante de lo que entendemos nosotros por alimentos propios de la mañana. Si un desayuno americano o continental ya nos parece excesivo a los hispanos, no se pueden imaginar lo que es un desayuno thai. Baste decir que los thais comen lo mismo a las seis de la mañana que a las diez de la noche. Esos curries, esas salsas, esos fideos, ¡Dios mío! vaya espectáculo para el que se levanta con el estómago revuelto. Bien mirado, tal vez seamos nosotros los raros que ponemos horas y alimentos según la hora, no según las apetencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La excursión comienza poco después de que mis acompañantes hayan ingerido algo sólido, yo me he limitado a un vaso de agua.&lt;br /&gt;Nuestra “mini-van” nos lleva fuera de la ciudad. Tras casi una hora de camino, que aprovecho para dormir lo que no he podido dormir antes, arribamos al campamento de elefantes, una visita obligada para cualquiera que vaya a Chiang Mai. Y allí están ellos, majestuosos paquidermos acompañados de sus “mahouts” (adiestradores) haciendo chorradas para que los foráneos nos riamos, haciendo a nuestra vez igualmente chorradas. Todos los turistas parecen embelesados, como si estuvieran viendo a un ser de otro planeta. Soy un desconsiderado porque cierto es que para muchos es la primera vez que se acercan a esta bestia que es el mamífero más grande del planeta que camina sobre tierra firme. La verdad es que debo confesar que yo, hasta que no llegué a Tailandia, años ha, no había visto de cerca semejantes criaturas. Tal fue mi impresión que desde entonces me hice de la FAE (Friends of Asian Elephants), una asociación dedicada a la protección de éstos.  Los animales siempre me han causado más compasión que los seres humanos, probablemente será porque creo que los hombres llevan el mal dentro por naturaleza, y tarde o temprano aflora, cosa que no sucede con las demás criaturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blognorte/image029.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hechas las pertinentes fotos, comienza un espectáculo. Lo considero algo denigrante, pero mejor que hagan esto en plena naturaleza que en un circo en cualquier ciudad.&lt;br /&gt;Montar en elefante tiene gracia … hasta que han pasado 15 minutos. El paseíto se hace interminable, pero, “gratia Deo”, llega a su fin. Es un placer volver a tocar con los pies en el suelo después del meneo al que somos sometidos. Volviendo la vista atrás, uno se da cuenta de lo patético que llega a ser el hombre. Tras el espectáculo que nos habían dado los animales, ahora parecía ser nuestro turno. Decenas de turistas gritando, riendo, gesticulando exageradamente, saludando a todo el que se cruzaba, eso sí era un “show”.  De los elefantes pasamos al carro tirado por bueyes que nos lleva hasta la orilla del río donde embarcamos en algo que parece que no va flotar. Pero sí, la embarcación hecha de bambú nos lleva río abajo mientras se nos van empapando los pies, porque flotar, flota, pero, un poco más y el agua nos cubre los pies. Al final del trayecto está nuestro vehículo que nos va a llevar hasta los distintos puntos de visita obligada: fábrica de seda, granja de orquídeas (¿por qué lo llaman granja si las orquídeas son flores?), fábrica de abanicos y demás manufacturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/blognorte/image021.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De vuelta a la ciudad, nos esperan otros amigos tailandeses. Son todos guías y conocidos de Nan y míos desde tiempos inmemoriales, alguno de ellos incluso me ha visto crecer, tanto como persona como putero, dos procesos no paralelos en el tiempo, primero fue uno y después otro. Con ellos vamos a una especie de polígono donde se venden muebles y demás objetos fabricados en la región. Los precios son realmente bajos. Si un día tengo que amueblar una casa, ya sé donde comprar los muebles, porque incluso con los gastos de envío, son más baratos que en España.  El problema es que no sé qué diantre hacemos aquí. Nadie compra nada y acabamos casi todos en un bareto que hay por ahí.  Son muchos años ya los que llevo conviviendo con tailandeses, y sé que es harto frecuente que se produzcan estas situaciones: estar en sitios para no se sabe qué mientras se pasa el tiempo tomando, té, café, leche de soja, o cualquier otra bebida de extraño nombre y más extraña composición. De poco vale ir preguntando: “¿Qué hacemos aquí?”. Y si lo haces, eres un maleducado. O sea que desde que me muevo solito por el país, evito juntarme con tailandeses que me van a llevar a algún sitio para “nosesabequé”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mañana salimos hacia Chiang Rai. Son cuatro horas por carretera, pero merecen la pena. Los paisajes son espectaculares y lo que allí nos espera, lo es más todavía.&lt;br /&gt;Hay mucho bonito en el norte.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-113046934008096079?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/113046934008096079/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=113046934008096079' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113046934008096079'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/113046934008096079'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/10/hay-bonito-en-el-norte.html' title='Hay bonito en el norte'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-112905390901554380</id><published>2005-10-12T00:56:00.000+07:00</published><updated>2005-10-12T01:05:09.026+07:00</updated><title type='text'>No sólo de putas vive el hombre</title><content type='html'>La segunda frase que más he oído en mi vida es: “tengo que ir a verte a Tailandia”.  La segunda es: “no sé qué voy a hacer contigo”, una contundente sentencia que me repito a diario frente al espejo a la hora de levantarme.&lt;br /&gt;Por extraño que parezca, unos amigos de España, llegan hoy a Bangkok. Sobra decir que no voy a ir a recibirlos al aeropuerto. La hora a la que llegan es indecente, coincide con la hora en la que me asemejo más a una destilería ambulante que a una persona. Son mayorcitos, y estoy seguro de que sabrán llegar solitos al hotel. Ya iré a verlos cuando me haya repuesto, en la medida de lo posible, de la juerga de la noche anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su intención raya lo imposible: visitar el norte, el sur, el centro, y si cae algo más, pues también, en tan sólo 10 días.  No soy partidario de los viajes “express”, pero si les hace ilusión … &lt;br /&gt;Siempre recomiendo venir un mínimo de dos semanas si se quiere disfrutar y conocer un mínimo el país, y no limitarse a pasar el día en aeropuertos y estaciones de autobuses.&lt;br /&gt;Aunque bien mirado, tengo que ver el lado positivo de todo esto. El ajetreo de las visitas turísticas me va a permitir desintoxicarme un poco de mis malsanos vicios que atacan despiadadamente mi fábrica de hematíes. De paso, recuperaré el gusto de hacer turismo por lugares que dejé de frecuentar el día que descubrí el fascinante mundo de los lupanares.&lt;br /&gt;Alrededor de las seis de la tarde, y con el Alka Seltzer intentando calmar todos mis males, llego al hotel. Están todos en la cafetería tomando algo. Todavía no se han repuesto del “jet lag”, lógico. La gente normal, es decir, la que no es como yo, tarda unos dos o tres días en habituarse a los nuevos horarios y al  nuevo clima. Yo, dado que por naturaleza no tengo horarios, pues el “jet lag” nunca me afecta, más bien vivo en un eterno “jet lag”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los pocos minutos llega Nan, un amigo común de todos nosotros. Es tailandés y trabaja como guía. Va a ser el encargado de organizarnos todo, de modo que nuestro tour nos salga por un cuarto de lo que paga el turista habitual. Pasamos un rato charlando del pasado el presente y el futuro. Nan es guía normal, es decir, de los que enseñan las maravillas que sólo se visitan de día. Yo, en contraposición, soy guía anormal, me encargo de enseñar las maravillas de la noche.&lt;br /&gt;No me hace falta estrujarme las meninges para saber qué quieren ver los recién llegados a Siam.  Los programas de televisión que denostan reiteradamente la imagen de la noche bagkokiana, se encargan de hacerle la publicidad oportuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblognosoloputas/image019.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomamos el “skytrain” hasta la estación de Sala Daeng, lugar donde se encuentra la internacionalmente conocida zona de Patpong. Mis amistades recién llegadas, son mayoritariamente mujeres, lo que no es óbice para que puedan visitar los locales, en teoría, destinados a hombres. De hecho son muchas las turistas, tanto lesbianas como heterosexuales, que frecuentan tan peculiares establecimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los neófitos llevan su condición escrita en su rostro. Patpong aparenta ser la nueva Sodoma y Gomorra, no sólo por la amplia oferta sexual que pone a disposición del que esté dispuesto a pagar, sino por su extenso mercadillo en el que se puede comprar todo lo que está expuesto y lo que no. De hecho, creo que el volumen de ventas es superior en los artículos no expuestos, por ilegales, que en los que están a la vista del público.&lt;br /&gt;Tras las pertinentes compras, en las que mi papel es meramente el de intermediario y traductor sin ánimo de lucro, viene la diversión.  Todo el mundo ha oído hablar de los célebres y reputados “sexy-shows”, también conocidos en nuestra celtiberia como “guarri-shows”, que en su tiempo hizo famosos la película “Emmanuelle”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblognosoloputas/image001.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que antes de licenciarme en putología oriental por la Bangkok University, pasaba largas horas en este tipo de lúgubres garitos. Allí empecé a pronunciar mis primeras palabras en tailandés. La primera frase completa fue: “tráigame un whisky, por favor”. Mi asiduidad fue tal que llegaron a invitarme a las fiestas privadas que se hacían al cerrar el local. No, no eran orgías desenfrenadas. Eran simples celebraciones de cumpleaños, pero entre putas, que siempre es más ameno que un aniversario corriente entre compañeros de trabajo. Mi afabilidad con las hetairas fue tal que tuve relaciones carnales con más de una y sin previo (ni posterior) pago, cosa que raramente ha vuelto a suceder.&lt;br /&gt;Allí estaba yo cada noche, en mi taburete, bebiendo para olvidar no sé qué. La verdad es que creo que eso de beber para olvidar es un mito, en cualquier caso, si bebes te acuerdas más de lo teóricamente deberías olvidar.&lt;br /&gt;¡Qué memorables momentos! Las 20 o 30 chicas paseando totalmente desnudas mientras sus compañeras evolucionaban sobre el escenario, fumando, bebiendo, escribiendo, abriendo botellas, lanzando dardos, etc. ¡Y todo eso sin las manos! Fantástico, muy a pesar de los periodistas sensacionalistas que creen que las chicas están encerradas en jaulas y sólo las sacan para que hagan su numerito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblognosoloputas/image002.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;&lt;/span&gt; Proyectil lanzado con cerbatana sin soplar con la boca&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al pasar mucho tiempo con ellas, hablábamos un poco de esto, un poco de aquello. Lo que me quedó claro es que ninguna había sido secuestrada en su pueblo por una mafia, ni había sido vendida por su padre a cambio de una lavadora.  Mi curiosidad me llevaba a preguntarles respecto a su trabajo, en su vertiente más lúdica. Pero al igual que los magos no revelan sus trucos, ellas no querían que se supieran los suyos. Lo que me intrigaba, más que nada, era el modo en el que lograban abrir una botella con chapa. Me lo acabaron contando. Pero el que quiera saberlo, que vaya a Bangkok, que se quede dos meses, y que se beba 15 botellas de Johnnie Walker Black Label. Todo tiene un precio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me viene ahora a la memoria un detalle que tuvo una de las encargadas del “Suzie Wong” (hoy “Queen’s castle II”) en una noche de depedida. Sabía que era mi última noche. Salió sin decirme nada y fue a comprarme un pequeño regalo a modo de recuerdo. Era un espejo, nunca supe si era para que viera la cara que se me pone después de tomarme diez whiskies. En cualquier caso, fue una delicadeza por su parte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Visto con la perspectiva del tiempo, el Suzie Wong fue una gran escuela en la que aprendí mucho. Mis primeros errores de novato los tuve allí. Recuerdo la ocasión en que quise darle una sorpresa a una chica que conocí en aquel tugurio. Me había marchado a España y teóricamente no debía volver hasta el año siguiente.  Me dio un punto raro de los que me dan a veces, y volví a Tailandia.   Me presenté en el antro cuando apenas había pasado un mes de mi última despedida.  Al entrar en el local, al verme algunas amigas suyas, se formó cierto revuelo. No le presté mayor atención a la situación y la atribuí a la alegría por volver a verme.  Empecé a sospechar que algo extraño sucedía cuando ella, la protagonista de la sorpresa, tardó en aparecer. Al fin y al cabo era puta, y no era descabellado pensar que lo más probable era que estuviera con algún cliente. Pasó conmigo el tiempo que no tenía que bailar, pero siempre adoptando una actitud un algo distante. A la hora de cerrar quedamos en la discoteca, como solía ser habitual.  Estando yo tranquilamente en la calle, frente al local de baile, una auténtica cueva de zorras en busca de su última presa de la noche, se me presenta una de sus amigas y me cuenta una historia en thai. En aquel entonces, mis conocimientos del idioma eran todavía bastante limitados. No entendí las palabras, pero sí lo que me quería decir. La mozuela de marras se había echado novio y no podía estar conmigo. Allí estaban los dos, al otro lado de la calle esperando ver mi reacción. Me limité a decir: “Ok”. Y me fui con la morena esbelta, sí, esa que nunca me abandona, la botella de Johnnie Walker. La verdad es que no me importó en absoluto, incluso me sentí liberado.  Con el tiempo he ido adquiriendo conocimientos sobre el mundo de la prostitución que me han servido para no caer en los mismos errores, aunque luego caiga en otros.  &lt;br /&gt;Soy testigo de que algunas jóvenes prostitutas tienen sus agendas bien organizadas y apuntan las fechas en que llegan sus “novios-clientes”: en enero el japonés, en febrero el sueco, en marzo el canadiense, y así hasta completar el año, ni un simple mes de descanso,oiga. Se puede decir que las que tienen una buena cartera de clientes no tienen que esforzarse demasiado en su trabajo. Todo esto funciona hasta que llega un aguafiestas para dar una sorpresa, alguien como yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero volvamos a la visita de mis amigos. En el momento de entrar en el Queen’s Castle II su expectación es grande, no saben a ciencia cierta lo que van a presenciar. La oscuridad y el ambiente algo tétrico dan una imagen algo distorsionada del local.  El aspecto no ha cambiado mucho. Un escenario en el centro rodeado de largos sofás con una disposición similar a la de un teatro romano, aunque su similitud con éste, queda en eso.  Sitúo a mis acompañantes en el lugar que considero más indicado. Conociendo el espectáculo de antemano, sé que en determinados momentos es conveniente guardar cierta distancia respecto a las “actrices”, más que nada, para no estar al alcance de lo que puede salir despedido del escenario. En mis comienzos por estos pagos, me sentaba siempre en primera fila, y en alguna ocasión, mis camisas tuvieron que ir directamente a la lavadora tras mi visita a tan distinguido local.&lt;br /&gt;Habiendo pedido las pertinentes bebidas (para sorpresa nuestra, están de oferta y sólo nos cuesta poco más de un euro la copa), todos nos aprestamos a seguir la exhibición. Un espectáculo en bucle. No tiene principio ni fin, éstos sólo los marca la hora de apertura y cierre. Todo parece un caos en un ir y venir continuo de chicas, unas con bragas, otras con sujetador, otras con faldillas transparentes y otras … sin nada. Entran y salen de los vestuarios, se acercan a los clientes, traen bebidas, fuman, beben, bailan, y a mí siempre me tocan las que incordian. En esta ocasión, al ir acompañado, me resulta más fácil y cómodo quitármelas de encima, no es por maldad … es que llegan a ser muy pesadas en ciertos momentos.&lt;br /&gt;El hartazgo de shows que me di en mi juventud, hace que me distraiga más viendo a los espectadores que al espectáculo en sí. Mis compañeros de velada están ojipláticos contemplando los malabarismos de las tailandesas protagonistas del momento. De vez en cuando hacen algún comentario para luego darle un sorbo a la copa. Alguna de las componentes femeninas del grupo dice que esperaba encontrar algo más sensual, pero claro, es como querer ir a un circo a ver una representación de Hamlet. Hay cosas que no casan. Aquí, por ejemplo, vendrían los del Private y no los del Playboy Channel a filmar un reportaje. Creo que se entiende la diferencia. Bien es cierto que existen, o existían en su tiempo, locales en los que lo que se mostraba no era tan “hard core”, ni tan crudo.  Recuerdo que en el G-Spot, un local de Nana Plaza, la representación consistía en un grupo de mozuelas dándose una ducha y jugueteando tras una luna de cristal. Más memorable y único era lo que sucedía en lo que en su día se llamó el Mermaid: una inmensa pecera ocupaba el fondo del local y en ella se bañaban las sirenitas de turno. Para distraernos, les lanzábamos monedas y ellas buceaban hasta el fondo para recogerlas. Para hacerse una idea, baste decir que la barra quedaba a la altura del fondo del acuario, por lo que nuestros ojos quedaban a la altura de … de … de ellas mismas en lo más profundo de su ser.&lt;br /&gt;Por desgracia, mis amigos no pueden disfrutar ya de semejantes divertimentos a causa de una censura caprichosa que prohíbe en función del sobre que recibe mensualmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblognosoloputas/image012.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos queda mucho camino por delante, atrás dejamos a las chicas con sus plátanos, silbatos, trompetas y cerbatanas. Mañana partimos hacia el norte. Una región que a buen seguro, nos deparará muchas sorpresas. Y además, no sólo de putas vive el hombre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-112905390901554380?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/112905390901554380/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=112905390901554380' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112905390901554380'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112905390901554380'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/10/no-slo-de-putas-vive-el-hombre.html' title='No sólo de putas vive el hombre'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-112632334668476790</id><published>2005-09-10T10:27:00.000+07:00</published><updated>2005-09-10T10:35:46.693+07:00</updated><title type='text'>El camino del putero peregrino</title><content type='html'>Putas, putas, putas. Me estoy dando cuenta, desde hace ya un tiempo, de que mi vida asiática gira en torno a las putas y el whisky, por no hablar del alprazolam que me acompaña allí donde vaya. Realmente no es una novedad, llevo así no sé cuantos años. Sin embargo me sorprende el simple hecho de seguir con vida, ya sé que es algo banal pero en mi persona se torna en algo excepcional. ¡Vaya disquisiciones existencialistas! Vamos a dejarlo para otro momento, que tiempo no nos falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/caminoputeoper/blacklabel.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy toca investigar la noche “bangkokiana” por enésima vez. Soy un sabueso nocturno nato, algo ducho en estas lides. Desde el cambio de gobierno tailandés, las cosas han cambiado. Ahora impera el nacionalismo paternalista, tan nocivo aquí como en cualquier otro país. Lo extranjero es malo porque lo malo viene del extranjero, sabia conclusión de unos dirigentes de cortas luces. Y todo ello es debido a que los políticos de este país no son representantes del pueblo, son sus padres protectores y se les debe pleitesía, con toda la corrupción que ello implica. Luego me dicen mis amigos thais que Tailandia es una democracia parlamentaria …si yo les contara …&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La principal ley que nos afecta a los extranjeros es la del cierre de locales a la una de la madrugada. Esto es un insulto, para los latinos en especial, pero ellos lo justifican diciendo, por ejemplo, que si se cierran los bares una hora antes de lo establecido anteriormente (las 2 am), los maridos dejarán de ser infieles. ¿Hay algo más ridículo que este razonamiento? Obviamente no, sin embargo es así.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Con el paso de los años, uno se acostumbra a convivir con tan esperpénticas leyes. No nos queda más remedio. Somos simples occidentales que contribuyen a que la balanza económica tailandesa no sea excesivamente deficitaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las formas de contribución, a modo de ejemplo, la quiero revelar en este escrito. Nunca se ha hablado de esta práctica, pero es una muestra de la forma de pensar del tailandés de la calle o, tal vez, incluso del gobierno thai.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos son los extranjeros que desean ver combates de “muay thai” (boxeo tailandés) en el Estadio Lumpini, la Meca del “deporte” en cuestión.&lt;br /&gt;A la entrada, existen dos carteles con los precios de las localidades: uno en inglés y otro en tailandés. Lo más habitual y lógico, es que el extranjero no sepa leer thai (ni letras ni números). Entre los que nos movemos en zona putera, algunos hablamos thai pero pocos somos los que tenemos conocimientos de escritura, sin embargo existimos. Los que queremos ir un poco más allá aprendemos a leer, y nos encontramos con numerosas sorpresas. Una de ellas está en el Estadio de Lumpini. Si eres blanco pagas 800, si eres thai la cosa baja a 200. Por mucho que hables thai, sigue siendo 800. ¡Menudos hijos de puta! Me tiro años aprendiendo su idioma y no son capaces de hacerme un descuento o simplemente pagar lo mismo que un thai. Esto es xenofobia pura y dura, pero como los actores no son blancos, pues no pasa nada. ¿Alguien se imagina la misma situación en le Santiago Bernabeu? ¡Tú, chino son 50 euros! ¡Tú, el de Albacete, a pagar 20 euros¡ Aquí se monta la Dios es Cristo con conflicto diplomático incluido. Pero en Tailandia, o en cualquier país asiático no pasa nada, tienen asumida la diferencia entre razas. ¿Vergonzoso? Tal vez, pero nadie se ha quejado oficialmente hasta el momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, en la publicidad, hablan del país de la sonrisa (Land of Smiles es su lema, LOS en internet). Sí, la sonrisa que tienen mientras te sacan los cuartos impunemente y sin ruborizarse. Menos mal que no lo hacen con maldad, eso quiero creer yo. Simplemente son tontos y nos ven más allá, se creen que todo el monte es orégano. Están convencidos de que son los inventores del turismo cuando España les lleva, como mínimo 60 años de ventaja. Lástima me dan cuando me topo con algunos de ellos y les explico que sus técnicas son propias de los años 60 en Europa, y su respuesta es: “aquí es distinto”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fundamento de la vida laboral thai es: vive hoy, y mañana ya veremos. Esta es una de las causas por las que el absentismo laboral es algo moneda corriente en el reino de Siam. Con esos sueldos, tampoco es de extrañar …&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/caminoputeoper/yo.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejémonos de disquisiciones socio-económicas y veamos cómo está este inmenso escaparate que es Bangkok.&lt;br /&gt;Los musulmanes tienen la obligación de, por lo menos una vez en la vida, visitar la Meca. Cualquier putero que se precie y se considere docto en la materia, debe hacer una peregrinación, como mínimo, a Bangkok.  Las rutas por las distintas “catedrales del amor”, tanto las románicas (toscas y oscuras) como las flamígeras (esbeltas y relucientes), son infinitas. Es conocido el dicho de que todos los caminos llevan a Roma, en este caso particular todos los caminos llevan a la cama. Los caminos del Señor son inescrutables y los caminos de los puteros lo son todavía más.&lt;br /&gt;Cada noche, una marea de feligreses realiza el camino de Sukhumvit. Su punto de partida es el Nana Plaza y su destino final el soi (callejón) 13 de Sukhumvit. No todos los peregrinos llegan al final ya que el cansancio les lleva a hacer una parada en cualquiera de los albergues que se encuentran en los alrededores. Otros, exhaustos, se quedan por el camino y acaban siendo recogidos por almas caritativas.&lt;br /&gt;Todo el recorrido está jalonado de posadas ambulantes dispuestas a reconfortar al sufrido fiel, proporcionándole bebida y comida por un módico precio.  El camino no es peligroso en sí, pero está frecuentado por embaucadores, ladrones y gente de mala vida que con sus zalamerías y, en su afán de dificultar la peregrinación, entorpecen al feligrés en la consecución de su objetivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/caminoputeoper/soi13.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy me corresponde hacer, por enésima vez, la larga marcha de la ruta de Sukhumvit hasta el soi 13, ya sé que no es donde murió el apóstol, pero es donde terminan muchas de las putas de la zona, cosa harto interesante.&lt;br /&gt;Me encuentro en el punto de partida, el Nana Plaza.  Me encuentro con lo de siempre: partido de la Premier League, recién llegados de tez blanquecina cercana a la enfermedad, turistas advenedizos, y las busconas de siempre. El Pharaos’s es mi lugar de precalentamiento. Allí me tomo un par de whiskies, para no entrar estando todavía frío en los antros de perdición, y comienza la marcha nocturna. Las “mamachicho” en carne hueso me reciben, y sin reparos a la hora de hacerles un registro completo. &lt;br /&gt;Se distingue claramente a las que ya han copulado o recibido el elixir de la vida sobre su rostro. El simple hecho de bailar con ropa de calle, las delata. En la mayoría de los casos, el macho ha eyaculado con precocidad, y la hembra regresa a su medio natural: el puti-club.&lt;br /&gt;Sin apenas quererlo me tomo la quinta copa acompañada de medio alprazolam que se me está deslavazando en el bolsillo a causa de la humedad reinante. Los impertinentes neones me indican que el peregrinaje debe continuar. Hordas humanas salen por la estrecha entrada al complejo erótico-festivo. Algunos salen acompañados, con cara de haber ligado, otros salen solos a sabiendas de que la noche no termina allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/caminoputeoper/tiendasexy.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los travestones, con doble capa de Titanlux en la cara, esperan en la calle a que algún incauto o algún amante de lo andrógino les haga caso. Mi rostro ya refleja la ingestión masiva de mi cocktail especial de whisky sazonado de alprazolam, y por lo visto, a los travestis no les gusto en demasía. Las aceras conforman una amalgama de putas, puteros, vendedores de saltamontes fritos, dvds piratas, mangas japoneses y toda suerte de objetos que sabe Dios quién los compra. La inmensa mayoría lleva la misma dirección: la calle Sukhumvit. Unos para cenar algo con su nueva “conquista”, otros, como yo, sólo para saciar nuestra imperante sed de líquidos espirituosos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Transcurre la noche y los seres más “normales” ya se han retirado a sus aposentos a saciar otro tipo de necesidades. Mi peregrinar comienza en el “Soi 4”, son las tres y ya voy por el 7. Por el camino me encuentro a un borracho, de aspecto asiático, tumbado sobre unas escaleras con todos los cantos de las escaleras clavados en su cuerpo. No puedo resistirme y le hago una foto. No quiero imaginar cuál es su nivel de alcohol en sangre, pero supongo que mañana no estará en condiciones de repetir una noche como la de hoy.&lt;br /&gt;Otra paradita en el chiringuito del soi 9. Allí trabaja un ser que aspira a ser mujer, pero que de momento se queda en eso, en un esbozo de hombre. Es simpático/a y siempre me ha tratado muy bien. Mientras, voy viendo la degeneración que sufre la noche “bangkokiana” a medida que pasan las horas. La policía acostumbra, últimamente, a hacer batidas para eliminar la prostitución. Permítanme que me ría.&lt;br /&gt;A pocos metros, recostadas sobre una jarapa veo a una “vidente” leyéndoles el futuro a las putas. Ya puedo adivinar lo que les está diciendo: “dentro de poco encontrarás a un hombre rico que viene de lejos y que se enamorará de ti”. Para eso, que me pague el whisky, que yo le contaré lo mismo y más.&lt;br /&gt;Del soi 9 pasamos al 13, que en el 11 no hay nada destacable. El soi 13 es en sí mismo un submundo a donde vamos a parar los más desquiciados, los que ya no esperamos nada de la vida y sólo queremos verla pasar junto a un vaso de Johnnie Walter Black Label. Configuramos, junto a las putas, profesionales u ocasionales, la fauna de tan peculiar espacio urbano. Es como una droga, una vez que vas, tienes que regresar y tu vida transcurre en bucle, como en la película “Atrapado en el tiempo”. Cada noche lo mismo, cada noche los mismos. Somos unos escapistas de la vida, unos eligen una cueva en la montaña para huir, nosotros elegimos una cueva en el fondo de una botella. El ambiente sórdido del oscuro callejón nos reconforta en nuestras divagaciones sobre lo que podría haber sido y no será, sobre lo que es y no queremos que sea, en fin, elucubraciones existencialistas que de tanto en tanto se ven interrumpidas por la aparición de algún conocido, no me atrevo a llamarlos amigos.&lt;br /&gt;El paisaje es sin duda decadente. Frágiles taburetes y sillas (para los que somos VIP, que hasta aquí hay clases) de plástico junto a mesas plegables de camping forman esta “terraza de verano” en la que el único de la jet-set que se sentiría a gusto sería Ernesto de Hannover. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/caminoputeoper/khonmaow.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi todos los que estamos en el soi, no entramos en la categoría de “turista sexual”, más que nada porque no somos turistas, residimos temporalmente o permanentemente en el país. Y además, nuestro principal objetivo no es llevarnos a cualquier mozuela al catre, nuestro objetivo es … simplemente estar aquí.&lt;br /&gt;Me encuentro con John, un belga que ha optado por jubilarse en Tailandia. Es un hombre reservado, pero cuando te ganas su confianza, resulta ser una caja de sorpresas. Fue luchador de “pressing catch”, cosa que se percibe por su musculatura que conserva a pesar de ser, por su edad, un venerable anciano. No bebe ni fuma, cosa rara en este lugar. Se caracteriza por llevar el mismo peluquín desde el día que reparé en él por primera vez, años ha. Cuando le das pie, se pone a contar sus aventuras alrededor del mundo como empresario de cabaret. Una auténtica delicia para los que desean oír algo más que las sandeces propias que se oyen a estas horas.&lt;br /&gt;Comienzan los barrenderos ya su labor, levantamos la cabeza y nos damos cuenta de que ya ha amanecido hace más de media hora. Ya no sirven nada, y el puesto de bebidas deja su lugar a las imitaciones de Ralph Lauren, Dolce &amp; Galbana y demás marcas de prestigio para que pasen a formar parte del armario de los turistas recién llegados.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-112632334668476790?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/112632334668476790/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=112632334668476790' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112632334668476790'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112632334668476790'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/09/el-camino-del-putero-peregrino.html' title='El camino del putero peregrino'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-112485505328710619</id><published>2005-08-24T10:36:00.000+07:00</published><updated>2005-08-24T10:44:13.300+07:00</updated><title type='text'>Luces, cámara, ¡acción!</title><content type='html'>Amanezco. Creo que amanezco… Abro los ojos pausadamente. En España no estoy, de eso estoy seguro por el calor y las gotas de sudor que resbalan por mi frente. Estoy en mi estudio de Bangkok, así a primera vista, reconozco parte del mobiliario. Siento cierta resaca, pero de cualquier modo más sano que un deportista de élite que al mínimo percance causa baja. No tengo nada lesionado, tal vez el hígado, pero hasta ahora no he recibido carta certificada con acuse de recibo comunicándomelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer interrogante que surge en mi mente cada mañana es simple y complejo a la vez: ¿qué puedo hacer hoy para divertirme y gozar hoy más que ayer?  Parece una pregunta sencilla, pero no lo es. Dedicar varios meses al año a la pura diversión, entraña sus dificultades, máxime cuando no se quiere incurrir en delito alguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez conseguida la verticalidad absoluta, me doy una ducha e intento recordar qué pasó la noche anterior. La memoria me falla cada vez más y es importante para mí recordar si  ayer hice o dije algo inapropiado y especialmente con quién y dónde, más que nada para no llevarme alguna sorpresa esta noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/lucamaccion/BTSblond.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de haber dormido 10 horas, lo mejor es un buen masaje de pies. Por extraño que parezca, dormir mucho cansa, y ahora hay que relajarse. Las masajistas me reciben ya como el que va cada día a comprar el pan. Paso una hora que aprovecho para hacer la siesta mientras me ungen los pies con diversas cremas y aceites. La reflexoterapia me abre el apetito. En el mismo edificio hay un restaurante “de cupones”. No, no se trata de un establecimiento para ciegos. Se trata de una modalidad de restauración muy difundida en Tailandia.  En un puesto central compras cupones, que son como el dinero del Monopoly, con los que vas pagando en los distintos chiringuitos que ofrecen una amplia diversidad de manjares. Generalmente me decanto por la comida japonesa. El gasto no va más allá de los cuatro euros, bebida incluida.  Pido un bol de sopa que incluye, caldo, pasta, carne, verduras y … una minicucaracha. “Eh tío! ¿esto qué es?” le comento en voz baja al cocinero mientras le muestro al “intruso”; porque en Asia, hasta las broncas son en voz baja. No se sorprende ni pide mil perdones, y la verdad es que yo tampoco debería sorprenderme con el tiempo que hace que circulo por estos países. “¿Se lo cambio?” pregunta, “Hombre, pues sí”, ya tomaré mi dosis diaria  de proteínas de otra forma. Bien mirado hace un par de noches comí grillos fritos, y las cucarachas se comen aquí con cierta frecuencia, aunque mi atrevimiento no ha llegado hasta el punto de atreverme a “degustarlas”.&lt;br /&gt;Tomo el nuevo bol y empiezo a comer, si bien, lo hago con cierta aprensión, cada vez que levanto los palillos hasta la altura de mi boca, voy lentamente escrutando de forma detenida cada bocado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/lucamaccion/JapaneseSoup.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy toca cine, y a tal efecto voy provisto de una camiseta de manga larga. Los termostatos no existen o se desconoce su utilidad, sea en los cines, en el metro o en los bares, da igual.&lt;br /&gt;Voy hasta MBK, un centro comercial que cuenta con estupendos cines en la última planta. En Bangkok hay muchas salas, pero poco más de una docena de películas, casi todas americanas. Escojo una comedia tailandesa. Mis amigos thais no entienden mi afición por su cine. Salvo excepciones, hay que reconocer que sus producciones no son una maravilla, y el reparto de actores es similar en todas ellas. No sé si es que hay pocos actores o los que hay impiden que se contrate a otros.  En las salas ubicadas en el centro de la ciudad suelen subtitular en inglés las películas de habla no inglesa, aunque me he encontrado viendo una película japonesa con subtítulos en tailandés. No hace falta decir que entre el argumento real de la película y lo que yo interpreté debe de haber un abismo. Pero hoy, mi voluntad por seguir aprendiendo el idioma local me lleva a ver una producción que confío hayan tenido la deferencia de subtitular, aunque con los aires nacionalistas que soplan en los últimos tiempos, se puede esperar cualquier cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/lucamaccion/thailand-bangkok-MBK.JPG"&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El precio de la entrada, cuando es barata, puede costar menos de dos euros, pero por lo general cuesta tres euros. Existen salas VIP que pueden llegar hasta los 10 euros, una auténtica barbaridad para un país como éste, aunque te dan una manta, zapatillas y alguna chorrada más, lo que no sé es si te lo puedes llevar luego. Hace un par de años fui a la taquilla de una de estas salas y pedí una entrada. Al preguntar cuánto era, le hice repetir la cifra más de cinco veces porque no me lo podía creer. Ante su sorpresa, me di la vuelta y me marché. Blanco, alcohólico, drogadicto, putero,  del PP etc etc. pero tonto ¡NO! Hasta ahí podíamos llegar. Ese es el precio de una felación, y no estoy dispuesto a comparar la visión de una película que no sé si me va  satisfacer, con algo que sé que sí lo va a hacer.&lt;br /&gt;Recuerdo la ocasión en que me metí en una de estas salas, pero en un centro comercial más modesto y donde la butaca en la sala VIP costaba alrededor de cinco euros. No había más de una docena de asientos, emparejados de dos en dos. Con mi entrada en la mano me fui hasta la sala correspondiente. Una menuda y sonriente thai me acompañó hasta el interior. La proyección ya había comenzado. “Gracias, gracias” le decía yo esperando a que se fuera, pero ella seguía allí. Me senté en el “macro-butacón” y ella se agachó. Mi calenturienta mente se imaginó en pocos segundos una película que no iba a suceder porque, simplemente, era imposible, por cinco euros en un cine público no podía pasar lo que yo me imaginaba al verla agachada frente a mí en una sala semi-oscura. De golpe, sin darme apenas cuenta de nada, pasé de estar sentado a encontrarme tumbado boca arriba en lo que se había convertido en una cama. Mientras, la jovencita, en voz baja, se esforzaba en explicarme cómo funcionaba la palanca que regulaba el ángulo de la butaca “king size”. “Vale, vale, gracias” le decía intentando reincorporarme sin hacer demasiado el ridículo frente al resto de espectadores. A los pocos segundos vuelvió la chica con una bandeja y un cocktail con sombrillita incluida, invitación de la casa. Allí estaba yo con mi coca-cola, mi cocktail y mi cartón de palomitas sin saber cómo organizarme, porque aquí todo es tamaño extra. Pongamos por ejemplo, ya que hablamos de ello, las palomitas. Al margen de que se hacen con mantequilla en lugar de aceite, la diferencia, respecto a España, radica en el tamaño del envase. Lo que en la madre patria se llama “mediano” (cosa que no entiendo porque no existe el pequeño, y si no hay pequeño no puede haber mediano) aquí lo llamarían tamaño “degustación”. Por dos euros te llevas una bebida de medio litro, palomitas que no te puedes acabar y algún llavero, bolsa, libreta, calendario o cualquier chorrada alusiva a la película que esté de estreno.&lt;br /&gt;La ventaja de estas salas VIP es que si no te gusta la película, puedes echar un sueñecillo reparador, eso sí, sin roncar, que en más de una ocasión me he percatado, al encenderse las luces, que la gente me miraba con aire asesino, y yo me marchaba rápidamente antes de que a alguno se le ocurriera lanzarme su remanente de palomitas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/lucamaccion/major_cineplex.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La comedia escogida para ver hoy tiene sus puntos graciosos. El argumento es lo de menos. Lo que me gusta ver es, por ejemplo, cómo ve la sociedad thai auténtica (no la que se muestra a los turistas) a los “farangs” (occidentales). En esta producción, que se ambienta en el futuro, muestran carteles electorales en los que se ve a blancos, haciendo clara alusión a la avalancha de capital extranjero y ansias de invasión de occidente. Los “malos” suelen ser también de aspecto caucásico, pero el estereotipo más común con el que se identifica a los occidentales es el de ricos, eres blanco eres rico; y tontos todos, por supuesto, un blanco inteligente sería auto-degradante para ellos. Pero yo creo que lo hacen sin maldad … ¿o no? En el fondo, los españoles hacemos lo mismo con las otras razas, lo malo es que en España, a la mínima, eres tildado de xenófobo y en estos países la burla a otras razas sigue siendo algo aceptado como parte de la condición humana. Todavía no han llegado a la hipocresía y cinismo de lo “políticamente correcto”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya he comentado en alguna ocasión la exaltación de la monarquía que se hace en los cines antes de que se proyecte la película mediante la proyección de un video-clip de la familia real con el himno monárquico de fondo, momento en que toda la sala se pone en pie. Hoy me he encontrado en una situación similar. Todos los días a las seis de la tarde se emite por radio y televisión el himno nacional junto a diversas imágenes de carácter patriótico. En algunos lugares donde hay megafonía (léase metro, estación de trenes, etc.) también se puede escuchar el martilleante himno.  Pues bien, como decía, hoy, al subir las escaleras del “Skytrain”(metro elevado), me he encontrado con una escena que parecía sacada de alguna película de ciencia-ficción: ¡todos quietos! El que estaba echando monedas, inmóvil frente a la máquina, el que iba a franquear la barrera de acceso, quieto con su tarjeta en la mano, el guarda de seguridad, abstraído mirando a la nada, la que vende billetes, pensando en sus cosas, y yo allí, sin saber si seguir caminando o quedarme parado. Para no desentonar con el ambiente reinante, nunca mejor dicho, me decido por la segunda opción. Han sido pocos segundos afortunadamente, el himno estaba terminando. Llegado el final, todos se han puesto en marcha como si alguien hubiera apretado el “ON”.  Vivir para ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/lucamaccion/BTSrapido.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De vuelta a casa, paso por el soi 3 de Sukhumvit. Es la zona de los negros y de los árabes. Esto es como una extraña mezcla entre el Bronx y la kasba en la que sus moradores, la inmensa mayoría ilegales, pululan de un alado a otro, de un puesto de kebab a un locutorio y de allí a una agencia de viajes. Las pocas veces que he tenido contacto con alguno de ellos, siempre me han dicho que están por negocios, nunca me han dicho que estuvieran disfrutando de unas vacaciones, raro, raro, raro …&lt;br /&gt;Ahora me viene a la memoria el día que, en las cercanías de esta zona, se me acercó un negrito preguntándome si era piloto, porque obviamente llevaba mi uniforme pero no con galones de piloto. De todas formas le respondí que sí, quería ver a dónde quería llegar. Me contó una película para terminar pidiéndome mi dirección de e-mail. Eso era lo que quería él. Por fin me encontraba cara a cara con uno de estos estafadores que mandan “spam” diciendo que son hijos del difundo gobernador del banco de Swazilandia y que necesitan de mi ayuda para recuperar su fortuna recompensándome por ello.&lt;br /&gt;Mantuve contacto por internet durante un tiempo. Cada vez me pedía datos más concretos sobre mi persona. Yo le engañaba haciéndole creer que mi vida de “piloto” me llevaba de un continente a otro. El último mensaje me lo enviaba su “hermano” haciéndome saber que mi “amigo” estaba en el centro de detención de deportados. Tan burdo era el engaño que como remite del correo se leía: “Center for detention of deportees” (Centro de detención de deportados). Si me escribía el hermano, ¿Cómo podía ser el remitente el propio centro de detención? ¿Cómo podían creerse que un supuesto piloto, al que se le suponen horas de vuelo (en todos los sentidos), podía creerse semejante patraña?  Apaga y vámonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una duchita y a la puta calle, que ya hace tiempo que mis niñas no ven al tío Peter.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-112485505328710619?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/112485505328710619/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=112485505328710619' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112485505328710619'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112485505328710619'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/08/luces-cmara-accin.html' title='Luces, cámara, ¡acción!'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-112330028407383215</id><published>2005-08-06T10:45:00.000+07:00</published><updated>2005-08-06T10:51:24.086+07:00</updated><title type='text'>Por un puñado de dongs</title><content type='html'>Cuento el tiempo que me queda en la Cochinchina por horas.  Tengo pendientes innumerables cosas que hacer. Mis “aficiones” hacen que un día para mí tenga apenas 12 horas de las cuales, 4 sirven para reponerme, 6 estoy con la copa en la mano y 2 son las que dedico a cosas “útiles”. Por este motivo, no salgo de mi asombro cuando veo a los turistas que en diez días recorren medio continente y fotografían media población asiática, sin embargo, no les envidio lo más mínimo. Cuando hablo con alguno de ellos, me percato de que han visto mucho pero no han vivido nada. Mi situación es indudablemente privilegiada, donde ellos se quedan dos días, yo me quedo diez.&lt;br /&gt;Mientras doy mi último paseo por HCMC –por este año- hago mentalmente una lista de “asuntos pendientes” para mi próxima visita: Dalat, Hue, delta del Mekhong, etc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El taxi que me transporta es una muestra más de una sociedad protocapitalista emergente en Vietnam. La idea de gasto, ahorro en el consumo, precio real de las cosas, etc., no acaba de estar muy clara para ellos. El vehículo es un utilitario japonés bastante moderno. El aire acondicionado está a la máxima potencia al tiempo que … las ventanillas están bajadas. Al margen de lo cómico de la situación, a ver quién le explica que la utilización del aire acondicionado supone un aumento del consumo del 4%, eso si las ventanillas están subidas.&lt;br /&gt;Con la experiencia he ido aprendiendo. Las compañías de taxis en Saigón son más de media docena, por no hablar de los piratas. No es suficiente con que el vehículo cuente con taxímetro, sino que además éste no debe de estar manipulado. Tras varias nefastas experiencias sólo tomo taxis de la empresa VinaTaxi y alguna más que no recuerdo, son los únicos que me han demostrado honradez en todos los trayectos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasamos junto al Phuto Hotel. Si un día se me ocurriera meterme en la hostelería, ya sé como llamaría a mi primer establecimiento. Esto de los nombres sacados fuera de su contexto lingüístico tiene su miga. La cadena de hamburgueserías predominante (y creo que única, Mc Donald’s y B. King no están, ¡albricias!) en Vietnam se llama “Lotteria”. ¿Se referirán a que es una lotería si te toca una hamburguesa de ternera? Más vale no preguntar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/punyadoblog/allezboo-02-large.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comienzo mi, ya habitual, ronda de bares para ir despidiéndome de cada uno de éstos. Los camareros del “Allez Bou” me conocen ya y no necesito pedir la bebida. Ellos mismos se preocupan de buscarme asiento en mi lugar favorito: la esquina, igual que las putas tradicionales. También recuerdan lo que bebo. La mayoría de clientes son “neohippies” que beben cerveza, en cambio, los que bebemos whisky resultamos “rara avis”, y los que repetimos hasta cinco veces, somos especie en vías de extinción.&lt;br /&gt;Ya estamos los de cada noche: los chaperos, las niñas “vendechicles”, el vendedor de mazorcas de maíz, el bisutero de collares y pulseras luminosos, el hombre de los calamares secos, toda la “trouppe” que conforma la noche saigonesa.&lt;br /&gt;De tanto en tanto, se congrega una multitud frente al local para contemplar cómo bailan los occidentales, algo que para ellos es, sin duda, un gran espectáculo, algo que sólo ven en las películas, si es que las ven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/punyadoblog/allezboocopa.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los personajes que no falta nunca a la cita de cada noche es el chaval poliomielítico. Se pasea de bar en bar retando a los más osados en el deporte ¿? del billar. A pesar de su minusvalía, se desplaza a la velocidad del rayo, y tan pronto está en el “Gun’s &amp; Roses” como te los ves aparecer por el “Sahara”.&lt;br /&gt;Esta noche, como no puede ser de otra forma, me lo encuentro en el “Sahara” con un nivel de alcohol en sangre bastante elevado, yo, no él, claro. Me reconoce como uno de los habituales del lugar y me propone echar una partidita. Me encuentro en ese punto crítico tan característico en que los borrachos creemos estar en plenitud de facultades cuando en realidad estamos justo en el punto de pasar a la fase siguiente: la de piltrafa humana.&lt;br /&gt;Allí los billares todavía son gratuitos y mientras recogemos las bolas de las redecillas que hay en cada agujero, me dice: “100.000 dongs”. Me quedo algo estupefacto. Pensaba que sólo quería jugar por jugar y demostrar que su minusvalía se limitaba a sus piernas. Acepto. Son apenas 5 euros y prefiero dárselos a él que se los gana con su arte que a un mendigo que no hace nada. Sé de antemano que voy a perder, pero no pierdo la compostura. Le pongo tiza al taco como un auténtico profesional, pero mi profesionalidad queda en eso. Consciente de su superioridad, me deja un largo margen de tiempo mientras no doy pie con bola. Alcanzo a meter un par de bolas, pero su paciencia termina y como si de una ráfaga de M-16 se tratara, sus bolas van entrando por todos lados. Es generoso, no quiere humillarme delante de los clientes que permanecen en el bar. Cuando le queda una bola, me permite seguir haciendo el tonto con las cuatro o cinco que me quedan. ¡Pam! Tiro de gracia. Ahí me deja con cara de pánfilo. Cabizbajo y sin mirar a mi alrededor regreso a mi taburete para seguir con lo mío que es la barra fija. “50.000 dongs” me dice esta vez. “No, no. Eres el mejor de Saigón, nunca podré ganarte”, me limito a responderle, no sin antes haber abonado mi deuda de juego. Es un auténtico “trilero” del billar, sabe que va a ganar, pero te provoca para probar suerte. No sé los ingresos que obtiene por mes, pero dado el nivel de vida del país puede vivir holgadamente.&lt;br /&gt;Tras constatar de nuevo mis limitaciones opto por una retirada honrosa. ¡No siento las piernas, no siento las piernas! Es lo único que ronda por mi cabeza. He sido abatido por un charly.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/punyadoblog/billarallezboo.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debo abandonar la habitación del hotel antes de las doce del mediodía, aunque sé que a algunos clientes preferentes se les permite permanecer hasta las dos.&lt;br /&gt;Una vez en la recepción, y tratando de disimular mi más que evidente ebriedad, solicito tal privilegio. Curiosamente, se me concede. Ya puestos, solicito transporte gratuito hasta el aeropuerto, también acceden. La diosa fortuna que no quiso acompañarme con el billar vuelve a sonreírme en el hotel.&lt;br /&gt;Recojo todas mis pertenencias y las coloco en mi maleta. Sé que cuando me levanto no estoy en plenas facultades mentales y soy capaz de dejarme la mitad de las cosas.&lt;br /&gt;Dejo mi uniforme fuera del armario, de este modo podré levantarme a las dos menos cinco y, sin ducharme, bajar a pagar la cuenta en recepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi avión no sale hasta las ocho de la tarde. Me gusta deambular por los aeropuertos, pero el de HCMC no tiene mucho que ofrecer, además, de noche no se ven los aviones realizando maniobras., por lo que es mejor pasar las horas que me quedan en el Oasis Club, el paraíso de los hedonistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El encargado de facilitarme el “transfer” (así llaman el “quemellevenalaeropuerto” los enterados) me pregunta que a qué hora quiero marcharme. Calculo que dos horas de “Oasis” serán suficientes. “A las cuatro y media” le digo. ¡Error! ¡Error! Cuando uno cae en los brazos de Eros pierde la noción del tiempo.&lt;br /&gt;Bajo hasta la recepción para retirar mi equipaje. Me hacen notar mi retraso. Intento excusarme con una sonrisa picarona explicando que me he entretenido en ese particular local de la cuarta planta. Por lo visto no es la primera vez que ocurre, vista su reacción.&lt;br /&gt;La persona que debía transportarme está ya en otros menesteres, pero se ve que les he caído bien, y en un par de minutos me organizan un transporte nuevo. Un autobús para 20 personas para mí sólo. Me siento halagado ante tanta cortesía. Me despido de todos haciendo reverencias a los cuatro vientos, pero sin soltar un dong.&lt;br /&gt;Las calles están saturadas, pero casi todo el tráfico va en sentido inverso al nuestro, si es que hay algún sentido en el tráfico de esta ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas llegado al aeropuerto, lo primero que veo es una enorme fila de viajeros ante un control de seguridad. Junto a mí se encuentra otro control similar pero reservado al paso de tripulaciones y personal del propio aeropuerto. ¡Uniforme para qué te quiero! Ahí voy yo con gran naturalidad, como si pasara por allí a diario. Los empleados escanean mi equipaje y no me piden ningún tipo de documentación. Me aproximo a los mostradores de facturación. Al igual que a la ida, mi regreso lo efectúo con Lufthansa. Observo que la joven que factura a los pasajeros de primera clase está desocupada (como suele ser habitual). Inocentemente le echo una mirada cómplice llena de contenido: “¿verdad que tú me vas a facturar?”. No tardo en recibir respuesta. Un simple movimiento de cabeza me da luz verde. &lt;br /&gt;Estos pequeños privilegios no terminan ahí. Subo hacia la primera planta, donde se encuentra el control de pasaportes y las puertas de embarque. Tras pagar las correspondientes tasas, paso hacia una zona en la que me encuentro con largas filas de viajeros. Antes de dar con la que cuenta con menos gente, se me acerca un policía. ¡Ay de mí! ¿Qué querrá este hombre? Me indica que le acompañe y me señala una dirección. No entiendo muy bien lo que pasa. ¿Me van a encerrar en un cuarto hasta que confiese que uso mi uniforme fuera de las horas de trabajo? Algo apurado comienzo a caminar hacia no sé muy bien dónde. A medida que me acerco, veo que su intención era buena y lo único que quería decirme era que los que somos de aviación tenemos un mostrador especial de control de pasaportes. De todos modos, hasta que no me devuelven el documento y me dirijo hacia la puerta de embarque, no las tengo todas conmigo, que estos vietnamitas son muy suyos y ya me lo han demostrado.&lt;br /&gt;Lo que no gano en mi trabajo, por lo menos, lo compenso con estas pequeñas ventajas sobre el común de los mortales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/punyadoblog/story.scanner.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo un rato antes de subir a bordo. Voy a la cafetería a tomar algo. Constato que el atraco y la mala calidad son ya universales en todos los aeropuertos … cosas de la globalización.&lt;br /&gt;Me doy una vuelta por la tienda libre de impuestos para hacer una comparativa de precios. ¿Cómo es posible que el tabaco sea más caro que en la calle? No encuentro nada interesante, ni destacable. Prefiero irme hasta la puerta de embarque y leer mientras espero a que el comandante dé su visto bueno para que subamos a bordo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el momento del despegue miro por la ventanilla y veo las escasas luces que iluminan la que será una de las grandes capitales de Asia el día que yo sea viejo, suponiendo que llegue a viejo …&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/punyadoblog/LH340.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien es algo tarde, entre la velocidad del Airbus 340-600 y la diferencia horaria, estoy convencido de que llegaré a tiempo a Bangkok para no tomar el tren de la noche justo en el último toque de silbato.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-112330028407383215?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/112330028407383215/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=112330028407383215' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112330028407383215'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112330028407383215'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/08/por-un-puado-de-dongs.html' title='Por un puñado de dongs'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-112233792207062176</id><published>2005-07-26T07:25:00.000+07:00</published><updated>2005-07-26T07:32:02.083+07:00</updated><title type='text'>Cesárea augusta</title><content type='html'>Soy un ser irrecuperable para la sociedad “normal”.  Las drogas legales me permiten dar un aire de normalidad frente a los que me frecuentan a diario, que no sospechan, ni remotamente, que están frente a un drogadicto, un drogadicto “legal”, pero un drogadicto al fin y al cabo. La permisividad de algunos países me permite seguir alimentando mi adicción que me ayuda a sobrellevar mis inopinados cambios de estado de ánimo. Vietnam es, entre otros uno de estos “paraísos” farmacéuticos. Aquí se pueden adquirir toda clase de “drogas legales” sin cortapisas. El dólar es el que manda. Si vas con los billetes por delante, la farmacopea que se despliega frente a ti es inconmensurable. Tierra Santa, es Tierra Santa. Dispongo de alprazolam, aunque a precios algo excesivos teniendo en cuenta la renta “per cápita” del país. De todas formas, adquiero unos miligramos para ver si la “cosecha es buena”. Me da la impresión de que los empleados de la farmacia no están muy avezados a la hora de despachar semejante producto, por lo visto los occidentales no han desembarcado en masa pidiendo el “elixir de la felicidad”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/cesareaaugustablog/t_xanax.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Tailandia ha ido imponiendo cada vez leyes más restrictivas a la hora de dispensar mi elixir vital. Citas, llamadas telefónicas e intercambios semi-clandestinos, casi propios de camellos, caracterizan lo que antes era una simple compra de medicamentos.&lt;br /&gt;Soy consciente de que un mal uso de dicho compuesto puede llevar a riesgos fatales, la muerte, sin ir más lejos. Pero nuestra estrecha relación dura ya más de lo que suele durar un matrimonio hoy en día.&lt;br /&gt;Tampoco es un tema que me quite el sueño, más bien me lo da. Todos los fumadores son drogadictos y además pueden molestar a los que les rodean, lo mío, por lo menos no causa molestia a nadie y es infinitamente menos letal que los ingredientes del tabaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que hace unos años en Bangkok, alguna putilla conocedora de mi adicción, me pedía con cierta asiduidad e insistencia una ”violette” (así se conocen los trankimazines de 1 miligramo), a lo que yo le respondía que las “viollettes” estaban circulando por mi sangre desde hacía tiempo, algo totalmente falso ya que siempre guardo una en la recámara para posibles imprevistos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/cesareaaugustablog/xanaxcollage.JPG"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hecha mi prospección del mercado farmacéutico vietnamita, me dispongo a frecuentar el establecimiento en el que el capitalismo ha calado profundamente. &lt;br /&gt;Junto a la estación de autobuses, detrás de Nôtre Dame, se encuentran unos grandes almacenes. Son las “Galerías Preciados” de Saigón. A “Corte Inglés” no llegan, más que nada por la decoración propia de los años 70. En vista de lo que se ofrece en cada planta, me dirijo al supermercado, máximo exponente de lo que es la vida “lujosa” en la capital del país. Lo primero que veo son los Chupa-Chups, tengo claro que si Dios tiene una forma, es la de Chupa-Chups, no hay nada más omnipresente en el mundo que semejante golosina catalana.&lt;br /&gt;El capitalismo no ha entrado de lleno en el país, pero los Cheetos (Pepsi co.) disponen de un amplio estante en dicho supermercado.  Como especialista en la materia (la de los Cheetos), hago un estudio concienzudo de la materia. Muchos saben que la multinacional se limita a cambiar los nombres de sus productos para adecuarlos a los gustos de los potenciales consumidores de cada país. Pero en este caso me encuentro con una excepción: los Cheetos picantes. Me aventuro a catar uno de ellos. ¡Santo Dios! Esto no está hecho para nuestros paladares. Una vez hace gracia, pero lo de llevarse una bolsa al cine, se lo dejo a los chinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué es el vino Don Simón? En la tierra que vio su origen, España, es el vino de Tetra-brik por excelencia. Pues en Asia, no. Ahí está en bonitas estanterías con su flamante etiqueta junto a los mejores caldos franceses.  Esto me hace recordar la ocasión en que me encontraba en el restaurante de unos amigos en Bangkok. “Mira lo que nos ha traído hoy” me anuncia uno con emoción. “Tenemos vino español” me va diciendo mientras sujeta delicadamente la botella envuelta en un blanco paño. La impresión al ver en la etiqueta las palabras “Don Simón”, me deja sin palabras. Mi reacción la interpretan como altamente positiva. “¿Qué te parece?” pregunta. “Estupendo, pero hoy creo que no voy a beber vino, luego voy a beber whisky y no me gusta mezclar”. Mi conocida afición al líquido espirituoso escocés me salvó de un fatídico trance.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hago un par de compras. Los regalos más apreciados son, en muchas ocasiones, los más económicos, y el supermercado es el lugar ideal para encontrar dichos productos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/cesareaaugustablog/dongs.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la salida me topo con uno de estos malditos “trishaws”. Lo conduce un chico muy joven. Habla inglés, lo que me permite explicarle mi animadversión hacia ellos. El joven, que va pedaleando mientras yo camino, intenta convencerme de que no todos son iguales, que también los hay honrados. Jugamos durante un buen rato al gato y al ratón. No hay forma de quitármelo de encima. Se ofrece a llevarme prácticamente gratis. Busco refugio en un restaurante de la cadena japonesa Hisago.  &lt;br /&gt;Una vez que he soltado las pertinentes lágrimas por mor del “wasabi”, salgo en busca de una puta, en condiciones, así, bien sobrio, para enterarme de lo que pasa.&lt;br /&gt;Una vez más cometo un error siendo consciente de ello. Le pido a uno de estos malditos émulos fracasados de Indurain que me lleve a un sitio donde haya jóvenes dispuestas a probar el chorizo de cantimpalo ibérico. El hombre me promete un auténtico paraíso repleto de doncellas prestas a satisfacer todas mis necesidades. Lo pongo en duda, sin embargo mi sed de nuevas experiencias vuelve a nublarme el raciocinio. Enfilamos diversas callejuelas oscuras. No sé, a ciencia cierta, dónde me encuentro. Poco me importa. Ya sé que con un puñado de dólares, o “dongs” en su defecto, siempre encontraré un alma caritativa que me reconduzca a una zona conocida.&lt;br /&gt;Llegamos a la puerta de lo que parece ser un hotel de media estrella. Me invita a bajar y entrar. Así lo hago. Me siento en un taburete junto a la recepción. Todo aquello tiene un aspecto algo tétrico, lejos del edén prometido. Todos conversan en vietnamita, lógico. Un par de llamadas y me aseguran que mi “pedido” está a punto de llegar. Pasan los minutos y aquí no aparece ni Cristo. Aburrido ya, pregunto que qué pasa. “Nada, nada, ahora llega” responde el maldito traidor comisionista. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/cesareaaugustablog/trishaw.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Súbitamente aparece por la puerta una menuda muchachita. “¿Y el resto?” pienso yo. “¿Sólo una?” les pregunto. Un escueto “sí” es la única respuesta que obtengo.&lt;br /&gt;La penumbra no me permite verla con claridad, aunque se puede adivinar que no es un adefesio por lo menos. Su silueta denota un cuerpo proporcionado, cosa que es de agradecer en estas “citas a ciegas”.&lt;br /&gt;“¿Cuánto?” pregunto escuetamente como buen putero colegiado. “30 dólares y 10 de la habitación” me responde el chulo-ciclista. Es demasiado, sé que podría encontrar algo más barato, pero ya puestos en faena y rodeado de vietnamitas en un hotelucho de tres al cuarto situado en una oscura calle de Saigón, me obliga a dar una respuesta afirmativa, aunque haciendo constar que soy consciente de que es algo caro, como si a ellos les importara algo mi opinión de consumidor.&lt;br /&gt;Le dan la llave a la chica y subimos varios pisos por unas amplias escaleras. No se ve ni se oye nadie. Llegamos a la habitación. Limpia y sencilla, pero tan húmeda que podría haber salmonetes flotando en el aire, no hay ni una mísera ventana. Apenas me da tiempo a sentarme en la cama y encender un cigarrillo que la joven hetaira extiende la mano y me pide el dinero, una actitud muy poco profesional, algo que puede verse positivamente como signo de poco uso. Pero yo estoy algo cabreado por el abusivo precio y mi reacción la desconcierta. Me levanto indignado e intento explicarle en un inglés básico que las cosas no funcionan así. Su inglés no es básico, es simplemente inexistente. Pero mis aspavientos, mi tono de voz y el amago de marcharme que hago, le hacen entender que algo va mal. Me llama la atención su cara, lleva tanto maquillaje que parece un cuadro mal pintado; tal vez sin tanta colores en su rostro podría incluso ser guapa. Sin rechistar, se quita la ropa a toda velocidad dejando al descubierto su escaso vello púbico. Y… allí aparece delante de mí, majestuosa, impresionante e impactante una aparatosa cicatriz que la atraviesa horizontalmente de lado a lado. Es como si hubiera pasado por uno de esos espectáculos en que los magos trocean en varias partes a su partenaire, pero en esta ocasión el artista habría fallado y la hubiera cortado de verdad en dos mitades, teniendo que coserla para volver a unir las dos mitades. Mi libido no estaba muy allá cuando subimos, pero ahora se ha diluido en el húmedo ambiente del cuarto cobijo del pecado. Me encuentro frente a una cesárea augusta; augusta no por excelente, sino por impresionante&lt;br /&gt;En múltiples ocasiones he tenido acceso carnal con mujeres que habían sufrido dicha operación, pero lo que tengo delante se sale de lo habitual. Da la impresión de que fue operada anteayer, me da miedo de que al primer empujón aquello se abra y me encuentre con la “charly” con las tripas fuera. Intento distender un poco la situación, le pregunto cómo se llama. No me entiende. Desisto. Vamos a lo que vamos, y cuanto antes termine, mejor. Mientras se da una ducha me pregunto dónde estarán las vietnamitas guapas, seguro que las hay, pero no logro dar con ellas.  Me he duchado hace menos de dos horas, pero a petición suya vuelvo a darme otra. Cuando vuelvo al cuarto ya me la encuentro estirada en la cama deseosa como yo de que la pesadilla llegue a su término. Al no haber ingerido alcohol, el mástil se yergue sin excesiva dificultad, a pesar del cuadro que tengo sobre mí. Con el obligado, sobre todo por estos lares, preservativo colocado la muchacha intenta ser atravesada estando ella encima.  Acierta menos con el estoque que un torero en su peor racha. Abandona en su empeño y se tumba boca arriba. Adoptada esta posición sigo viendo esa cicatriz que cada vez me parece más grande. Hago lo que puedo y cierro los ojos. Para proseguir la faena en condiciones, hay que darle la vuelta a la tortilla. Prefiero verle el cogote.  La pongo mirando a Hanoi. Y esto me recuerda un chiste que me contó mi amigo Leo:&lt;br /&gt;-“Cariño, ya no me vas a ver más”&lt;br /&gt;-“¿Me dejas por otra?”&lt;br /&gt;-“No. Simplemente te voy a dar por atrás”&lt;br /&gt;Es una chorrada, pero siempre me ha hecho gracia, y más cuando la cuenta Leo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/cesareaaugustablog/prostitvietaids.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una de las embestidas, medio cuerpo suyo cae fuera de la cama. No se da de morros en el suelo porque reacciona rápidamente y pone sus manos para frenar la caída. Yo sigo como si la cosa no fuera conmigo. La cara ya la tiene chata, o sea que no se le puede deformar más.&lt;br /&gt;Llegados a este punto, para qué engañarnos, la cópula dura pocos minutos por no hablar de segundos. Y allí está ella, procurando que su maquillaje no embadurne el suelo del pulcro dormitorio.&lt;br /&gt;Una vez que se percata de que he llegado al culmen , intenta reincorporarse. Le hago notar que no hay prisas, que el proceso de readaptación necesita su tiempo. Dado que no ha cobrado todavía, sigue mis instrucciones. “Step by step” (paso a paso), es mi filosofía de la vida, y en este caso la debo aplicar más que nunca. Me reincorporo con cierta dificultad tras la eyaculación, y me encuentro frente a una imagen digna de ser fotografiada: la muchacha con medio cuerpo en el suelo y las piernas abiertas sobre la cama. ¿Denigrante? ¡No! Ha sido fruto de la casualidad.&lt;br /&gt;Tras la ducha obligatoria, ya estamos dispuestos los dos a abandonar el lugar del delito (según la Ley vietnamita).&lt;br /&gt;Con las cuentas arregladas, mi conductor me lleva hasta la zona de marcha tur´stica por excelencia, Pham Ngu Lao.&lt;br /&gt;De nuevo me enfrento a una situación ya habitual, por desgracia, en Saigón. Le pago lo acordado y me pide más. Afortunadamente estamos en una zona iluminada y repleta de numerosos turistas. “Que yo te había pedido tanto, que te he esperado tanto”, etc etc. Cualquier argumento es válido para sacrse unos cuartos. Y yo por mi parte: “Y lo que te has llevado de comisión por la chica, ¿no lo cuentas? “No me he llevado nada” replica. “Eso no te lo crees ni tú, que te he oído como hablabas con ella”, insisto. Así hasta que me harto y le doy lo que me parece justo y me voy, eso sí, con un ojo mirando su reacción.&lt;br /&gt; Los “trishaws” son una auténtica pesadilla para los viajeros experimentados, los turistas no se enteran y pagan lo que se les dice, sin rechistar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camino unos metros, hasta que llego al “Allez Bou”, me tomo mis whiskies, y espero ver lo que me depara la noche. Por lo menos, en esta ocasión, salgo relajado sexualmente, y sé que no caeré en cualquier trampa que me conduzca a la cópula incosciente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-112233792207062176?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/112233792207062176/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=112233792207062176' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112233792207062176'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112233792207062176'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/07/cesrea-augusta.html' title='Cesárea augusta'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-112086183683109436</id><published>2005-07-09T05:29:00.000+07:00</published><updated>2005-07-09T05:30:36.846+07:00</updated><title type='text'>La puta esputa</title><content type='html'>Me encuentro tumbado boca arriba sobre la cama en mi habitación del hotel. Reflexiono. ¿Es normal todo esto que hago? Con casi 40 años mi único objetivo es pasar el tiempo buscando la forma de divertirme al máximo, mientras hago sufrir a mi hígado a base de alcohol y fármacos. No pienso en familia, ni en objetivos laborales, ni hipotecas y demás asuntos teóricamente propios de mi edad. ¿Estoy siguiendo un camino equivocado?  No tardo en hallar la respuesta. NO. La simple contemplación de los que me rodean y llevan lo que se llama “un vida normal”, no me produce la menor envidia. Tal vez con 60 años lo lamente, pero dado que nunca pensé que llegaría a los 40, poco me preocupa la cuestión.  Se puede considerar que estos años que estoy viviendo, ya son tiempos de “prórroga”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/putaesputablog/lge.flag.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Foto Mark Bowyer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las dudas existencialistas dan rápidamente paso al pragmatismo más absoluto. Ya ha anochecido, y mis instintos más bajos afloran con la puesta de sol.&lt;br /&gt;Una ducha y vamos a ver qué me ofrece hoy Ho Chi Minh. Un taxi y hacia el centro.&lt;br /&gt;Junto al  Sheraton he visto un pequeño restaurante japonés. Entro. Me recibe una camarera vietnamita. Me acomoda y me trae la carta. Contemplo la decoración y los pocos clientes que hay departiendo alegremente en la barra. Me alegra ver que el dueño es nipón, cosa que me garantiza que no se trata de un local pseudo-japonés. Pido maguro (atún crudo) y cangrejo frito. Un auténtico placer. El atún es delicioso, embadurnado de soja y wasabi se funde en mi boca. El cangrejo es cangrejo, no esa pasta de abadejo prensada con una pinza de cangrejo insertada que nos venden por España, como si fuera una ambrosía divina. Pago menos de 10 dólares y además me obsequian con un bonito e infantil monedero de Songoku.&lt;br /&gt;Para hacer la digestión, nada mejor que un tranquilo masaje de pies, sí, he de reconocerlo, es un vicio para mí. En la misma calle, a apenas 25 metros se ubica un local que, según rezan los folletos (baratas fotocopias), cuenta con masajistas que siguen las enseñanzas de la escuela de masajes del Wat Po en Bangkok, una de las escuelas más reputadas de Asia. Al estar situado frente al Sheraton, deduzco que el servicio será de calidad. Nada más llegar a la entrada, mi instinto me dice que allí hay algo raro, no sé qué, pero algo que no responde a lo que la publicidad ofrece. Subo unos dos pisos por unas escaleras algo cochambrosas y de aspecto rancio, como todo el edificio. &lt;br /&gt;Una vez más, mi espíritu de aventurero nocturno se impone sobre la razón.&lt;br /&gt;En una especie de mostrador que hace las funciones de recepción me recibe amablemente una sonriente vietnamita. Le explico brevemente que quisiera que me hicieran un masaje de reflexoterapia. Me indica que son siete dólares y debo pagarlos por adelantado. Mis sospechas van tomando consistencia. Sólo en los puticlubs te hacen pagar por adelantado. En la totalidad de los salones de masaje terapéutico que he visitado en Asia, que son muchos, siempre he pagado una vez realizado el servicio.&lt;br /&gt;Una vez efectuado el pago, me invita a descalzarme y me acompaña hasta el interior.  Encuentro frente a mí una sala con cabinas individuales en las que hay una camilla propia de centro médico. La chica que me ha sido asignada es más bien poco agraciada, de aspecto enjuto y parca en palabras. &lt;br /&gt;Hay algo que no cuadra. Yo he solicitado un masaje de pies, y no tiene ningún sentido que me tumbe en una camilla habiendo en el exterior cómodos sillones.  Incluso ella se da cuenta de lo absurdo de la situación. Me dice si prefiero sentarme fuera, a lo que respondo afirmativamente, percibiendo que la situación va a entorpecer sus pérfidas intenciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/putaesputablog/foot_massage.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al “primer toque de balón” me doy cuenta de que no tiene ni idea de hacer masajes.  Parece mentira que algo aparentemente tan banal como masajear un pie requiera de conocimientos adquiridos tanto por el estudio como por la práctica.  &lt;br /&gt;El caso de esta chica es de juzgado de guardia, lo único que hace es amasar mis pies y estirar mis dedos, no utiliza ninguna crema ni ungüento alguno. A los diez minutos ya no sabe qué hacer. De repente aparecen sus amigas de profesión. Nos ponemos a charlar sobre lo divino y lo humano, por lo menos son más simpáticas. Una de ellas, la que se sienta a mi derecha, se pone a revolver, sin reparo alguno, en mis bolsas de la compra. Va sacando todos los productos y preguntándome para qué sirve cada cosa y por qué los he comprado. Todavía no han entrado en la sociedad de consumo y no saben que los occidentales compramos, en la mayoría de las ocasiones, por vicio y no por necesidad.&lt;br /&gt;Se detiene, algo extrañada, cuando cae en sus manos una caja con un tubo de crema para las hemorroides. “¿Estás enfermo?” inquiere ella. “No” le respondo. La verdad es que no sé muy bien para qué he comprado la pomada. Esto suele suceder con cierta frecuencia cuando se va de compras por lugares donde todo es muy barato, siempre se compra “por si acaso”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/putaesputablog/lge.schoolgirls.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt; Foto: Alan Lee&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasamos más de media hora de cháchara. Repentinamente, aparece otro occidental que parece ser un cliente habitual ya que raudo y veloz, como alma que lleva el diablo, se introduce en uno de los cubículos destinados al solaz, acompañado de la mozuela con vocación de agente de aduanas.&lt;br /&gt;A los pocos minutos me vuelvo a encontrar frente a frente, a solas, con mi tediosa “masajista”. No tarda en llegar el esperado momento (para ella) en que se inician las proposiciones deshonestas.  Con el universal lenguaje de los signos me propone satisfacerme manualmente. Si es tan diestra como masajeando los pies, me temo lo peor. Me río y le digo que ni de coña, que eso ya sé hacerlo yo solito. Para más INRI pide 200.000 dongs (10 euros). Seguimos con el tira y afloja. Deja ya mis pies en paz y se dedica a otras zonas de mi anatomía para estimular mi libido. Lo que no sabe es que los fármacos que fluyen apaciblemente por mis venas, disminuyen drásticamente los apetitos carnales, sin llegar a anularlos, eso sí.  Le propongo que use la boca para otra cosa que no sea soltar tonterías. En un principio es reticente e insiste en los trabajos manuales. Le digo que me voy, que ya estoy cansado. 300.000 dongs por mantener su boca ocupada es su oferta de última hora. Vuelvo a reírme y le señalo que en Tailandia, por ese precio, me hacen un completo durante dos horas. Esgrime el argumento de todas las putas vietnamitas: “Las tailandesas son muy sucias”. “Y tú qué sabrás, ¿has visto alguna tailandesa en tu vida?” le respondo algo enfadado. Hago un amago de marcharme. Insiste en su oferta, sin rebajar un céntimo. 300.000 dongs son 15 euros, una barbaridad en esos países, pero me pueden la curiosidad y las ganas de vivir una situación atípica. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/putaesputablog/alan_vnhcm_2_1_ALVNHC23.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt; Foto: Alan Lee&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo el proceso debe realizarse bajo el más estricto secretismo. No sé si tiene miedo de su jefa, de sus compañeras, de la policía o de sabe Dios quién. La cuestión es que me invita a regresar al cubículo de la camilla. Me desprendo de la ropa de cintura para abajo y me tumbo. Ella empieza su labor pero se olvida del motivo de aumento de la tarifa. Le hago notar que se puede ayudar de la mano, pero que no es ésta la que debe hacer el trabajo principal. Para distraerme un poco me pregunta si quiero que se quite la ropa. “Por supuesto que quiero” respondo. Empieza tímidamente la labor. Confío en que a medida que tome confianza la cosa vaya a mejor. Mi gozo en un pozo. Tiene tanta habilidad como con la reflexoterapia. Esto es un fraude al consumidor.  Como quien no quiere la cosa, pongo la palma de mi mano en la parte posterior de su cabeza, y emulando a Pepe Sancho en las célebres imágenes televisivas, le digo: ¡A mamarla! Si bien, en mi caso no se trata de una metáfora sino de la expresión de una voluntad muy concreta y explícita. Más mal que bien, la puta disfrazada de terapeuta, va desempeñando su labor. Suerte tengo de que a estas horas todavía no he ingerido alcohol alguno y el  anti-afrodisíaco cocktail whisky-alprazolam-doxepina, no ha lugar.  Echándole algo de imaginación y sacando a pasear mi mano por su imperfecta anatomía, procuro terminar lo antes posible. Llevo a cabo uno de mis divertimentos favoritos: el disparo a traición. No doy signos de excitación hasta el primer tiro, que procuro llegue hasta la tráquea. Luego ya es tarde para ella, aunque procure dirigir el cañón hacia otro lugar, ya ha sido herida en lo más profundo de su ser. Y llega el momento en que la puta esputa.  Mi orgasmo es más fruto de la risa que del placer sexual. Aunque herida en la batalla, se afana en eliminar todos los restos de la batalla y me ruega que guarde silencio dado que no puedo reprimir la risa.&lt;br /&gt;Repuesta del mal trago (nunca mejor dicho) extiende su mano para sentirse resarcida tras la humillación. Voy dando un billete tras otro mientras cuento, una vez más me pide silencio, no quiere que sus amigas se enteren de la cantidad recibida, supongo que para no darles la parte que tal vez les corresponde. Me marcho satisfecho por haberme reído un rato, no por haber satisfecho mis instintos más básicos. Me voy con un sabor agridulce, de CERDO agridulce en concreto, jajaja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doy un salto hasta el hotel para dejar las bolsas de la compra y limpiar posibles rastros que hasta un CSI de primer curso podría detectar con esa luz ultravioleta que usan para detectar a los guarretes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/putaesputablog/alan_vnhcm_2_1_ALVNHC25.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt; Foto: Alan Lee&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He tomado la terraza del Allez-Bou como punto de partida de mis correrías nocturnas.  Desde los primeros días en Saigón, vengo observando una peculiar estampa que se repite noche tras noche. Media docena de chicos jóvenes en bicicleta, cada uno por su lado, dan vueltas alrededor de los bares donde se encuentran los turistas. Hasta allí todo parece normal. Lo que me llama la atención, en primer lugar, es que a medida que pedalean, hacen sonar una especie de sonajero infantil que llevan en la mano. Parecen serpientes cascabel acechando a su presa. A lo extraño de la situación, se añade que en una cestilla situada en la parte delantera de la bici, se distingue un pequeño maletín de ejecutivo. ¿Son directivos dementes que por las noches regresan a su infancia y se pasean haciendo sonar un sonajero? La duda me corroe. Le pregunto a uno de los camareros sobre estos personajes de tebeo. “¿Y a estos qué les pasa?”. “Son masajistas”, escueta y esclarecedora respuesta. Son chaperos, los chaperos de toda la vida, pero en versión fina y vietnamita. Hay que reconocerles la originalidad.  La verdad es que no indago más. Mi deducción de que ofrecen favores sexuales es sólo fruto de una mente retorcida como la mía, pero es algo más que probable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras el cuarto o quinto Johnnie Walker paseando de la mano con mis glóbulos rojos, linfocitos, leucocitos y demás amiguitos plasmáticos, levanto mis posaderas y prosigo me particular peregrinaje nocturno por HCMC.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-112086183683109436?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/112086183683109436/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=112086183683109436' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112086183683109436'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/112086183683109436'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/07/la-puta-esputa.html' title='La puta esputa'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111984115367862983</id><published>2005-06-27T09:58:00.000+07:00</published><updated>2005-06-27T10:32:58.546+07:00</updated><title type='text'>“La propina son tres dólares”</title><content type='html'>Me acicalo un poco con la vana ilusión de que mejorando mi aspecto, pueda llegar a entablar conversación, por lo menos, con alguna moza de buen ver, sin que tercie de por medio transacción económica alguna.  Hoy pretendo salir a una hora más temprana para poder contemplar el atardecer en HCMC (Ho Chi Minh City), como es conocida en los diversos foros de internet que sobre ella tratan.  El acicalamiento requiere su tiempo y además estoy algo cansado  por la inhabitual actividad mañanera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta mañana he tomado la sabia decisión de declarar la jornada como Día de la cultura vietnamita.  Entre alcoholes y fármacos se me pasan los días de un tirón. Me voy del país, y transcurrido un tiempo, tras leer reportajes, ver documentales y comentar el viaje con la gente, me da la impresión de que yo he estado en otro lugar, en una especie de limbo, aunque eso sí, un limbo vietnamita en este caso.&lt;br /&gt;La noche anterior ya había preparado un programa destinado a darme una buena capa de barniz cultural en un tiempo record.&lt;br /&gt;Sobre el mediodía tomo rumbo hacia el zoo de Saigón, una visita obligada en la práctica totalidad de ciudades que visito. Tomo un taxi que me lleva hasta allí, a esa hora el sol es de justicia y cualquier otro medio de transporte puede llegar a ser un suplicio.  A mi llegada ya me esperan los pesados de turno que me quieren vender “yo-qué-sé”. “¡Quita, quiiita de ahí!” les voy diciendo mientras me abro paso hasta la taquilla. Es un día laborable y parece todo muy tranquilo.  Los gigantescos árboles impiden que el sol me abrase. Consulto en un panel colocado “ad hoc” la ubicación de las diversas fieras.  Las largas caminatas no son lo mío, pero la ocasión lo requiere y el cuerpo lo agradece.  Mientras busco algún animal que me recree la vista, se me cruza súbitamente un vietnamita sonriente. “¿Eres católico?” pregunta. “¿Eh? ¿Que qué?” respondo creyendo que todavía no me he despertado y estoy en algún sueño de tipo místico. “Que si eres católico” me dice reafirmándose en su pregunta.&lt;br /&gt;Estoy frente a la zona de los tigres.  Ahora no sé si el hombre quiere hacer algún tipo de prueba lanzando un cristiano a las fieras; a ver si me pongo a rezar o las bestias se apiadan de mí, o cualquier historia que haya oído el hombre por ahí entre los peculiares lazos que unen a cristianos y fieras hambrientas. “Sssíííí, noooo, bueno, en España salimos con la religión católica de serie, queramos o no, lo somos” respondo titubeante. “Ah, yo también” dice. Y me da la mano. Bueno, por lo menos sé que mi integridad física está a salvo.  Ahora el problema se centra en el individuo. Claro, entiendo que para un vietnamita, lo de ser católico debe de ser muy “guay”, pero a mí me importa un carajo, como es obvio. Empleo la táctica del monosílabo. “Tu camiseta (la de la Virgen María) es muy bonita” dice. “Sí” respondo. “¿Es la primera vez que vienes a Vietnam?”  prosigue. “Sí”vuelvo a responder mientras inicio la marcha.&lt;br /&gt;A parte de católico, es avispado. A la segunda respuesta ya percibe que lo mío no son las largas disquisiciones metafísicas. Se va por donde ha venido. “Que Dios te bendiga” pienso, y no en voz alta, que el hombre es capaz de volver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC=http://www.herrpeter.com/Pics200405/son3dolblog/notredame.jpg&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He ido a pasar un día agradable, pero este zoo es deplorable. En la mitad de los sitios no hay animales, en otros están dormidos, drogados o aburridos. Mi ánimo está bajando a velocidad de vértigo, y eso es peligroso. Ni una inyección intravenosa de fluoxetina me lo puede hacer remontar. Hay que cambiar de escenario rápidamente.&lt;br /&gt;Junto al parque se encuentra el Museo de Historia vietnamita.  Vuelvo a pasar por taquilla, aunque no me importa ya que las tarifas son bastante razonables, sobre 2 o 3 dólares, y si tengo en cuenta lo que me gasto simplemente en whisky , estas cantidades son menudencias.&lt;br /&gt;Me paseo parsimoniosamente por las distintas salas del museo descubriendo los orígenes de un país que sólo conocemos por Hollywood o, los más cultos, por obras literarias como “El amante” de Marguerite Duras.  La temperatura en el interior es bien agradable, cosa que invita a seguir cultivándose hasta entrada la tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC=http://www.herrpeter.com/Pics200405/son3dolblog/museonHCMC.jpg&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mismo museo se desarrolla uno de los espectáculos que pueden ser contemplados en muy pocos lugares del mundo: las marionetas acuáticas.  Sobre las tres va a dar comienzo el espectáculo. Paso por caja de nuevo (2$), pero es un gasto más que justificado. Nos juntamos algo más de una docena de turistas.  Una voz femenina, grabada y desgastada por las innumerables veces que ha pasado por los cabezales del cassette, nos da la bienvenida en varios idiomas. No, en español no.  Comienza la música. De repente sale de debajo del agua turbia la primera de las figuras de madera, luego le sucede otra, y otra, y otra. ¿Pero cuánta gente hay ahí metida?  Durante algo más de media hora se suceden las figuras de personas, animales y seres mitológicos. En ningún momento se llega siquiera a atisbar la presencia de ser humano alguno.  Al final de la representación salen a saludar, son cuatro pero parecían 16.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC=http://www.herrpeter.com/Pics200405/son3dolblog/marionetasagua.jpg&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la salida me topo con una miríada de ciclo-taxis.  Por mi previa experiencia, los rehuyo. Pero siempre hay algún valiente (y pesado) que se atreve a seguirme para convencerme de que contrate sus servicios. Mi perseverancia en negarme a ello, le lleva casi a ofrecerme a su mujer y a sus hijas. Por agotamiento (mío) y cabezonería (suya) acabo cediendo, bajo la promesa de que se comportará bien y no me irá cambiando la tarifa a su antojo.  Siguiente etapa: Museo de los vestigios de la guerra, rebautizado recientemente por cuestiones diplomáticas, ya que antes se denominaba Museo de los crímenes americanos de la guerra, una “sutil” diferencia en pro del avance del capitalismo en Vietnam.  Realmente, todo lo allí expuesto, resulta impresionante, sobremanera la sección en la que están los fetos humanos en botes de formol. ¡Huy! ¡Qué mal rollo!  La ausencia de datos relativos a las fechorías del Vietcong, que no eran unos santos, llama la atención.&lt;br /&gt;Para terminar la jornada cultural decido expiar mis pecados visitando la catedral de Nôtre Dame. A la salida del museo de los horrores debería estar mi ciclo-taxista. No lo veo por ningún lado. Aparece otro señalándome que he sido “traspasado”, que ahora él se encarga de mí. Bueno, al fin y al cabo, todos tienen “carachino” y medio de transporte. Le indico mi destino. Son las cinco de la tarde, hora punta para el tráfico.  Los paseos en “trishaw” son estéticamente pintorescos, pero, por lo que observo, están quedando relegados al transporte de turistas. Tampoco me extraña: si chocas de frente, tú eres “el frente”, tragas todo el humo habido y por haber, a cierta velocidad te vas tragando todo lo que flota en el aire, en especial insectos. Es decir, el paseo in “trishaw” está bien para hacer la gracia y la foto.&lt;br /&gt;Las distancias en Ho Chi Minh City son relativamente cortas. En pocos minutos arribamos a puerto. Allí está delante de mí, imponente, esta magistral obra de la arquitectura occidental en pleno oriente.  Quiero entrar para confesar por adelantado los pecados que voy a cometer esta noche. Un vietnamita, guardián del templo, me impide franquear la entrada. No es que lleve una indumentaria inadecuada, ya conozco la historia y vengo preparado para todo tipo de eventualidades. Intento que aflore en mí ese niño que alguna vez fue a misa para que el hombre se apiade de mí. Le digo que lo que quiero es rezar. Pero no hay forma. La misa ha empezado a las cinco y no la interrumpe ni Dios … bueno … Dios tal vez sí.  Resignado, me conformo con contemplar el interior desde la verja. Al fondo, en el altar, está el cura concelebrando el ritual, los fieles son pocos, muy pocos. Sin embargo, lo que me llama poderosamente la atención son unos neones discotequeros situados alrededor de la Virgen y alguna otra figura. ¡Virgen Santa! ¿A dónde nos va a llevar tanta modernidad?  No pude ver los confesionarios, pero tal vez estén equipados con aparatos de estos que hacen humo. ¡Sabe Dios! Mientras contemplo lo que la Iglesia entiende por “modernizarse”, se me acerca un viejo que vende cocos frescos para beber. Generalmente no consumo productos alimenticios vendidos en la calle, pero en esta ocasión haré una excepción ya que el coco lo abre delante de mí. Me pide 20.000 dongs (1 euro). Sé que si pide eso, es que vale la mitad, pero a sabiendas de que nunca cobrará una pensión, ni sabrá nunca que eso existe, accedo.  Tengo por costumbre discutir todos los precios, por irrisorios que estos sean. Lo hago en beneficio de todos y todos deberíamos hacerlo, porque de otra forma, la escalada de precios puede llegar al infinito. Para esta gente somos ricos, y da igual “un poco rico” que “muy rico”. Manejamos cantidades que a ellos se les escapan, y por ende les da igual cobrarnos uno que tres. Hay que discutir sin temor a tener remordimientos de conciencia por lo que podemos malinterpretar como tacañería.  No es tacañería, es sentido de la responsabilidad, hay que enseñar a estos pueblos que occidental no es sinónimo de fuente inagotable de riqueza. Yo aplico diariamente esta filosofía, y además de ahorrarme unos duros, me voy con la tranquilidad de haber hecho una obra de caridad por haber enseñado al ignorante. ¡Morro que tiene uno, ja ja ja!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC=http://www.herrpeter.com/Pics200405/son3dolblog/puuyingsviet.jpg&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He caminado mucho hoy. Un buen masaje de pies me resultará muy reconfortante.  El clima es agradable y no tengo prisa, por lo que opto por pasear tranquilamente por la ciudad.  Me he quedado a corto de tabaco. Aquí no hay estancos propiamente dichos. Hay pequeños puestos con ruedas. Están diseminados por toda la urbe. No tardo en dar con uno de éstos. Pido un cartón y espero a que me diga el precio. No quiero hacer el primo y pagar más de lo debido. El primer día me cobraron 20.000 dongs por una cajetilla, o sea que ya tengo un precio de referencia. “Son 130.000 dongs” me dice. Seis euros y medio por cartón. ¡Así da gusto fumar! Ya veo que en la primera ocasión me timaron, pero eso ya se sabe.  Lo curioso es que es más barato que en el aeropuerto, cosa poco usual.  Ya sé donde debo hacer acopio de nicotina.  Prosigo mi paseo por las pequeñas calles saigonesas hasta toparme con un puesto de libros en inglés. Son realmente baratos y una gran parte son relativos al país. Diccionarios, guías, novelas, todos a precios muy económicos. Los miro por arriba y por abajo, están nuevos. La señora que los vende, honrada ella, me señala que son copias. En un primer momento no lo entiendo. Sigo escogiendo títulos mientras reflexiono sobre las palabras de la vendedora. “¿Copias? Pero si están encuadernados, con su portada en color y todo”. “¿Copy?” inquiero. “Yes, yes, original very expensive” me responde alegremente. ¡El top manta en Vietnam son los libros! Ni cedés, ni devedés, ni tarjeta del Satélite Digital, ni nada de nada: ¡LIBROS!  Eso es fomentar la cultura y lo demás son tonterías. Me compro un librito para aprender vietnamita que cuesta unos 10 dólares y yo pago apenas uno.  He de decir que para darse cuenta de que es copia, tiene que haber buena iluminación y fijarse en pequeños detalles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Paso delante de una “agencia de viajes”. Quiero informarme sobre las excursiones que ofertan. Quedo asombrado por lo baratas que resultan. Todo el día de visita a los túneles de Cu-Chi (donde vivía y se escondía el Vietcong) y a un par de templos: 4 dólares, un día al delta del Mekhong con comida: 7 dólares, dos días 15 dólares. Realmente asombroso. Influye el hecho de que estoy en la zona donde se alojan los neo-hippies y todos los precios están muy ajustados. En los hoteles de lujo venden las mismas excursiones por diez veces ese precio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC=http://www.herrpeter.com/Pics200405/son3dolblog/cuchi.jpg&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Paso delante de una puerta donde una bella vietnamita me indica que en el interior se practican masajes, decentes, doy por hecho dada la naturalidad con la que me los ha ofrecido.&lt;br /&gt;70 minutos de masaje de pies, cabeza, espalda, hombros y manos, más un té: 100.000 dongs (5 euros). Muy barato lo veo. Vamos a probar. Está en un lugar muy céntrico junto al hotel Majestic y parece de fiar. No sé si llegamos a los 70 minutos, pero en cualquier caso la masajista hace muy bien su trabajo.&lt;br /&gt;Poco antes de terminar me pregunta si lo ha hecho bien, a lo que respondo afirmativamente. Luego, con cierto secretismo, me explica su situación laboral para terminar diciéndome que le dé la propina allí mismo. Esto me huele raro, y a no ser que esté en el trabajo, me irrita sobremanera que me digan lo que debo hacer. Me niego, y le hago saber que se la daré más tarde y si me apetece.  Llego a la caja y me atiende una sonriente vietnamita que tras cobrarme me dice que la propina para la mujer son unos 3 dólares. ¡Huuuy! Vamos mal. Estoy algo curtido en esto de los viajes por Asia y nunca me había encontrado en una situación semejante. “¿Cómo que la propina son 3 dólares? ¿Qué quiere decir eso?” espeto con cierto acaloramiento.  Veo que no están acostumbrados a tratar con latinos, más que nada por su cara de sorpresa ante mi reacción.  ¡Si no tienen sindicato que los defienda, que se lo inventen! Tras una larga perorata sobre la situación laboral de las empleadas se creen que mi corazón se habrá enternecido. ¡Y una leche! Prosigo alzando algo la voz: “En mi país y en todo el mundo una propina es una propina, y ésta es voluntaria. Si quiero darla la doy y si no quiero no la doy. Si quiero dar un dólar doy un dólar y si no quiero dar nada no doy nada, ¿entiendes lo que te estoy diciendo?”. Recibo un escueto “yes” como respuesta. Enfilo el pasillo camino de la salida habiendo dejado, creo, un dólar.&lt;br /&gt;Tras el masaje y el cabreo me ha entrado algo de hambre. Veo, cerca de allí un macro-restaurante que parece chino. Entro y, una vez más, me veo cómo el único occidental del local. Como suele pasar en estas circunstancias, los camareros se hacen los longuis por miedo a no entender lo que quiere el cliente occidental. Con ciertos aspavientos me hago notar y finalmente me traen una carta. Hay bastantes fotos, cosa que me ayuda a decidirme y a explicar cuales son mis apetitos en ese momento. La carta es variada y cuenta con delicias japonesas. Unos palitos de surimi y una sopa de fideos me bastarán. Mientras espero, practico mi deporte favorito (después de la barra fija), la observación del ser humano.  Todos son asiáticos en el restaurante. Los Chinos se distinguen de los demás a la hora de comer porque son … unos guarrrros. Cómo sorben los muy cabrones. No pueden comer en silencio como todo el mundo. Parecen aspiradoras que se obstruyen por momentos y de pronto consiguen absorber lo que les costaba tanto. Cuando los ves y sobre todo los oyes, se te caen al suelo Lao Tsé, Confucio, Kung-Fu, Bruce Lee, el inventor de la pólvora y el pequeño Emperador. Todos ellos hacían ruido al comer. ¡Que triste cuando se te caen los mitos!&lt;br /&gt;Con los ojos todavía llorosos por el wasabi, pago la cuenta y me marcho hacia el hotel. Paro un taxi y me monto. Ya instalado me fijo en los detalles. No se de qué marca es el automóvil, pero es diminuto, con un tamaño adecuado para los asiáticos. Pero lo que más me llama la atención es la funda de ganchillo que recubre los asientos. A saber las horas que habrá estado la abuela para terminar tamaño monumento al “horterismo”, en cualquier caso tiene gracia, y si Almodóvar se deja caer por aquí, se lo queda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC=http://www.herrpeter.com/Pics200405/son3dolblog/canoadeltamkg.jpg&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acicalado y presto para seguir conociendo “HCMC la nuit” me dirijo hacia el hall del hotel para pedir un taxi, no sin cierto cansancio tras tan ajetreado día.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111984115367862983?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111984115367862983/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111984115367862983' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111984115367862983'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111984115367862983'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/06/la-propina-son-tres-dlares_27.html' title='“La propina son tres dólares”'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111881390589091685</id><published>2005-06-15T12:32:00.000+07:00</published><updated>2005-06-15T12:38:25.900+07:00</updated><title type='text'>Bienvenido al Edén</title><content type='html'>ZZZZzzzz, ZZZZzzzzZZZzzZZZZZZz. ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ¡Oh, no! Otra vez el maldito taladro. ¿Qué se ha creído esta gente? Pago 125 dólares, y ya es la segunda mañana que me despiertan con la misma música. Tras un arduo esfuerzo alcanzo el auricular del teléfono y marco lo que yo creo es el número de recepción. Me da igual quién responda. Si no me entienden ya me pasarán con alguien que lo haga.  Por lo temprano que es y la resaquilla que llevo encima, no puedo poner voz de cabreo. Mis palabras parecen más las de un reo poco antes de ser ajusticiado. Imploro compasión. Sólo me falta llorar.  Me piden perdón y me aseguran que no se va a repetir. A los pocos minutos, tras un breve descanso para reponer fuerzas, inician de nuevo el concierto con más brío. Mi agotamiento es tal que no puedo ni reaccionar. De una forma u otra voy dormitando hasta poco antes de las 12.  Me levanto con cierta energía. Es raro verme enfadado, pero en recepción van a tener ese raro privilegio.&lt;br /&gt;Me ducho, me enfundo mi uniforme y recojo las cuatro cosas que había sacado de la maleta.  Cuando salgo del ascensor parezco el tsunami llegando a Phuket: voy despacio, pero con ganas de arrasar. Dos palabras bastan: “Check out”.  Al trabajar yo también de cara al público, soy el primero en saber que últimos culpables suelen ser los que te atienden, por lo que voy a intentar ser lo más amable que pueda.  En un inglés básico, para que me entiendan bien, les explico la situación: “estoy pagando 125 dólares y cada mañana me despiertan con un taladro, esto no puede ser”.  Mientras explico lo que me sucede y hago lo que podría ser la onomatopeya de un berbiquí, una de las muchachas no para de reírse. Me la quedo mirando alucinado. Tengo un cabreo alucinante y ella partiéndose en dos de la risa. Ya no digo nada. Sólo quiero irme de allí. Me ofrecen otra habitación, pero les respondo que no quiero saber nada más de este hotel.  La verdad es que en los dos días que llevo me he ido enterando de la existencia de otros hoteles que cuestan la mitad y ofrecen los mismos o mejores servicios, eso sí, sin el glamour de tan emblemático hotel. Insisten en que me quede, sin embargo ven que no voy a dar mi brazo a torcer. Se ofrecen para ponerme en contacto con la agencia con la que he contratado mi estancia. Hablo con ellos y quedamos en que me devolverán el dinero el día que me vaya en el aeropuerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/edenblog/copaguns.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si porque alguien me ha hablado de él o porque lo he visto anunciado en algún lugar, el Amara Hotel es mi destino.  No es tan céntrico, pero en una ciudad de tan reducidas dimensiones y transportes tan baratos, poco importa.&lt;br /&gt;El aspecto, a primera vista, es bueno. Se trata de un edificio moderno de una docena de plantas. La tarifa es de 60 dólares, menos de la mitad del Legend. Todo eso que me ahorro, o más bien que destino a otros fines. Muy amablemente toman mis datos. Pido descuento por ser trabajador de compañía aérea. Me preguntan para qué compañía trabajo. Nunca habían querido saber nada en ningún hotel, simplemente me aplicaban un descuento y punto. Respondo que trabajo en “Lufthansa”, la compañía alemana. Van a consultar en su base de datos si tienen acuerdos con dicha compañía. Les digo que no se molesten, que no importa, que da igual, que 60 dólares ya es muy barato. No quiero que se me presente el delegado de “Lufthansa” en Saigón y me diga que quién soy. ¡Menudo marrón!  Me indican que ya lo mirará más tarde el jefe de ventas. Eso, eso, que lo mire más tarde. &lt;br /&gt;El botones me acompaña hasta la habitación en el último piso.  Por lo que voy viendo a mi alrededor, el hotel parece destinado a turistas coreanos que van hasta allí a jugar al golf y a dejarse sus ahorros en los casinos.  Las vistas son inmejorables, domino todo el “skyline” bajito de la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/edenblog/panoramasaigonblog.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ya es costumbre en mí, ojeo todos los folletos y revistas que hay en la habitación. La mayoría están en coreano pero encuentro algunas cosas interesantes en inglés.  Entre tanta publicidad, mapas, fotos de monumentos y demás papeleo aparece una amable carita asiática. Se trata de un tríptico que anuncia a los clientes la existencia del Oasis Sauna &amp; Spa en la cuarta planta del mismo hotel.  Dado que la prostitución está prohibida, supongo que esto es una especie de tapadera.  No me voy a quedar con la duda. Deshago la maleta, me pongo el albornoz y bajo hasta la cuarta planta. Al final del pasillo entreveo lo que parece ser una recepción. Afortunadamente hablan inglés con bastante corrección. Me explican el funcionamiento de tan epicúreo lugar. Se pagan 15 dólares de entrada y se puede hacer uso indefinido de todas las instalaciones. Un completo gimnasio, al que no presto la menor atención, una sauna, jacuzzis con agua fría, templada y caliente, un cuarto de aseo con todo tipo productos (jabones, maquinillas de afeitar, dentífricos, cepillos, etc.), y más adelante la zona de relax. Un pequeño bar y varias hileras de sillones en los que recostarse mientras una bella señorita te hace un masaje de pies, forman parte de este peculiar local que se asemeja a una “gymkhana” del placer. Otras etapas de este “taller de reparación” son: manicura, pedicura, limpieza de cutis, peluquería, exfoliación y masaje.  Como nunca había probado lo de la exfoliación, le digo a un maromo vietnamita, que parece encargarse del asunto, que quiero que me exfolien. Suena mal, pero es así. Me acompaña hasta lo que podría describirse como una mesa baja sobre la que me indica que me tumbe en pelota picada.  Me da un poco de mal rollo pasearme por allí con mi pubis con “barba de tres días” y rodeado de asiáticos con su característico micro-pene. Pero peor me sienta la idea de que un tío me vaya a restregar por todo el cuerpo un guante exfoliador, o sea ¡voy a dejar que un tío me meta mano impunemente!  Ahora ya no me puedo echar atrás. Y ahí se pone el hombre con todas sus energías a pasarme el papel de lija por todo el cuerpo. ¿Por todo? No, al igual que la Galia en tiempo de los romanos, queda una pequeña zona donde nunca se llega, en el caso de los romanos fue la aldea de Asterix en el mío se trata de mi vara de mando. Una vez pasado el trago, me ducho y voy hacia los jacuzzis. Pongo un pie en el frío. ¡Huy! Ni de coña me pongo yo ahora a pasar frío. Me voy hacia el caliente. ¡Hostia! ¿Qué quieren hacer conmigo? ¿Huevos duros? Me voy al del medio, que supongo que se trata del del agua templada. Me quedo ahí un ratito hasta que aparece un coreano y se instala frente a mí. Como no quiero malos entendidos, cojo una toalla, me seco, y con el albornoz puesto me voy a ver qué se cuentan las chicas. Me siento en primera fila para poder contemplar con comodidad el telediario en la mega-pantalla, sólo hay un problema … es el telediario de la televisión coreana. Pero allí son más listos que el hambre, y en cuanto ven que me he quedado solo en la sala, cambian a la cadena francesa. ¿Cómo demonios sabrán cuál es mi cadena favorita?  Termino mi zumo de naranja y me voy a la sección de la señorita Pepis. “¿Qué desea?” Me pregunta la menuda mozuela. “Todo” respondo sin dudar.  Me tumban en una camilla y me rodean completamente. Me ponen una refrescante toallita sobre los ojos, por lo que no puedo contemplarlas, pero las siento. Una me pone todo tipo de cremas por la cara y me pasa un mini-aspirador, otra se preocupa de que luzca unas bonitas manos y otra se entretiene para que a la hora de ponerme sandalias de turista, no tenga que ir escondiendo los pies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/edenblog/caraviet2.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como decía al principio, la entrada son 15 dólares, pero cada servicio en el que interviene un trabajador, tiene un precio. Lo bueno del asunto, es que el precio lo fija el propio cliente en función de su grado de satisfacción … o posibilidades.  El proceso es el siguiente. Al entrar se recibe una pulsera con una llave y un número. Al término de cada servicio, quien haya prestado el servicio te da un pequeño recibo que rellenas con tu número de cliente, tu firma y la cantidad en dólares que quieres darle. Con 5 dólares por servicio es más que suficiente desde mi punto de vista, aunque seguro que los japoneses, y tal vez los coreanos, rompen el mercado pagando más, … peor para ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la carrocería nueva, me dirijo hacia la zona de masajes, el espacio que más me intriga de todo el complejo. ¿Cómo serán los masajes? ¿Irán algo más allá del simple masaje terapéutico?&lt;br /&gt;Me recibe la señorita de turno. “Massage?” pregunta ella. “Yes, yes” respondo nervioso como un jovenzuelo la primera vez que va a un puticlub. Me acompaña hasta uno de los cubículos que conforman el área de supuesto máximo deleite.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/edenblog/caraviet3.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pide que me quite el albornoz y que me quede con los medio-gallumbos que llevo. OK, no hay problema. Parece que la cosa promete. Me masajea durante poco más de media hora. La chica es profesional, sabe donde hay que apretar para que el asunto tome otro cariz. Lo que no sabe es que tiene entre sus manos a un putero redomado.&lt;br /&gt;Llegado el momento, y ante mi indiferencia, toma la iniciativa. “¿Quiere algo más?” inquiere ella. “¿A qué te refieres?” respondo yo.  Pasando su mano por el “Vesubio” deja claras sus intenciones. “¿Trabajo manual u oral?” pregunto cándidamente. Gesticulando con el idioma universal, me da a entender que el trabajo debe ser manual, no por su voluntad, sino por exigencias de la empresa. Le explico, muy a su pesar, que las pajas me las hago yo solo, que a día de hoy, por lo menos eso sí sé hacerlo solo. No obstante, le permito que se deleite un rato con una verga occidental, escasa por la zona y que, en mi caso, no le va a reportar beneficio pecuniario alguno.&lt;br /&gt;Algo contrariada, termina su labor. Se esperaba una propina de 20 dólares y simplemente le doy 10. ¿Qué se cree? ¿Qué soy un japonés tonto que paga por el simple hecho de que se le haga caso? ¡Pues no! Soy español. Y pago por lo que recibo.&lt;br /&gt;Tras el relajante masaje, vuelvo sobre mis pasos, me ducho y llego junto a la taquilla donde he dejado mis objetos personales, o sea NADA. Aprovecho para afeitarme la cara y lo que no es la cara. Me arreglo usando todo lo que mi vista alcanza, por algo he pagado. Y finalmente me despido de todo el personal, no sin antes pesarme en una balanza para comprobar que no he perdido ni un kilo, cosa que poco me importa. Pero como la balanza está allí y la he pagado, pues también la uso.&lt;br /&gt;Paso por caja. Por menos de 50 euros he pasado más de tres horas a cuerpo de rey, atendido de forma exquisita. Me he sentido por unas horas en el Edén.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y todavía hay gente que me pregunta por qué paso tantos meses al año en Asia.&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/edenblog/gunsgirl.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía no ha llegado la noche. Pero presiento que hoy triunfaré. Tras una sesión intensiva en la que me han recompuesto de arriba abajo, no puedo fracasar.  Claro que, por muy bien que esté la carrocería, el motor sigue siendo el mismo. Las benzos y el whisky proporcionan momentos de gloria, una gloria tan efímera como las velas de cumpleaños. Pero no importa, soy consciente de que mi vida está hecha de momentos gloriosos y efímeros. Y al fin y al cabo, prefiero que sea así. No soportaría una vida “normal” en la que todo estuviera ya organizado y predeterminado por el simple hecho de que la sociedad así lo establece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ho Chi Minh (antes Saigón) no es normal, como yo. Nos llevamos bien y creo que así va a seguir siendo en el futuro. Es una ciudad que tiene mucho que ofrecer, y yo estoy dispuesto a recibir todo lo que me ofrezcan.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111881390589091685?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111881390589091685/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111881390589091685' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111881390589091685'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111881390589091685'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/06/bienvenido-al-edn.html' title='Bienvenido al Edén'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111846063826505599</id><published>2005-06-11T10:29:00.000+07:00</published><updated>2005-06-11T10:30:38.276+07:00</updated><title type='text'>Una proposición indecente</title><content type='html'>El nivel de concentración en plasma de alprazolam y alcohol está llegando a su mejor punto.  Mi locuacidad se hace más patente y, si bien no hablo vietnamita, me encuentro inmiscuido en una afable charla con un británico, un francés y algún otro de nacionalidad ignota para mí.  Se puede decir que el “Guns and Roses” es un buen lugar para los viajeros solitarios. A menos que uno sea muy introvertido, en pocos minutos y con un mínimo dominio del inglés, se puede entablar conversación con cualquiera que por allí ande, sea hombre o mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya son las dos pasadas. Todavía tengo ánimos y ganas de seguir mis pesquisas sobre Ho Chi Minh City “la nuit”. Averiguo que unos metros más adelante, en la misma calle Pham Ngu Lao, hay un bar de dudosa reputación: el “Sahara”.  Pido la cuenta y me dirijo hacia el centro de la “movida” saigonesa. Por lo que me han dicho, en más de una ocasión la policía ha hecho redadas en busca de drogas; debe de tratarse de un antro de vicio y perdición, me sentiré como en casa. &lt;br /&gt;Por el camino me encuentro lo que parece ser un equilibrista. Se trata de un hombre totalmente estirado sobre una moto, con los pies sobre el manillar y la cabeza en la parte posterior del asiento. Me acerco sigilosamente para comprobar si duerme realmente. El alcohol me hace perder en demasiadas ocasiones la sensación de peligro. No ronca. Tampoco se mueve. Esto bien vale una foto, pero claro, si lo despierto con el flash, se puede mosquear, y un vietnamita mosqueado tiene su peligro, si no que se lo digan a los estadounidenses.  Hago los reglajes oportunos para poder tomar la instantánea sin la necesidad de flash. Disparo. No se inmuta y yo sigo mi particular peregrinaje. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotosblogpropindec/image020.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de darme cuenta, estoy frente a las puertas del “Sahara”, unas puertas de cristal oscuro que apenas permiten entrever lo que sucede en su interior.  Un charlie me abre amablemente la puerta.  La primera impresión es favorable: penumbra, hombres y mujeres tanto occidentales como indígenas, un billar, un DJ escondido en su cueva, un pequeño televisor y una barra suficientemente amplia como para instalar la base de observación.  Tiene aspecto de “alter” cutre, pero con camareros que te traen la bebida y camareras de buen ver. Oficialmente no hay putas, pero dicha sea la verdad, entre la escasa iluminación y el estado en que me encuentro, mucho no puedo ver.&lt;br /&gt;Ya con la copa en la mano y enfrascado en mi ensimismamiento, fruto del whisky y de los fármacos, veo a Ronaldinho.  Allí está, dándole patadas al balón y corriendo de un lado a otro. No, no estoy delirando. En la televisión de ese minúsculo bareto vietnamita están retransmitiendo un partido de la liga española. ¿A quién le puede interesar eso? A nadie, porque echo un vistazo a mi alrededor y observo que nadie mira, ni de reojo, lo que sucede en ese encuentro.  Como el fútbol no es muy santo de mi devoción,  mi campo visual se traslada hacia la mesa de billar. Ahí están ellas, las pizpiretas vietnamitas dándole a las bolas y exhibiendo coquetamente su traserillo cada vez que les toca jugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de terminar la primera copa, se me aproxima el camarero con una nueva. ¿Tendrá poderes telepáticos? ¿La habré pedido sin darme cuenta, dado mi estado? Mientras la deposita en la barra, me indica con el dedo que mire hacia un determinado lugar del local. Con su escaso inglés, me explica que aquella señorita me invita.  Me siento perturbado y confuso. Nunca, o casi nunca, que yo recuerde, una mujer, durante mis viajes por esta zona del globo, me había invitado a nada sin conocerme. Como mucho, me invitan a que les meta mano. Desde la distancia, unos tres metros, se lo agradezco al “asiático modo”, es decir agachando la cabeza.  Consciente de lo inusual de la situación, me desprendo de mi cómodo taburete junto a la barra y decido indagar sobre las intenciones de la saigonesa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotosblogpropindec/image006.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo me huele a “inversión”. Soy muy desconfiado y sé que nadie da nada por nada, pero de todas formas, sólo por la innovadora forma de captar clientes, me acerco hasta ella. Sabe bastante inglés. Según ella trabaja en no sé qué. Me da igual, ya sé que es mentira. Si trabajara, no estaría a las 4 de la mañana en semejante tugurio.  Parece un concurso de mentiras, ni yo le digo una sola verdad y supongo que ella hace otro tanto. No importa, sólo se trata de pasar la noche. Ahora me toca invitar a mí.  No pide lo más caro, otra señal de su astucia. Es que no dejo de ser desconfiado ni harto de alcohol.&lt;br /&gt;Me voy un momento al baño. En ese momento de intimidad algo compartida, se me pone al lado un asiático que con total descaro mira mi más preciado tesoro. Estoy en terreno foráneo y guardo la calma. Estoy justo al fondo de un angosto meadero y no es cuestión de buscar problemas en esta situación. ¡Pero todo tiene un límite! Tras la última sacudida, justo antes de colocar en su sitio las cosas, el pájaro se atreve, sin rubor alguno, a tocarme el miembro con un dedo. En ese momento sólo se oye un: “¡Me cago en tu puta madre maricón. Vete a tomar por culo!”. Los dos o tres que están por allí no saben muy bien qué ha sucedido, pero ante mi airada reacción suponen que nada bueno. Seguidamente, ya en inglés, le digo que si es maricón que vaya a buscar tíos por ahí, que yo no soy maricón.  En ese momento no sé cuál va a ser su reacción. Mi físico no está muy preparado para las peleas, pero esta es una situación límite en la que nunca me había encontrado con anterioridad. Para sorpresa mía, el hombre sigue con una sonrisa en la boca. Por lo menos sé que voy a salir entero de allí, cosa que me tranquiliza bastante.  Salgo del baño satisfecho de no haberme acobardado y de haber salido indemne de tan inusual trance.&lt;br /&gt;Vuelvo a sentarme junto a mi acompañante ocasional.  Sian apenas darnos cuenta encienden esos neones que tanto odio y que invitan a marcharse.  Una vez en la calle, se ofrece a acompañarme a hotel donde yo le había dicho que vivía. Obviamente, me hospedo en otro lugar.  Su generoso ofrecimiento es, a todas luces, una proposición indecente. Declino la invitación. Por una parte, no quiero que sepa donde me alojo y por otra, lo único que habría podido hacer yo a esas horas y en mi estado, es el ridículo.  Le digo, en cambio, si quiere venir a sentarse conmigo en el parque que hay frente al bar. A esas horas, ya empiezan los primeros deportistas y amantes del tai-chi a aparecer haciendo esas poses tan extrañas que me recuerdan a mí cuando me levanto de la cama.&lt;br /&gt;Me apoyo en un pequeño muro a fumarme un cigarrillo. No tardan en aparecer seres que parecen venidos de otro mundo. Una mujer desdentada, un hombre-estanco y varias niñas que no sé qué hacen por allí, creo que venden chicles y demás a los turistas. Les hago gracia y empieza el interrogatorio. Lo curioso es que la traductora es una niña de unos 10 años, la más docta de toda la familia. A mi izquierda hay un hombre cortando enormes bloques de hielo con una sierra.  Mi acompañante femenina se convence ya de que estoy algo colgado, de que mis neuronas patinan, y de que no está en mi programa el llevármela a ella. Se sube en su moto y nos despedimos hasta otro día. Yo sigo un rato con la “freaki-family” hasta que mi verticalidad baja de los 60 grados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotosblogpropindec/image022.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomo un taxi mientras veo a los que hacen “jogging”, extraño deporte que nunca he entendido. Bueno, la verdad es que nunca he entendido ningún deporte, ni me he preocupado en entenderlos.&lt;br /&gt;Llego al hotel cuando los turistas “normales” están bajando a desayunar o salen ya hacia interesantes excursiones culturales en las cuales participaré algún día.  El personal me mira perplejo. Me da la impresión de que nunca han tenido un huésped tan trasnochador y borracho. Ya se irán acostumbrando. Entrando en el ascensor me cruzo con una pareja. Intento poner cara de hombre sobrio y respetable pero las emanaciones de Johnnie Walter me delatan, por no hablar de mis ojos.&lt;br /&gt;Una ducha y a la cama. Pongo un rato la televisión para dormirme y estar informado, no soporto el silencio total a la hora de conciliar el sueño. Espero dormir varias horas para levantarme en plenas condiciones y visitar la ciudad con luz diurna.&lt;br /&gt;Mis esperanzas se ven truncadas a las pocas horas.  Un impertinente taladro va interrumpiendo el reposo del guerrero. En un principio creo que la herramienta forma parte de algún sueño surrealista. Su persistencia hace que me de cuenta de que su existencia es real y no forma parte del mundo onírico. ¿Cómo es posible que en el mejor hotel de la ciudad interrumpan el sueño de los clientes a las 8 de la mañana? No puedo moverme, el alcohol está en proceso de filtración y ésta es una fase muy crítica. Intento aguantar hasta que ya no puedo más. Llamo algo cabreado a recepción. Me piden excusas. Sin embargo, siguen con su estridente concierto. Sobre las 11 parece que se han cansado ya. Me dejan en paz hasta las dos. Me arreglo un poco y me preparo para iniciar mi primera visita a la capital vietnamita.  Paso por recepción y les recuerdo que me han fastidiado le sueño. Me piden mil excusas y me aseguran que ha sido algo excepcional y que no se volverá a repetir. Eso espero por su bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la guía Lonely Planet he preparado un recorrido por los lugares que considero más relevantes. En primer lugar, los mercados. Un taxi me lleva hasta el centro de la ciudad. Todos cierran sobre las cinco de la tarde, por lo que no tengo demasiado tiempo. Ben Thanh es el mercado central más importante. Allí se puede encontrar de todo, dentro de las limitaciones que ofrece un país recién llegado al mundo capitalista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotosblogpropindec/image029.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es un auténtico paraíso para los amantes de la ropa informal. Pantalones y camisas de conocidas marcas por menos de 2 euros. Telas de todo género, todo ello  por precios irrisorios.  Dicho mercado es un auténtico hormiguero, cubierto en toda su extensión, y en el que hombres y mujeres circulan de un lado para otro en busca de no se sabe qué. Los turistas son minoría, más que nada, un detalle en ese maremágnum.  Sin lugar a duda, son recibidos con los brazos abiertos, por su poder adquisitivo principalmente. No por su supuesta cordialidad. ¡No seamos ingenuos! Un blanco lleva el dólar impreso en su frente, y la amabilidad, tan característica en Asia, desaparece en el momento en que ese dólar va perdiendo color. No nos engañemos. El asiático (o caribeño, o africano, o etc.) nos quiere porque tenemos dinero, ni más ni menos. Y esto es algo que tengo comprobado empíricamente desde hace tiempo. Todo ello no es óbice a la hora de reconocer que el trato que recibimos en Asia es sublime. Pero algunos creen que es de “motu propio” y otros sabemos que es por simple afán recaudatorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conocida es mi afición por la indumentaria militar, sabe Dios, o mi psiquiatra el motivo.&lt;br /&gt;La cuestión es que mi ciclo-taxi me lleva hasta el lugar en donde se vende el tipo de indumentaria que quiero.  Se trata de un mercado mucho más pequeño que Ben Tanh. Allí podemos encontrar desde ropa y diversos enseres de la guerra hasta uniformes actuales.  Entro en una tienda que parece contar con lo que estoy buscando. Me pruebo varias camisas y pantalones hasta que me decido por un uniforme completo. A la hora de pagar, el ciclo-taxista me hace la primera jugarreta. Cuando los dependientes van a decirme el precio, el desgraciado les hace señas a mis espaldas para que suban el precio. Me hago el loco. De todas formas la cantidad no es desorbitada, apenas 20 euros por el equipo completo.&lt;br /&gt;Se hace tarde y ya es hora de regresar al hotel para preparar la noche. En el camino de vuelta investigo cómo está el asunto para conseguir alprazolam. Recorridas varias farmacias con resultado negativo, damos con una que tiene lo que estoy buscando, aunque en cantidades pequeñas y a precios superiores a los que se cotiza tan preciado material en Tailandia. Sin embargo, y ya que estoy, compro unas cuantas pastillas. En una farmacia me recomiendan Rotundin. No tengo ni idea de lo que se trata, pero me aseguran que es un buen somnífero.  Tras varias averiguaciones, descubro que se trata de un medicamento natural extraído de un tubérculo y que sus creadores son vietnamitas, de hecho sólo se puede encontrar en este país.  Además tiene la ventaja de que no necesita receta.  No tardo en probarlo y parece que funciona, aunque eso sí, duplico la dosis recomendada.  Deja algo atontado, cosa que poco me importa ya que no cambia en exceso mi estado natural.  En cualquier caso no sustituye con mucha eficacia las benzodiacepinas, aunque puede ayudar en un proceso de desintoxicación. El único inconveniente es que sólo se puede adquirir en la Cochinchina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le digo al ciclo taxi que se pare un momento frente a un supermercado que parece bastante decente. Quiero aprovisionar mi nevera para las noches ya que suelo venir hambriento después de las marchas nocturnas.&lt;br /&gt;El hombre se detiene en seco y dice: “Me voy, estoy casnado”. “Bueno, de acuerdo” Le respondo. Le doy 100.000 dongs, una cantidad algo superior a la que habíamos pactado. Todo serio y con cara de pocos amigos me dice: “Quiero 400.000”. Discutimos un buen rato. Se acerca un hombre para ver lo que pasa. El hideputa sigue en sus trece. 400.000 dongs son 20 euros. Ël sabe que llevo encima 4 millones porque cometí el error de ir a cambiar dinero con él. Me dice que ha estado mucho tiempo conmigo, que se ha preocupado en buscarme todo lo que necesitaba, que incluso me ha guardado la cartera cuando yo creía haberla perdido en un descuido. Todo cosas ciertas, pero lo suyo es un abuso.  Una vez más, intento serenarme y pensar las cosas con calma. Estoy no sé donde, en un lugar en el que no conozco las costumbres ni el carácter de la gente, y si los americanos salieron a toda prisa del país, no creo que esté en la posición de enfrentarme a un “charlie”. Suelto resignadamente los 400 mil dongs y me voy con el rabo entre las piernas hacia le supermercado.  Le comento lo sucedido al espectador ocasional que me mira como diciendo: “Pues esto es lo que hay”. Ya me voy curtiendo en tan curioso país. A partir de hoy sólo iré en taxi, y no de cualquier compañía, que ya sé que muchos llevan el taxímetro manipulado.  Lo cierto es que he hecho lo mejor. Este tiparraco me conoce y Raigón no es muy grande. Mejor perder 20 euros y salir del país sentado en la butaca del avión que no viajar junto a las maletas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hago mis compras, sobre todo Brand’s (un concentrado de pollo muy alimenticio) y demás chocolatinas, y tomo un taxi hacia le hotel. Tengo que cenar algo, descansar, y acicalarme para una noche que promete ser interesante.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111846063826505599?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111846063826505599/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111846063826505599' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111846063826505599'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111846063826505599'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/06/una-proposicin-indecente.html' title='Una proposición indecente'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111638841041291953</id><published>2005-05-18T10:52:00.000+07:00</published><updated>2005-05-18T10:53:30.426+07:00</updated><title type='text'>Saigón, putas de garrafón</title><content type='html'>Me desperezo, son casi las diez de la noche y ya es hora de comenzar la investigación. Ni yo, ni nadie, en su sano juicio se puede creer que la fiesta termina a las 12.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salgo del ascensor ataviado con bermudas y camiseta. Unas prendas que no corresponden al prototipo del cliente habitual del hotel. Poco me importa, yo he pagado mis 125 dólares, y si quiero salir en pijama, pues salgo.  Acostumbrados a ver a gente vestida de etiqueta, el personal me va saludando a mi paso con cara de estupefacción como diciendo: “¿Pero éste no era el piloto?” &lt;br /&gt;Apenas pongo un pie en la calle, empiezan a asaltarme “buenos samaritanos” que por un módico precio quieren pasearme por la ciudad. No, una vez. No, dos veces. No, tres veces. A la cuarta, alzando un poco la voz explico que lo que quiero es caminar. Parece que lo entienden y me dejan en paz, aunque no por demasiado tiempo.  Me he dejado el tabaco en la habitación. Busco algún lugar donde aprovisionarme de nicotina para la noche. Veo que abundan los puestecillos callejeros que venden, entre otras cosas, tabaco. No tengo un precio de referencia, por lo que no sé hasta qué punto voy a ser timado. Le pido a la anciana una cajetilla de Marlboro. Abre un cajón forrado con papel de periódico en el que está impresa una bonita foto de Penélope Cruz, poco se imagina la mega estrella que su bonito rostro está en el fondo de un cochambroso cajón de una tabaquera vietnamita. Me da el paquete y me pide 20.000 dongs (1 euro). Soy consciente de que me está pidiendo más de lo que realmente cuesta, pero no me voy a poner a discutir en ese momento por 50 céntimos.&lt;br /&gt;Guiado por mi sexto sentido (el sentido “puteril”), enfilo una calle al azar.&lt;br /&gt;En Vietnam, la prostitución está prohibida y ferozmente perseguida, además, en internet no abunda la información al respecto, por lo que los datos de los que dispongo a priori son más bien escasos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblogsgn2/image037.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recorridos 50 metros, me topo con un local con decoración pseudo-navideña y cristales opacos. No hay duda, es un puticlub. No tarda en confirmármelo un hombrecillo menudo y cuarentón que se me aproxima para cantarme las excelencias de las damiselas que se encuentran en el interior. “Pase y mire, pase y mire” me repite con insistencia.  Le indico que se calme, que aquí no va a salir corriendo nadie. Esta clase de individuos me resulta siempre muy útil para sacar el tipo de información que nunca se publica en ninguna guía.  Entablamos una instructiva –para mí- charla sobre la vida nocturna “saigonesa”.  Como suponía, o más bien quería suponer, la vida nocturna termina a las 12 para los locales “normales” por los cuales no circulan apenas turistas. En Pham Ngun Lao, el área por la que se mueven los mochileros, los cuatro bares que hay terminan su actividad cerca de las 5. Respiro con alivio y me lo tomo todo con más  calma.  Le prometo a mi informador que volveré a su local en un par de horas. Todavía no fluye el alcohol por mis venas y no tengo el ánimo para enfrentarme con putas que no sé por dónde me van a salir. Antes quiero dar una vuelta de reconocimiento y conocer los bares que aparecen en la guía Lonely Planet, un buen referente cuando uno anda algo perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblogsgn2/image042.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los lugares más interesantes, en todos los sentidos, están a una distancia razonable los unos de los otros.  Los locales más “in” se sitúan en los alrededores del hotel Sheraton. Un par de bares con música en directo y una discoteca a la que no pienso ir. ¿Quién se va a meter en una discoteca que cierra a medianoche?  Escojo un bar que parece tranquilito. Hay un grupo numeroso de turistas occidentales, parecen una familia y en su comportamiento se percibe que no están muy acostumbrados a salir y beber alcohol. No se puede hacer el indio bailando y cantando a las 11 de la noche, y más si se va con niños.  Para más INRI, una cincuentona se me acerca y me dice: “¿Por qué no te animas?”. “Acabo de llegar hace pocas horas y estoy cansado”, le respondo. Mi intención era decirle: ¡Porque me queda algo de dignidad, señora! Pero mi educación me lo impide.&lt;br /&gt;Pido un Johnnie Walker. Es tan mísera la cantidad que me sirven que apenas le da tiempo de llegar a la barra al camarero cuando ya le estoy pidiendo otro.  En menos de una hora, la mezcla de whisky, alprazolam y doxepina ya empiezan a hacer efecto. Comienzo a barruntar sobre mis futuras fechorías por estas latitudes.  Un grupito de cuatro mozuelas vietnamitas que están sentadas cerca de mí me alegran algo la vista y sirven para ponerme en situación. Tienen aspecto de estudiantes decentes.  No sirven para mis deshonestas intenciones.  A las doce menos algo, los camareros empiezan a recoger. Es hora de volver al lupanar donde trabaja el que ha sido mi primer introductor a la noche de tan peculiar ciudad indochina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblogsgn2/image036.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me recibe encantado el ticketero al que le había dicho que volvería. Le hago notar que nunca miento y que aquí estoy para que me enseñe esas fermosas féminas de las que me había cantado sus extraordinarias cualidades.  Y sí, son extra ordinarias.  Una decena de mozuelas, ataviadas con vestidos de nochevieja de finales de los 70, se alborotan a mi entrada. La primera conclusión que saco es que el consumo eléctrico no debe de ser uno de los gastos principales del local. Cuatro mesas, media docena de sillas y apenas diez taburetes, junto a un desvencijado billar, componen todo el mobiliario.  El ambiente va más allá de la decadencia. Es el lugar ideal para un depresivo con dudas existencialistas. Si uno está bajo de moral, allí se encargan de rematarla.&lt;br /&gt;Es mi primer día y, por experiencia, sé que no hay que dejarse influir por las primeras impresiones, que en muchos casos son negativas.  &lt;br /&gt;Me siento junto a la barra y pido mi habitual güisqui con Sprite. El camarero, por llamarlo de algún modo, me pone un güisqui y un Sprite.  La paciencia no es sólo una virtud de los asiáticos, sino una virtud que hay que tener cuando se trata con ellos. Le explico que está muy bien lo que me ha traído, pero lo quiero mezclado. Yo no hablo vietnamita, y él, por lo visto, no habla inglés. Le hago la demostración práctica ante su atenta mirada; parezco uno de estos tipos que están en las grandes superficies promocionando productos. Me señala que el alcohol tiene un precio (2$) y la lata, sí, una lata, otro (1$). Que sí, que sí, que tranquilo, le digo. No se da cuenta de que de esta forma utilizo la misma lata para tres whyskies, o sea que al final no le sale a cuenta. No voy a ser yo quién le dé lecciones de hostelería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tarda en hacer acto de presencia la primera hetaira. No me gusta. Cuando me pide algo para beber, me gusta todavía menos.  Le señalo que yo soy el que decide o no invitar, y no hace falta que nadie me recuerde que las putas piden bebidas para sacarse un dinerillo. Media vuelta y se va. Viene la segunda. Idéntico proceso. Así hasta la quinta, que ya parece más decente. No pide nada de momento, y antes de que lo estropee y para que se produzca un efecto ejemplarizante sobre las demás, le pido si quiere tomar algo.  Antes de que me den una desagradable sorpresa, me informo sobre el coste de su bebida. No llega a los tres dólares.&lt;br /&gt;Nuestra conversación no da mucho de sí. Así que decido ir al meollo de la cuestión que nos tiene a los dos allí.  “¿Cuánto quieres por pasar un rato conmigo?” Le pregunto directamente. Y directamente me responde ella: “sesenta dólares”.  Suelto una sonora carcajada que llama la atención de los allí presentes, incluido un occidental que parece un habitual del tugurio. “He dicho un rato, no una semana” le aclaro. La muchacha comienza una disertación pseudo-económica sobre la fragmentación y destino de cada una de las partes de esa suma.  La escucho atentamente con una sonrisa de oreja a oreja, producto del sexto o séptimo Johnnie Walker de la noche y de sus irrisorias explicaciones. Le doy a entender que soy novato en Vietnam pero no en el mundo del puterío. También le explico que vivo en Bangkok, que no soy un turista venido del otro lado del mundo, y que en Tailandia te llevas a tres por esa cantidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viendo que el negocio no está en vías de prosperar, apuro la copa y pido la cuenta.  Pago y me dirijo hacia la salida. Los efluvios etílicos me hacen ser generoso en ese momento y le doy dos euros de propina, más que nada para dar envidia a las demás que no tuvieron paciencia y pidieron una copa a la primera de cambio.  La jovenzuela los coge entre alegre y sorprendida. No acaba de entender que la invite a una copa, la rechace por carera y luego le dé 50.000 dongs.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuera está mi “amigo”. “¿Qué tal? ¿Te han gustado? Son guapas ¿verdad?” me dice.&lt;br /&gt;“Hombre, las he visto mejores” le respondo con franqueza.&lt;br /&gt;En nuestra primera conversación, me había mencionado la existencia de bares que cierran bien entrada la noche, e incluso se había ofrecido a acompañarme.  Le recuerdo el ofrecimiento.  Me pide que espere diez minutos ya que su jefe no le va a dar permiso ahora para marcharse. Me ofrece un asiento, una silla de plástico en la que no cabe ni un niño. Es todo tan surrealista que acepto esperar, mi hígado me va a agradecer una pequeña pausa.  Nos juntamos un grupillo de vietnamitas y yo. Chapurrean algo de inglés y aprovecho la ocasión para seguir informándome sobre diversos aspectos de la ciudad.  Durante ese intervalo de tiempo aparece una bella jovencita vestida con unos vaqueros y una blusa roja. En un primer momento no la reconozco. Es la que me había pedido los 60 dólares.  No entiendo, una vez más, por qué los dueños de puticlubs se empeñan en vestir a sus empleadas prendas que no les hacen justicia; tiene mucho mejor aspecto vestida “de calle”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nivel de alcohol en sangre está bajando a un límite que ya considero alarmante. Urge la ingestión del preciado líquido.  Le hago notar al chaval que ya han pasado los diez minutos y que quiero irme ya. Pide permiso y se lo conceden. Al fin voy a continuar con mi excursión “Ho Chi Minh la nuit”. Por el camino me explica que antes era el encargado del lugar al que vamos, el “Guns and Roses”. Y ahí estoy, borracho, montado de paquete en una motocicleta recorriendo las calles de Saigón.  En la lejanía se apercibe cierto bullicio y una profusa a la vez que discreta iluminación. Llegamos a la calle Pham Ngu Lao, la zona del turismo mochilero.  No hay más de media docena de bares, pero me bastan. &lt;br /&gt;Una vez llegados al “Guns and Roses” me encomienda a uno de los camareros, amigo y antiguo compañero suyo.  No es, a todas luces, un bar de putas, pero el ambiente parece agradable. Es un tanto angosto, lo que permite que una docena de clientes creen un buen ambiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblogsgn2/image007.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Buena música, precios razonables, simpáticas camareras, ¿qué más se puede pedir en este recóndito lugar de la Cochinchina?  Afortunadamente, todo el que circula por allí tiene conocimientos de inglés.  Este es el típico lugar en el que nos juntamos personas de los cuatro rincones del mundo e intercambiamos conocimientos sobre los distintos lugares que vamos visitando.  Los whiskies van cayendo uno detrás de otro. Y, si bien la conversación es interesante, mi instinto reproductor me impide concentrarme.  Fuera está mi guía ocasional.  Antes de entrar le dije que me esperara para llevarme a otro lupanar, a ver si en esta ocasión tenía más suerte.&lt;br /&gt;Salgo del bar y allí está él. Le digo: “Vamos a ver a esas otras amigas tuyas”. Emprendemos la marcha y tengo la impresión de que estamos volviendo al cutre-puticlub, pero no. Se detiene unos metros antes. Entro en lo que debería ser un remanso de paz y tranquilidad repleto de esbeltas mujeres.  Paz y tranquilidad hay, no lo voy a negar, demasiada paz y tranquilidad. Allí no está ni el Tato. Aparece una cincuentona por la barra. No me pregunta qué quiero, es algo obvio. Me acompaña hasta el fondo del local. Allí medio hacinadas sobre boles de arroz hay media docena de héteras. Apenas me hacen caso, y por el aspecto que tienen, lo agradezco.  Aparece una voluntaria dispuesta a acompañarme a la barra.  Su aspecto es deplorable, es fea, más ancha que alta y tampoco sabe inglés. Me tomo una copa de cortesía y huyo como alma que lleva el diablo.  Le pregunto a mi acompañante que qué es eso. Se excusa diciendo que es la hora del cierre y las chicas guapas ya se han ido. Y yo que me lo creo…&lt;br /&gt;Sin lugar a dudas, hasta el momento, las putas de Saigón son de garrafón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Raudo y veloz regreso a Pham Ngu Lao, por lo menos allí hay chicas occidentales de buen ver y alguna que otra vietnamita dispuesta a entablar “amistad”.&lt;br /&gt;Elijo en esta ocasión el bar “Allez Bou”, uno de los más concurridos a primera hora de la noche. Dispone de una buena terraza sobre la calle en la que me gusta practicar mi segundo deporte favorito tras la barra fija, el ajedrez sin tablero. Yo solo en una mesa moviendo una sola ficha cilíndrica y de cristal por toda la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/picsblogsgn2/IMG_2047.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En pocas horas ya he logrado ubicarme bastante bien en al capital vietnamita. La noche no ha terminado y tengo la impresión de que lo mejor está todavía por venir.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111638841041291953?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111638841041291953/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111638841041291953' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111638841041291953'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111638841041291953'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/05/saign-putas-de-garrafn.html' title='Saigón, putas de garrafón'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111535110839772439</id><published>2005-05-06T10:43:00.000+07:00</published><updated>2005-05-06T10:47:31.266+07:00</updated><title type='text'>Objetivo: Saigón</title><content type='html'>Muchos días llevo ya en Bangkok. Mi deteriorada salud mental está entrando en una espiral que no sé a dónde me va a llevar.  Ésta es la señal para hacer las maletas y salir de la gran metrópoli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace años tengo una asignatura pendiente: Vietnam.  Por un motivo o por otro he ido posponiendo mi viaje a tan peculiar país, del que todo el mundo habla pero nadie, o casi, ha visitado.&lt;br /&gt;Una de las razones por la que se ha demorado mi incursión vietnamita es el hecho de que es condición sine qua non ir a pedir un visado a la embajada y soltar 50 euros del ala por el trámite.  Más que los 50 euros, lo que más me duele es que tengo que “madrugar” (12 del mediodía) para arreglar todo el papeleo.&lt;br /&gt;Pero hoy lo he decidido, y lo voy a hacer.  La embajada de Vietnam está a un par de estaciones de mi apartamento, sin embargo a una hora tan temprana no soy capaz de llegar hasta la estación de metro más próxima. Decido, por ende, coger una moto-taxi que me va a costar el doble, pero me va a evitar subir y bajar escaleras bajo el sofocante calor que hace a estas horas.&lt;br /&gt;En menos de quince minutos estoy frente a la puerta de la legación diplomática, o eso creo, porque más bien parece un bunker; bien se percibe la austeridad comunista.  Una gruesa puerta metálica conduce a la oficina de expedición de visados.  Una veintena de personas divididas en dos filas esperan su turno.  Haciéndome el despistado me aproximo hasta la ventanilla para solicitar la documentación necesaria para la obtención del visado. Me entregan un impreso sin que nadie en la fila se moleste.  Una vez cumplimentado, me pongo, esta vez sí, al final de la cola para esperar mi turno.  Frente a mi se encuentra una pareja de occidentales. Hablan un idioma que, si bien no entiendo, me resulta algo familiar.  Como no tengo otra cosa que hacer, los “escaneo”. Pelo rapado con coleta, indumentaria medio-hippie, chanclas, y … ¡pasaporte español! ¡Son jóvenes abertzales!  Por eso me sonaba el idioma.  Tengo ganas de decirles: “¡Hombre, ESPAÑOLES por aquí, vaya alegría!”. Pero hace poco que me he levantado y no estoy de muy buen humor como para hacer bromas.&lt;br /&gt;Llega mi turno, entrego mi pasaporte, el impreso y los 2500 bahts. Muy comunistas pero son los únicos de la zona que cobran los visados, le están pillando pronto el gustillo a eso de manejar dinero.  Como era de esperar, debo volver al día siguiente a recogerlo … otro “madrugón”.  Aprovecho el resto del día para buscar un billete de avión. Voy a una agencia que hay junto a la embajada.  Ocho mil y pico bahts ida y vuelta, pero es una oferta única y tengo que pagar enseguida y en metálico.  Como ya conozco cómo funcionan las cosas por estos andurriales, les digo que sí, que muy bien, que ya volveré en otra ocasión para ver si tienen otra “oferta especial”.  Investigo en un par de agencias más con resultados semejantes, si no peores.  Recuerdo haber visto en el Bangkok Post varios anuncios de agencias que ofrecen vuelos a muy buen precio. No me fío un pelo porque sé que es bastante habitual poner anuncios para atraer a los incautos turistas y luego, bajo cualquier pretexto, colocarles otro producto más caro (sucede especialmente en las sastrerías).  Sin embargo no tengo nada que perder y además, si hay truco, los puedo insultar en su idioma.  Una vez en casa, cojo uno de los periódicos que tapizan los muebles y parte del suelo de mi apartamento. Encuentro enseguida el anuncio de “Fly-high”, es el más grande y vistoso de todos, sale cada día y las tarifas que publicita son realmente ventajosas comparadas con las de las agencias que he visitado. Sólo venden por teléfono y el pago se puede hacer con tarjeta o en efectivo, me decanto por la segunda opción.  Siete mil y pico bahts y vuelo con Lufthansa. No lo dudo un momento. Una buena compañía, el precio más económico y además me dan millas en mi cuenta de la Star Alliance, ¿qué más puedo pedir? Bueno … en Tailandia podría pedir algo más, pero no lo hago.  Me preguntan que a qué hora quiero que venga el mensajero a traerme el billete a casa. Obviamente les indico que por la tarde, ya que la mañana la tengo muy ocupada, una excusa que ya es muy recurrente en mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotoblogsaigon1/image000.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente paso a retirar mi pasaporte que ya luce uno de esos visados que te ocupan una página entera y te obligan a renovar el pasaporte después de un par de años de estar viajando.  Le señalo a la amable señorita que me atiende, que en el tablón informativo de la entrada indican que el coste del visado son 1100 baht y yo he pagado 2500.  Tengo un día algo impertinente, pero tengo la prudencia de hacer mi comentario cuando ya tengo mi pasaporte en la mano, no vaya a ser que la comunista reciclada se rebote y me anule el visado.  Si debo creerme su explicación, la diferencia en la cuantía es debido a cuestiones burocráticas (yo más bien diría político-económicas), ya que si quiero pagar 1100 debo tener una carta de invitación que obviamente no puedo conseguir. De este modo, la embajada me invita a cambio de una suma de dinero, en concreto 1400 bahts (28 euros).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Paso la noche sobrio, algo obligado la víspera de un viaje.  No es cuestión de ir bien vestido con uniforme y con cara de resaca yendo cada dos minutos al baño, seamos serios.&lt;br /&gt;Llego al aeropuerto con tiempo.  Paso por todos los trámites habituales, incluido el pago de los 10 euros de tasas aeroportuarias.  Me siento frente a la puerta de embarque. Desde aquí diviso un imponente Airbus 340-600 de Lufthansa, procedente de Frankfurt que hace escala en Bangkok, y que me va a llevar hasta la capital vietnamita. El embarque se efectúa con fluidez. Casi siempre espero a ser el último. Tal vez sea por deformación profesional; nunca he entendido a los que se apresuran, por prisa que se dé uno, el avión no saldrá hasta que no estén todos los pasajeros, y estar haciendo cola 15 minutos, es tontería.  Tengo la tentación de esperar a que me llamen por mi nombre a través de la megafonía, sin embargo, el hecho de ir uniformado me hace desistir.&lt;br /&gt;Una vez a bordo, se cierran las puertas y la nave parte ya hacia la cabecera de la pista.  Una extraña maniobra me hace pensar que algo no va bien. El comandante anuncia que debemos regresar al parking ya que nos hemos dejado un pasajero en tierra.  No lo entiendo. En los años que llevo en aviación nunca me ha sucedido algo parecido. Es una falta grave y supongo que alguna cabeza habrá rodado.  El simple consumo de combustible que supone regresar es considerable.&lt;br /&gt;El breve vuelo transcurre sin incidentes. Una vez en tierra y cuando casi todos los pasajeros han desembarcado, me levanto y me dirijo a la jefa de cabina para pedirle explicaciones. Lógicamente, no sabe ni quién soy ni para quién trabajo, pero la seguridad que debo de desprender hace que me pida excusas. Le manifiesto mi incredulidad ante un hecho semejante. Ella afirma que jamás le había sucedido algo así, a lo que yo respondo que tampoco había yo vivido una situación parecida con anterioridad. Tras una breve charla me pide si necesito algo. “No, nada, muchas gracias” le respondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotoblogsaigon1/image001.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llego de los últimos al control de pasaportes. Las filas son considerables. Ya ha anochecido y estoy algo cansado. Es difícil colarse.  A la izquierda del hall hay un mostrador con apenas dos personas: un comandante y una señora en silla de ruedas.  Es el lugar de paso de las tripulaciones. Haciendo uso, una vez más, de mi inocente mascarada me dirijo hacia allí.  La señora me cede el paso.  La bella agente de inmigración me pregunta si soy piloto australiano. “No, no” le respondo algo nervioso.  Su rostro denota cierta contrariedad.  Se ve que esperaba a un piloto australiano y yo no soy ninguna de las dos cosas.  En estas situaciones, lo mejor es quedarse callado y esperar.  Lo único que me atrevo a decir es: “ground officer” (oficial de tierra). Vuelve a preguntarme: “¿con qué compañía?” Yo entiendo, mejor dicho, quiero entender: con qué compañía he viajado. “Lufthansa” es mi escueta respuesta.  Mi único temor es que ahora aparezca la tripulación del avión con el que he venido, y se produzca una situación algo embarazosa para mí.&lt;br /&gt;Me entrega el pasaporte sellado y salgo como un rayo. No tengo equipaje que recoger y voy directamente hacia la salida.&lt;br /&gt;Hay un pequeño problema. Todavía no sé donde me voy a alojar.  Siempre reservo el hotel cuando viajo, pero en esta ocasión no lo he hecho. Sé, por experiencia, que no hay que buscar hotel en los mostradores del aeropuerto, sin embargo me dirijo hacia el único que hay, el cansancio y el desconocimiento del terreno me empujan a ello.  Empiezo a ojear un catálogo que tienen sobre el mostrador. Los precios distan mucho de los que he visto en internet. Pregunto si hay descuentos para tripulaciones. No lo saben, tienen que llamar a los hoteles.  Nadie hace descuento, y además los hoteles “más económicos” (60-70 dólares USA) están llenos casualmente. El único que dispone de habitaciones libres es el más lujoso de Saigón. Cuesta la friolera de 125 dólares por noche.  Debido a una enajenación mental transitoria (si no, no me lo explico) acepto alojarme en lo que debe de ser un palacio: el Legend Hotel de Saigón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotoblogsaigon1/image034.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me transportan en limusina, ¡qué menos!  Por las ventanillas observo la ciudad que me va a acoger durante varios días.  La escasa iluminación de la urbe no permite divisar gran cosa.  Lo que sí me llama la atención es el constante uso del claxon que hacen los vietnamitas, vayan en el vehículo que vayan.  Llega a ser algo más que irritante.  En apenas 15 minutos ya me encuentro a las puertas del hotel.  Unos botones a la antigua usanza me abren la puerta y me dan la bienvenida. Todo a mi alrededor desprende lujo. Unas señoritas, vestidas con lo que supongo es un traje regional, me esperan a ambos lados de la entrada para hacerme una reverencia, porque otra función no tienen. En la recepción todo es amabilidad y sonrisas.  Curiosamente, en estos días se celebra en el hotel la quincena de la gastronomía española, algo que me llama poderosamente la atención dado que en los países de la zona, cuando dices que eres español, se creen que eso es una profesión extraña.  Valga el dato de que la embajada española de Bangkok cubre todo el sudeste asiático.  España, desde que salió de Filipinas en el siglo XIX, no se ha vuelto a interesar por Asia, al contrario que el resto de naciones europeas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://www.herrpeter.com/Pics200405/fotoblogsaigon1/image010.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalizados los trámites de registro, hago la pregunta fundamental a los recepcionistas: “¿Aquí a qué hora cierran los bares y discotecas?”. “A las 12” responden sin perder la sonrisa.  Me da la impresión de que no me han entendido o han confundido el 12 por el 2.  Repito más despacio la pregunta mientras la angustia empieza a recorrer todo mi cuerpo. Obtengo la misma respuesta.  Quiero creer que estoy teniendo una pesadilla y que me voy a despertar en cualquier momento. ¿Dónde me he metido? ¿Por qué nadie me ha avisado? ¿Qué voy a hacer diez días aquí metido?  Subo con el botones hasta mi habitación, y …  ¡no me despierto de mi pesadilla!  Es cierto. Por si acaso interrogo con aire de complicidad al mozo. “¿Pero aquí la gente qué hace después de las 12? ¿Entiendes lo que te quiero decir?”. “Nada. Se van a casa” responde riendo.  Me niego a creerlo. Es imposible. En ningún país caluroso se va la gente a dormir tan pronto.&lt;br /&gt;Opto por tomarme las cosas con calma. Me doy una ducha y pido que me suban algo para cenar.  Saldré a las 10 y me lanzaré a la aventura; es la única forma de encontrar esos lugares de los que nadie habla pero que existen. Y si no existen los fabrico. ¡A fe que no me voy de aquí sin tomarme un whisky a las cuatro de la mañana en un bar o en la calle y acompañado de una chinita de estas!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111535110839772439?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111535110839772439/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111535110839772439' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111535110839772439'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111535110839772439'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/05/objetivo-saign.html' title='Objetivo: Saigón'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111379757222171270</id><published>2005-04-18T11:12:00.000+07:00</published><updated>2005-04-18T11:12:52.226+07:00</updated><title type='text'>Soy un putero, soy un Señor</title><content type='html'>Regreso con alegría a Bangkok. Atrás quedan los terroristas fundamentalistas, los controles de carretera y mis queridas amigas del “Captain’s Boat” de Songhkla.&lt;br /&gt;Esta noche, para variar, me doy una vuelta por el Nanas, un remanso de paz en medio del bullicio “bangkokiano”, el lugar que mi profesora denomina “mi oficina central” ya que Patpong y soi Cow-Boy son meras sucursales, y me paso más tiempo allí que en cualquier otro sitio.&lt;br /&gt;Parece que durante mi ausencia no ha habido muchos cambios.  La encargada del “Pharaon’s” ya no está. Unas semanas antes ya me había anunciado secretamente que iba a cambiar de bar, ya que le habían ofrecido un puesto similar en un local nuevo en el que ganaría más. Me alegro por ella, llevaba años trabajando en el mismo sitio, aguantando a pesados de diverso pelaje y no era nada agraciada por lo que nunca llegó a tener pretendiente alguno.&lt;br /&gt;Cuando voy al “Pharaon’s” es para calentar motores, avisando a mi hígado de lo que le espera, y meditar en estado todavía sobrio.&lt;br /&gt;Fruto de mis cavilaciones es la conclusión de que soy un “preso alcohólico”. Sí, empiezo a notar el nocivo efecto del uso y abuso del whisky y otras sustancias de prescripción facultativa, pero lo malo del asunto es que la facultad de prescribírmelas me la he dado yo.  Una de las consecuencias de tan malsana práctica es que el apetito desaparece para volver a aparecer en ele momento más inesperado.  Todo esto es parte del reverso de la moneda, sin embargo, mi masoquismo me impide dar marcha atrás, y mis huidas son siempre hacia delante.  ¡Qué más da!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La siguiente etapa se sitúa, como siempre, en el Pretty Lady. Están más o menos las de siempre. Por allí anda Daa, que ya tiene la diplomatura y este año se va sacar la licenciatura … en la carrera de relaciones púbicas obviamente.&lt;br /&gt;Sin apenas darme cuenta ya han pasado por mi hígado un total de nueve copas en lo que llevo de noche, y sólo es la una. Los irritantes neones blancos, esos que muestran la más cruda realidad, se encienden. Es hora de buscar asilo en alguno de los chiringuitos que se instalan, llegada la noche, a lo largo de la calle Sukhumvit.  La venta de alcohol está prohibida después de la una (todavía no entiendo con qué fin) y estos puestecillos, empleando la tapadera de la venta de comida, sirven de muy buen grado todo el alcohol que mis semejantes y yo deseamos.&lt;br /&gt;Suelo comenzar la segunda parte de la noche en el mismo lugar, el “Lucy’s Bar”. De igual modo, suelo sentarme en la misma silla, situada estratégicamente para poder contemplar el desfile más heterogéneo que se puede encontrar en toda la ciudad: putas, puteros, travestís, carteristas, traficantes, turistas, gente normal, etc.&lt;br /&gt;La casualidad quiere que me encuentre a Noy, una camarera que conozco desde hace ya varios años.  Trabajaba en el Rainbow I, un go-go bar del Nanas, pero este año la había echado en falta.  Me dice que ha cambiado de bar, cosa harto frecuente por estos lares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/nongnongsola1.jpg"&gt;&lt;br /&gt;Así era hace unos años&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía recuerdo el día, mejor dicho, la noche en que me la llevé a mi piso.  Por aquel entonces era yo propietario de un bonito e infrautilizado –sólo lo usaba para dormir y ducharme- piso y mis ansias de “acoso y derribo” eran algo desmesuradas, hasta el punto que era imperativo para mí llevarme a la cama alguna mujer, lo que hiciera luego, ya era otro cantar.&lt;br /&gt;Noy no es puta … bueno, tal vez un poquito …  La cuestión es que una noche, por iniciativa suya, se decidió que pasaría la noche en mi casa, rompiendo la regla sagrada de no llevar nunca nadie a casa, no es bueno que sepan dónde vive uno, lo digo por experiencia.&lt;br /&gt;Antes nos fuimos de copeo porque yo, hasta que no estoy cercano al coma etílico (pero sin perder la dignidad), no puedo volver a casa.  Sobre las cinco de la mañana tomamos un taxi hasta mi hogar.  Por una elemental regla de tres, chica que viene a casa, chica que pasa por la “oficina de registro”.  Sin embargo, los caminos del Señor son inescrutables, y ese día, sí, ya era de día, quiso ponerme a prueba.&lt;br /&gt;Subimos juntos hasta mi cuarto. Yo ya me las prometía felices.  Fue cerrar la puerta y quedarse en paños menores, cosa no muy complicada en Tailandia por la poca ropa que se suele llevar.  Claro que, el que se encontró en tal situación fui yo solo. Ella miraba el amanecer desde la terraza de mi cuarto. “Será romántica” pensé.  Me acerqué para hacerle unos arrumacos. Si había que jugar la carta romántica, pues se jugaba, no iba a ser la primera vez.  No me vi muy correspondido y empecé a temer lo peor.  Entró y se fue al baño.  Supuse que, como en otras ocasiones y con otras mujeres, saldría ataviada con una simple toalla.  Mi gozo en un pozo. Salió como entró.  Yo estaba recostado en la cama en posición chulo-playa esperando que cayera rendida a mis pies.  Mientras tanto íbamos charlando de sabe Dios qué, por aquel entonces, mis conocimientos de tailandés ya eran suficientes para conversar pero sin llegar a extralimitarme.&lt;br /&gt;Sorprendentemente comenzó a quitarse algo de ropa. ¿Hasta dónde iba a llegar? Mi alegría duró poco. Apenas se quitó los pantalones y una blusa. Sin embargo, se tumbó boca arriba en la cama, buena señal, interpreté yo.  Me situé a su lado y empecé a recorrer su cuerpo con mis manos, con la esperanza de que su líbido se despertara de algún modo. Fría como un témpano, en cuanto mi mano se aproximaba a una zona “caliente”, saltaba la alarma y sus manos me impedían franquear la frontera que ella había puesto, eso sí, con mucha educación en todo momento.  Llegué a ponerme encima con el propósito de simular una situación que tal vez le apetecería protagonizar. Nada de nada. Mi paciencia llegó al límite, nunca me había encontrado en una situación tan absurda. ¿Para qué había querido venir a mi casa? Me preguntaba yo.  En vista de que el asunto no iba a prosperar tomé una decisión drástica. “Si quieres quedarte aquí, vas a tener que dormir en el suelo” espeté con total tranquilidad.  Pensaba que tal vez, ante tal disyuntiva, accedería a mis perversas intenciones.  Sin pensárselo un momento, se bajó de la cama y se situó junto a la cama.  No contaba yo, en ese momento, en que es muy frecuente y habitual que los tailandeses duerman en el suelo. En muchas casas se duerme sobre una simple esterilla.  Cierto es también que mi cuarto contaba con una mullida moqueta.  Se limitó a pedirme una almohada.&lt;br /&gt;Ya que no iba a conseguir apagar mi fuego interno, por lo menos quería dormir con total comodidad.  Tal vez al despertarnos, su apetito sexual también lo haría.&lt;br /&gt;Dormimos plácidamente durante varias horas. &lt;br /&gt;Pasado el mediodía, tras despertarnos, ella se precipita hacia la ducha. Si bien a esas horas y con media resaca, no estoy muy por la labor, no pierdo la esperanza y pienso que se puede enmendar el fracaso de la noche anterior.  Finalmente, sale cubierta con una simple toalla. Todo parece tomar el rumbo debido.  Pero mis embestidas son hábilmente esquivadas. Desisto. Tengo un día entero por delante y no es cuestión de comenzarlo con mal pie.  Me ducho a mi vez  y juntos nos vamos a la calle. Allí nos despedimos hasta la noche.  &lt;br /&gt;Curiosamente, otras noches, insistió en volver a acompañarme a casa. No sé si porque se arrepintió de no haber hecho nada o porque en mi casa se duerme muy bien, aunque sea por el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/noycuarto.jpg"&gt;&lt;br /&gt;No pasó de allí&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras recordar este episodio de nuestra vida, quedamos en que iré a verla a su nuevo bar.  El paso del tiempo ha hecho mella en su cuerpo y a simple vista, su peso se ha doblado, pero no me importa demasiado; nuestra relación, muy a mi pesar en su tiempo ha quedado en simple amistad.  Obviamente, ni se me pasa por la cabeza volver a llevármela, pero su opinión sobre mí puede influir muy positivamente  sobre ulteriores presas que trabajen con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prosigo mi particular peregrinaje por la calle Sukhumvit, de mesa en mesa, de whisky en whisky.  Los hados parecen hoy decididos a hacerme rememorar el pasado, no sé si para recordarme mis errores o para que sea consciente de una vez, de que rozo la cuarentena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yendo por mi enésimo Johnnie Walker Black Label, cruza por delante de mí una joven que repentinamente detiene su acelerada marcha y vuelve sobre sus pasos. Es Nong Nong. Una bella mujer originaria de la provincia de Trang y mitómana como ella sola.&lt;br /&gt;Hace algo más de tres años vivimos una bonita historia basada en la mentira y el engaño, algo enternecedor.  Jamás he llegado a saber quién es ni a qué se dedica.  Ciertamente, frecuentaba ambientes de prostitución, pero jamás la vi ni siquiera charlar con hombre alguno. Un auténtico misterio.  Nunca me pidió dinero por estar conmigo, entiéndase yacer, sólo un par de euros para el taxi. &lt;br /&gt;La cuestión es que esta noche estoy dispuesto a hacerme el duro. Le digo que ya nos veremos más tarde unas calles más abajo.  Al igual que Noy, ha aumentado de peso a lo ancho, pero no tan exageradamente. Sigue estando de buen ver y supongo que desea reanudar una relación que fue en todo momento tormentosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;IMG SRC="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/nongnongsolaterraza.jpg"&gt;&lt;br /&gt;Tan bella como mentirosa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estando en mi casa realizaba extrañas llamadas de teléfono que no permitía que escuchara.  Llegó a decirme que era policía. Una auténtica paranoica con apariencia de normalidad.  No hubo forma de que me diera un número de teléfono, cosa extraña en las tailandesas “de la noche” que siempre están listas y solícitas en dar su número de contacto.  El colmo fue el día que me marchaba. Me dio dos números de teléfono falsos, y yo llamando como un idota. Pero su belleza me anulaba la razón. Pasaron los años y lo tomé como una lección más de la vida. Y hoy va, y aparece. Afortunadamente el tiempo me ha ido endureciendo considerablemente y me reafirmo cada vez más en mi odio al ser humano en general; sólo te puedes fiar de los animales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasadas un par de horas me dirijo al chiringuito que marca el final de la última etapa. Quedan un par de horas para poder seguir martilleando el hígado.&lt;br /&gt;¡Oh! Sorpresa, allí está ella. Me mira, me observa, pero no se atreve a acercarse. Es consciente de que se portó mal conmigo. Apenas transcurridos diez minutos, ya estamos juntos departiendo sobre el paso del tiempo.  Le recrimino repetidamente la actitud que tuvo para conmigo. No hace más que excusarse, pero sin dar, en ningún momento una justificación válida.  Ahora ya me da igual, ya no siento lo mismo por ella. Es una buena chica que tiene algún problema que no se atreve a contar, cosa también rara en las tailandesas de este tipo que suelen contarte problemas que en realidad no tienen.&lt;br /&gt;Charlamos casi durante dos horas junto a espontáneos y conocidos que se acercan a nuestra de tanto en tanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi hígado da la señal de alerta. Es hora de retirarse. Nong Nong se cree que me va a acompañar. Le dejo bien claro que lo de hace años no volverá a repetirse y para evitarlo, lo mejor es cada uno se vaya por su lado. Quedamos en vernos otra noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi viaje hacia Saigón está próximo y todavía me quedan un par de asuntos que arreglar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111379757222171270?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111379757222171270/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111379757222171270' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111379757222171270'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111379757222171270'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/04/soy-un-putero-soy-un-seor.html' title='Soy un putero, soy un Señor'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111233301838992918</id><published>2005-04-01T12:22:00.000+07:00</published><updated>2005-04-01T12:32:50.516+07:00</updated><title type='text'>¿Meteorismo? No, gracias.</title><content type='html'>Pasan los días y esto cada vez me gusta más.  Si no fuera por los controles militares que se encuentra uno de vez en cuando por la carretera, nadie diría que es una zona bajo estado de sitio, o casi.  La verdad es que los occidentales nos hemos vuelto un tanto remilgados, y en cuanto vemos un par de coches cruzados en el camino, unos M-16, luces azules intermitentes, y hombres con cara de pocos amigos vestidos de militares en traje de campaña, enseguida nos acongojamos.  La situación, lejos de parecerme intimidatoria, me resulta hasta graciosa ... probalemente por los whiskies que llevo encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedan un par de días para volver a mi amada y odiada Ciudad de los ángeles (Bangkok).  Tengo en la agenda un par de asuntos pendientes, curiosamente no están relacionados con las putas ni las sustancias estupefacientes.  Le prometí a la que es mi profesora de tailandés desde hace más de un lustro, que iría a visitar su pueblo, bueno, su “ciudad” como dice ella. Se trata de Patthalung. Sobre el mapa parece que está cerca, pero un mapa engaña más que un trilero: “¿A que parecía que la bolita estaba aquí? Pues no”, con los mapas pasa igual: “¿A que parecía que estaba a media hora en coche? Pues no”.&lt;br /&gt;La cuestión es que cumplo mi promesa y tomo el primer mini-van que me va a llevar hasta Had Yai, la gran ciudad, para luego tomar otro que me llevará hasta mi destino, un pueblo en el que la única gran atracción voy a ser yo mismo.&lt;br /&gt;Dado que mi ritmo de vida es “contra-natura” y la vida para mí empieza a las dos de la tarde, me encuentro con que mis excursiones culturales son bastante frenéticas por falta de tiempo.&lt;br /&gt;Afortunadamente, la espera entre un vehículo y otro no es muy larga. Me siento en la “parada”, un patio sin cemento ni asfalto, y voy dando pequeños sorbos a la botella de agua que siempre me acompaña mientras hay sol.  Las miradas de los que me rodean no son muy disimuladas.  Supongo que por sus cabezas circula una pregunta del estilo: “¿Para qué coño quiere ir este blanco, que habla thai, a Patthalung?”  De pronto me viene a la memoria un comentario de Paco “el sevillano”, un amigo algo particular y, digo yo, algo paranoico. “Shiquillo, ¿sabes que ahora hay agentes de la CIA, la Interpol, la DEA y otros grupos que trabajan aquí por lo de Al-Qaeda, y tienen permiso del gobierno tailandés para detener y llevarse gente? Y los thais lo saben y cuando ven un blanco se pueden mosquear”, me dijo poco antes de que iniciara mi viaje hacia el sur. Todo un detalle por su parte, así sí que me voy con ganas a conocer a los musulmanes tailandeses del sur profundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/IMG_1781.jpg" alt="Example" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quiero volverme paranoico, pero lo cierto es que los turistas occidentales brillan por su ausencia y los occidentales que por allí pululan, nadie sabe muy bien de dónde vienen ni a dónde van, y ellos se cuidan mucho de divulgarlo o simplemente mienten como yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo en el momento en que uno de los hombres que por allí circulan nos da la señal para que montemos en la camioneta, empiezo a sentir una extraña sensación en el vientre. Es el último vehículo que puedo tomar, no puedo salir más tarde, no me va a dar tiempo para completar la excursión.  A modo de sardinas en lata, encajamos todos. Los asiáticos son pequeños, y, como es lógico lo hacen todo a su medida ... también los asientos.  Nadie habla.  Sólo mis intestinos se pronuncian con una cadencia cada vez mayor.  Una mínima expulsión de gases en ese ambiente cerrado herméticamente puede resultar fatal. “Además de espía de la CIA, pedorrero” pueden llegar a pensar, con la imaginable reacción posterior. Eso sí que se podría considerar un ataque con armas químicas, y si me descuido, puedo acabar en una cuneta perdido en la selva.&lt;br /&gt;Según dicen, deberíamos de tardar poco más de una hora, pero apenas han pasado quince minutos y la sensación es de que esto nunca va a llegar a su destino.  Recibo nuevas señales. No son gases.  El apuro se torna en dolor. No puedo hacer nada. Me veo incapaz de decirle al conductor que pare un momento, y para más inri, estoy encajonado al fondo del vehículo.  Esto es una auténtica pesadilla. No soy creyente, sin embargo invoco a todos los dioses que he ido conociendo en mi vida y hago promesas de lo más variado.  Sólo una ayuda divina puede sacarme del aprieto.  Por momentos la tormenta amaina, pero no por mucho tiempo. Cada vez que veo algunos edificios en la lejanía, creo que estamos llegando, pero no. Sudo, sudo mucho, pero nadie se percata de nada, un blanco sudando es lo más normal del mundo.&lt;br /&gt;Cuando las primeras lágrimas están a punto de aflorar, veo una tenue luz al fondo del túnel que representa mi agonía. Las paradas son cada vez más frecuentes y los pasajeros van bajando. No sé dónde descender, y tras haber aguantado una larga hora, un par de minutos más no cambiarán nada.  Fin de trayecto, me indican. Me incorporo lentamente, y al bajar inspiro profundamente.  El pueblo está en plena ebullición. Son las tres de la tarde, niños y niñas salen de los colegios. No paso desapercibido para nadie, no por mi aspecto, sino por el simple hecho de ser blanco.  Busco con la mirada algún bar, restaurante o establecimiento similar. Nada. Los españoles estamos muy mal acostumbrados ya que en nuestro país, a menos de 200 metros de donde estemos siempre hay algún local de restauración.  Empiezo a desesperar, más si cabe.  Veo un grupo de moto-taxis, ahí está la solución.  Me monto en uno y sin negociar tarifa le indico que me lleve al bar más próximo. He perdido la lucidez y sigo creyendo que eso es España. Me acerca aun chiringuito de bebidas pensando que me estoy deshidratando. “No, no, llévame a un restaurante” espeto casi con malos modos. El chaval no sale de su asombro, no sabe si hace tres días que no como o padezco de bulimia.  En apenas dos minutos llegamos a un sitio con apariencia de restaurante.  Está aparentemente cerrado, pero al estar al aire libre, entro como un rayo y pregunto por los baños.  Una mujer con cara de asombro me dice: “Ahí atrás”. Llego a una construcción similar a una chabola, hay dos puertas, abro la primera y me encuentro con un cuarto con lleno de trastos, me precipito hacia la segunda. Está oscuro, pero por la luz que entra por la especie de tejado entreveo lo que allí hay: uno de esos odiosos retretes, tan típicos en Asia, que no son más que un agujero en el suelo.  Prometí un día que nunca los usaría, más que nada por la dificultad que veía en su utilización para las aguas mayores, pero la circunstancia no me da otra opción. No me lo pienso dos veces y cuando ya es demasiado tarde, me percato que no hay papel, y creo que nunca lo ha habido.  Ya todo me da igual, me siento relajado y eso es lo que cuenta.  En cambio de cisterna hay un depósito lleno de agua y un cazo.  De la mejor manera que puedo me las apaño para salir bien limpito.  Salgo con cara de satisfacción y le doy a la mujer 5 bahts que ella rechaza, yo insisto, ella no sabe el favor que me ha hecho. Llego hasta la moto que me está esperando. Ahora entiende a qué venían tantas prisas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/IMG_1777.jpg" alt="Example" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Alguien ha probado a ponerse en cuclillas con la horma del pie totalmente plana sobre el suelo sin caerse hacia atrás?  ¿Verdad que resulta imposible? Pues para los asiáticos no. Por eso es habitual verlos horas en esa posición sin que lleguen a cansarse.  Y supongo que de allí vendrá su afición por esos retretes tan particulares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo menos de dos horas para ver el pueblo. Hago las visitas de rigor, templos, paisajes naturales llamativos, etc. Le pregunto a mi guía ocasional por las putas. Me dice que no hay. Le digo que no me lo creo ni borracho. “Bueno, de noche, en la zona de los karaokes, hay algunas chicas” me confiesa. De acuerdo, con eso me vale, ya le puedo decir que en su pueblo también hay putas por mucho que ella insistiera que era un lugar casto y puro libre de estas perversiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya son las cinco, hora de tomar el camino de vuelta.  El regreso es muy placentero, cualquier momento en mi vida ha sido más placentero que el viaje hasta Patthalung.  Voy echando cabezaditas, porque a mí el sueño me entra siempre cuando no toca, es decir a media tarde, pero nunca a la hora de ir a dormir.&lt;br /&gt;Llego a Had Yai cuando ya ha anochecido. Aprovecho para conocer un poco más la ciudad y buscar algún hotel para una próxima visita.  Empiezo por los más lujosos y conocidos. Piden unos 30 euros, muy caro para lo que yo sé que se puede encontrar por allí.  No tardo en dar con hoteles que ofrecen habitaciones por unos 10 o 15 euros, claro que me llama la atención que hay muchas parejas que llegan sin maletas; vamos, que si me descuido, puedo pasar una semana sin salir de la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras continúo mi “excursión hotelera” recibo una llamada en el móvil. No conozco el número y tiene un prefijo que para mí ignoto. Casi nadie tiene mi número tailandés y la situación me intriga. Puede que simplemente se hayan equivocado... Descuelgo. Es Paco el sevillano, el que me había animado advirtiéndome de la animadversión creciente de los sureños por los occidentales.  Está en la frontera malaya por no sé que asunto, a un par de horas de Had Yai.  Me anuncia su inminente llegada, y quiere quedar para tomar algo.  Estupendo, hace ya tiempo que no hablo español y tengo ganas de soltar un par de “coño, joder, mecagonlahostia, etc.” y que me entiendan.  Nos citamos frente al Pink Lady para tomar el primer whiskito viendo a las niñas que allí cantan y bailan.&lt;br /&gt;Paco frecuenta con cierta asiduidad la ciudad. Me dejo llevar por él. Vamos a un par de bares en los que hay música en directo. Están muy bien, pero cuando estoy en Tailandia, se me altera la líbido y no puedo con una mano en el whisky y la otra sobre la mesa. Mi compañero tiene otro carácter y disfruta escuchando la música y charlando con amigos que desconozco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/IMG_1730.jpg" alt="Example" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la tercera copa me desmarco. Pido excusas y me despido hasta una próxima ocasión. La verdad es que Paco me conoce bien y sabe que soy un putero irredimible. Mis amigas me esperan en Songkhla. Llamo un taxi y en apenas media hora ya estoy en el Captain’s Boat junto a mis niñas. Hoy les ha dado por jugar al billar. Hace años que no toco ese tipo de bolas, pero dado que para tocar unas bolas, primero hay que jugar con otras, pues nada, a jugar se ha dicho.  Me gusta especialmente cuando se inclinan para lanzar y yo me acerco arrimándome por detrás para aconsejar el modo de obtener un tiro certero, eso sin tener la menor idea de semejante deporte, sí, lo llaman deporte, nunca lo he entendido.  De vez en cuando, ante mi ineptitud suelto un “me cago en la puta”, consciente de que no es el lugar más adecuado para tal expresión, pero no importa, no me entienden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/IMG_1731.jpg" alt="Example" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta noche he decido apuntar disimuladamente en un papel los whiskies que me bebo, me da la impresión de que me cobran alguno de más. Pronto me percato de que mi sospechas son infundadas, incluso me llegan a cobrar alguno de menos... cosas de alcohólicos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta noche nos visitan un par de italianos que viven por estos parajes. Como siempre sucede en estos casos, no llego a saber el motivo concreto de la elección de un pueblo en el culo del mundo para fijar una residencia. Los dos están casados con tailandesas y me cuentan sus cuitas domésticas, esto me refuerza en mi convencimiento de que no contraeré matrimonio hasta pasados los sesenta, por lo menos.  De repente, uno de ellos desaparece. Entre miradas complices de unos y de otros comprendo que ha subido al piso de arriba, ha ascendido a los cielos, aunque para el clero, eso es más bien bajar a los infiernos.  Sé que en España los cuernos son harto frecuentes, sin embargo el caso de Tailandia va más allá, las niñas nacen ya con cuernos.&lt;br /&gt;Pasada media hora, el italiano y la puta regresan con cara de satisfacción, el por haber eyaculado, ella por haber cobrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/fotos/IMG_1553.jpg" alt="tualekmamasan" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi alcoholímetro interno me indica que es hora de regresar al hotel. Ha sido un día muy duro y mañana regreso a Bangkok para reencontrarme con mis otras amigas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me despido muy atentamente de todas ellas y los prometo una nueva visita, aunque supongo que a la velocidad que cambian las cosas en el mundo de la prostitución, pocas o ninguna de ellas estarán allí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111233301838992918?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111233301838992918/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111233301838992918' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111233301838992918'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111233301838992918'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/04/meteorismo-no-gracias_111233301838992918.html' title='¿Meteorismo? No, gracias.'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-111043279337115310</id><published>2005-03-10T12:26:00.000+07:00</published><updated>2005-03-10T12:33:13.390+07:00</updated><title type='text'>Neverland</title><content type='html'>Hoy he decido amanecer pronto.  Quiero hacer cosas bajo el sol y no bajo la luna.  Tampoco me gustan los excesos, el despertador suena a la una. Un despertador horrible que canta como un gallo antes de que lo vayan a degollar.  Me acompaña a todos lados y me da pena tirarlo, pero no lo soporto.&lt;br /&gt;Tras lograr una verticalidad aceptable, me tomo mi dosis habitual de “vitaminas” para ponerme en marcha. Abro la cristalera que da a mi terraza y salgo a disfrutar de la vista. Son los únicos cinco minutos que empleo en compensar la diferencia de tarifa entre habitaciones con vista al mar y las que son con vista a la ciudad.  Pero hoy es diferente. Generalmente, sólo se oyen las olas del mar, sin embargo lo que oigo es un bullicio de voces agudas.  Me asomo y sin que los ojos se hayan acostumbrado todavía a la luz diurna, distingo, desde la séptima planta, hordas de seres diminutos que van y vienen por todas partes sobre la playa y el paseo paralelo.  Son niños y niñas en cantidad ingente.  Recuerdo en ese momento, que hoy es el Día del niño en Tailandia. En este país, por extraño que pueda parecer, se siente auténtico respeto y casi veneración por los niños.  Como muestra, valga decir que en los transportes públicos, es costumbre y casi obligación ceder los asientos a niños y ancianos.  &lt;br /&gt;Detrás de unos árboles, entreveo lo que parece ser un escenario del que sale una atronadora música, atronadora para mí a esas horas, claro.&lt;br /&gt;Decido vestirme para ir a ver ese espectáculo de cerca.  Bajo hasta la planta baja y algo por la parte posterior, donde se encuentra la piscina.  Me sorprende ver un tumulto de niños cerca del área reservada a los clientes del hotel. No hay barrera de separación entre el paseo que bordea la playa y la piscina, y los niños se van agolpando y, por ende, van entrando sin querer hasta la zona de hamacas. ¿Qué sucede? ¿Qué les atrae tanto? Me giro y veo a una imponente rubia occidental, claro, que luce sin rubor alguno, un minúsculo tanga, algo que aquí pasaría desapercibido. Pero estamos en Tailandia, y en un país donde la gente común se baña con pantalones largos y camiseta de manga larga, contemplar un espectáculo semejante, es algo que se recuerda toda la vida.  Aprovecho para hacerles un par de fotos a sus atónitas caras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://idd005n0.en.eresmas.net/ima/picsblog/dekdekpool.jpg" alt="dekdekpool" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dirijo hasta el lugar donde está situado el escenario y demás chiringuitos que lo rodean.  Tardo apenas dos minutos y ya estoy cual Michael Jackson paseando por su rancho Neverland. Niños y más niños. Globos, nubes de azúcar, cometas, pelotas y demás cachivaches propios de la infancia.  En el escenario se suceden grupos de niños y niñas que cantan o bailan, o hacen las dos cosas.  Me sitúo al lado del escenario para verlo todo bien y tomar fotografías. Un grupo de niñas, en cuanto ven la cámara, me solicita que les haga fotos. Yo encantado se las hago y se las muestro. Se rían y se van, ya les toca salir a bailar. Bailes “modernos”, bailes regionales, y bailes inclasificables. &lt;br /&gt;Tanto pre-púber me agota. Sigo paseando bordeando la playa hasta llegar a una zona más retirada en la que me encuentro a una familia musulmana haciendo pic-nic.  Intento hacer un par de fotos disimuladamente, que con esta gente nunca se sabe e igual se mosquea.  Para sorpresa mía, la chica más joven me sonríe, respondo igualmente con una sonrisa, pero para prevenir una mala interpretación del padre o del hermano mayor, opto por cambiar de paisaje.&lt;br /&gt;Mientras voy caminando, planeo lo que va a ser esta jornada que va a ser más larga de lo habitual, para algo me he levantado “pronto”.  Tengo que hacer alguna visita cultural, que las putas y el whisky están muy bien, pero cuando me pregunten qué he visto en Songkhla, quiero tener alguna referencia cultural para salir del apuro.  La oferta no es muy amplia, pero entre lo que aparece en un folleto que había en mi habitación, escojo un templo que hay sobre una colina en la que campan a sus anchas varias familias de monos.  La vista es preciosa, pero mi degenerada mente goza con otras vistas. Aprovecho, ya que estoy, para respirar aire puro, tomar un poco el sol y desintoxicarme en la medida de lo posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://idd005n0.en.eresmas.net/ima/picsblog/Songkhlaview1b.jpg" alt="songkhlaview" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedan tres horas para que se ponga el sol.  Tras mis deberes culturales cumplidos, me merezco una recompensa.  Bajando la colina voy rumiando en qué va a consistir mi premio auto-otorgado. No tardo en encontrar la respuesta.  Un buen masaje especial, y para eso hay que ir hasta la gran ciudad: Had Yai.&lt;br /&gt;Paro al primer moto-taxi que veo pasar. Me llevar a comprar el Bangkok Post, quiero enterarme de cómo va la guerrilla que va matando a diestro y siniestro por las provincias en las que me estoy moviendo. De camino le pregunto al chaval cuánto me puede costar ir hasta Had Yai. Me responde, algo dubitativo, que unos 350 bahts (5 Eur). No me fío y espero llegar hasta la parada de los “mini-vans” y los, llamémosles, taxis. Los “vans” cuestan 21 bahts (40 céntimos) y tardan algo más de media hora.  Voy hasta los taxis y les entro directamente en thai callejero. 180 bahts ( 3 Eur y pico) y menos de media hora de recorrido. Tiro la casa por la ventana y me monto en uno de esos destartalados trastos.&lt;br /&gt;Se confirma una vez más el triste hecho de que en Asia es inútil preguntar nada porque siempre te responderán algo, aunque no sea cierto o no tengan ni idea, y si la pregunta requiere una contestación afirmativa o negativa, siempre será afirmativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con anterioridad me he informado de dónde puedo encontrar lo que estoy buscando.  Mi destino es el Lee Gardens Plaza, un gran edificio en pleno centro comercial de la ciudad.  Allí pego un bocado en un japonés y me lanzo a la calle a explorar. Lo primero es un buen masaje para los pies que van a recorrer todas las calles posibles. Me meto en el primer saloncillo al que me invita entrar una bella señorita. El que me da el masaje es un chaval que acabo de despertar por el aspecto que tiene.  Más que masaje, me da la impresión de que se está liando a hostias con mis pies. Pasado el tiempo debo reconocer  que su masaje se va perfeccionando. Molidos ya mis pies me hace levantar y me hace adoptar unas extrañas posturas, me levanta, me suelta, oigo todos mis huesos crujir. Le digo: “OK, OK, thank you”. Pero él insiste. Le dejo terminar hasta que se canse. Afortunadamente no tarda demasiado.  Me han dado una paliza por 4 euros. Vaya negocio.&lt;br /&gt;Paseo por las calles principales ya algo me llama la atención. Muchas tiendas venden abiertamente porras eléctricas (prohibidas allí), radios para interceptar la policía, y ... toda suerte de vibradores y demás artilugios sexuales(prohibida su venta allí), allí junto a las radios y demás artículos que nada tienen que ver.  Una de las mujeres que los venden me dice: “very good, very good”. Le pregunto que cómo lo sabe, que si lo ha probado. Me da la callada por respuesta.  Prosigo mi paseo por tan peculiar mercadillo hasta que considero que ya es hora de visitar el lupanar más conocido de la ciudad: el Pink Lady Complex. El nombre ya es sugerente de por sí, da aire de grandeza.  Tardo menos de cinco minutos en encontrar este parque temático del sexo heterosexual. Al fondo de un callejón unos grandes neones, de color rosa obviamente, indican al pecador qué camino le va a conducir hacia la redención.  Unas escaleras me llevan hasta la entrada. Tres amables jovencitas de muy buen ver me dan la bienvenida. Me invitan a pasar al salón más cercano. Les indico que no, que antes quiero hacer una visita a todo el complejo. Por un lado hay un bar-restaurante, con espectáculo continuo de señoritas que cantan, bueno... exagero, intentan cantar y bailar, para ser escogidas por alguno de los que andamos por allí.  No sé si se prostituyen, pero seguro que si les pagas, tienes derecho al acceso carnal.  En el mismo piso hay un inmenso salón de Karaoke, donde los clientes aspirantes a cantante se vengan de las que han salido al escenario, y se ponen ellos a cantar a su vez.  Yo quiero oír música celestial y para eso hay que subir un piso. “Ahí están, ahí están, viendo pasar el tiempo.... las putas de Had Yai” canto por mis adentros.&lt;br /&gt;Un enorme escaparate se presenta frente a mí.  ¿Recuerdan cuando en el Precio Justo, Joaquín Prat, le decía a la voz en off “Primitivo, preséntanos el escaparate”?  Pues eso mismo le digo yo al risueño hombrecillo que me recibe. No me entiende, como es lógico, pero me da igual.  Frente a mí se encuentran unas 30 señoritas dispuestas a compartir conmigo las próximas dos horas.  Todas tienen cara de hiena, no por carroñeras sino porque tienen marcada en el rostro una sonrisa más falsa que un euro de madera. &lt;br /&gt;Me siento en una mesa alta junto a mi cicerone, y pido un té Lipton.  En Tailandia hay que decir esta marca para que te sirvan un té de bolsita, de lo contrario te traen té chino, que no me disgusta, pero apenas tiene sabor.&lt;br /&gt;Las hetairas van perdiendo esa sonrisa de plástico y vuelven a sus quehaceres, ya sea hacer ganchillo, ver la tele o leer una revista. Ahora que ya han adoptado una pose normal, es hora de decidir.  No tengo intención de pasarme la tarde frente al escaparate como un niño frente a una pastelería.  El proxeneta me va haciendo sugerencias, pero por experiencia, no le hago ni caso. “La 22, quiero la número 22” espeto. Todos los que me rodean respiran aliviados, para ellos ha sido como un parto.  Silencio absoluto y tras mi decisión, suspiros de alivio, risas, comentarios, etc.  Paso por caja, pago religiosamente los 1500 bahts (30 eur) que me dan derecho a retozar durante dos horas, y me voy hasta un ascensor junto a mi acompañante ocasional.  Subimos un par de pisos hasta llegar a la planta en que va a tener lugar el encuentro interracial. Nos cruzamos con las sufridas señoras recoge-condones y una pareja que, ella con cara de alivio y él con cara de satisfacción, toman el ascensor que hemos dejado libre.  La habitación está al final del pasillo, vamos charlando de cosas totalmente intrascendentes, los dos nos conocemos el guión de memoria. Una vez en al habitación, no tardo en despojarme de la poca ropa que llevo mientras ella prepara el baño en una super-mega bañera.  Tiene 24 años, se llama Poen y es de Nakhon Sawan (Ciudad Paraíso), la cosa promete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://idd005n0.en.eresmas.net/ima/picsblog/pinkladypuuying.jpg" alt="puuyingpinklady" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enciende la televisión y busca un canal en concreto, el canal porno.  Veo que está decidida a ponerme a tono desde el primer minuto.  Cojo el mando y miro otras cadenas ante su sorpresa.  “Ya haré yo la película”, pienso.  Tomo un agua de la nevera y me tumbo en la cama mientras la miro hacer espuma en la bañera.  “Ya está, ya puedes venir” me dice.  El primero en entrar soy yo. El agua está caliente, bastante caliente. Los pies se van acostumbrando, pero cuando me agacho y mis gónadas tocan las superficie del agua, pego un bote y pido que se eche más agua fría de inmediato. Bastan un par de minutos para que mi cuerpo entero pueda sumergirse sin sobresaltos.  Ella se coloca como sólo saben colocarse las profesionales tailandesas.  Me va bañando como a un niño y yo me dejo hacer como tal, pero una vez más, mis manos adquieren autonomía y no se portan como las de un niño. &lt;br /&gt;Tras haberme frotado con su mano hasta lo más recóndito de mi cuerpo, me invita a ponerme de pie para quitarme el jabón que pueda quedar sobre mi piel.  La cosa está ya a punto de ebullición, y no ha pasado ni una hora.  Me tumbo boca abajo sobre la cama y le pido que me haga un masajito en la espalda, que llevo una vida muy estresada.  No tardo en darme la vuelta.  Me agarra el “Bollycao” como si no hubiera merendado en varios días.  No me pregunta si tengo condones y me da uno que tiene ella.  Pero el suyo es asiático y yo no lo soy.  Aquello parece un preservativo para un Geyperman, pero yo ya he perdido cualquier atisbo de raciocinio y me empecino en colocármelo.  Tras arduos intentos logro que se desenrolle hasta la mitad. No puedo más, lo dejo así, a pesar de que me está estrangulando la cabeza (no la que tengo sobre los hombros), pero me da igual. Tengo otro condón, tamaño occidental, en la cartera, pero estoy metido en faena y no puedo salir del ruedo.  Por aquí, por allí, por acullá y como no es mi novia ni tengo ningún deber con ella, al margen del contractual, termino en cuanto me da la gana.  Afortunadamente, estoy en Tailandia y nadie tiene prisa por marcharse, cosa que aprovecho para hacer unas instantáneas.  Ahora toca otra una duchita y luego a la cama a descansar tras el esfuerzo.  Otro masajito, un poco de manicura, y ya me doy por servido. Dejo 20 bahts por el agua y otros 20 para la señora encargada de rematar mis espermatozoides.  Me despido amablemente de todos los empleados del puticlub quienes esperan un pronta visita por mi parte.  Algo cansado llamo un taxi para que me lleve de vuelta a Songkhla, al hotel, todavía tengo que cenar y Tua Lek, Micky Mouse y las otras chicas tienen ya en la nevera el Sprite fresquito para  esta noche.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-111043279337115310?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/111043279337115310/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=111043279337115310' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111043279337115310'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/111043279337115310'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/03/neverland.html' title='Neverland'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110982553211615706</id><published>2005-03-03T11:46:00.000+07:00</published><updated>2005-03-03T11:52:12.126+07:00</updated><title type='text'>Un turista, un tesoro</title><content type='html'>De un tiempo a esta parte, los turistas, en especial occidentales, son un bien escaso en las provincias del sur.  Mi presencia en Songkhla, como ya he comentado, no pasa desapercibida, sobre todo entre la gente aficionada a vivir la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi primera noche es de exploración, como en todos los lugares que visito. Pero “Songkhla la nuit” no tiene mucho que explorar.  Tras mi precalentamiento en el pub irlandés, mi destino es la zona conocida como “the dark side” (el lado oscuro).  Media docena de bares en la misma manzana de la calle Sadao, todos contiguos, componen este peculiar lugar de tan sugerente nombre.  El primero que se encuentra uno, viniendo desde la costa, es “The Office” (la oficina), bautizado así el día que alguna pobre mujer despechada descubrió que cuando su marido le decía: “Cariño, lo siento, me han tenido muy liado en la oficina”, no era precisamente en su puesto de trabajo donde había surgido el contratiempo.  Otro de los bares es el “Captain’s Cabin”, lugar donde decido fijar mi base de operaciones nocturnas. Este bar no lo escojo por casualidad. Uno de los extranjeros que ha tenido a bien aconsejarme para que mi estancia en el pueblo sea más llevadera, me ha indicado que el mejor bar, de ese estilo, es uno en el que hay una chica muy pequeña ... de constitución, que es muy simpática y siempre está dispuesta a hacer la noche agradable a los clientes, no necesariamente pasando por la cama.  No tardo en ver de quién habla. Cuando todavía no he llegado a la puerta del local, ya puedo oír una vocecita que me invita a entrar.  Como es costumbre ya en mí, juego en un principio al turista despistado que no tiene ni idea de tailandés. Intento hacerle hablar en inglés pero le cuesta. Disfruto de mi entretenimiento malicioso, tiene la obligación de atenderme pero no sabe qué decirme.  Termino la broma rápidamente. Su semblante cambia por completo.  En su carita se esboza una sonrisa que refleja más tranquilidad y comodidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/tualekyim.jpg" alt="tualekyim" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar es francamente extraño. No parece en absoluto un “puticlub” al uso. Una mesa de billar, otra de ping-pong, grandes banderas que parecen iraquíes (sabe Alá por qué) colgadas de las paredes, un televisor, algunas mesas y sillas, y un atronador equipo de música que escupe por sus altavoces música thai la mayor parte del tiempo.  Hay un par de clientes más sentados en la barra que no parecen en absoluto turistas y que no tienen aspecto de querer entablar conversación alguna, en todo caso conmigo.  Cumplo sus supuestos deseos, además yo también estoy cansado de los mismo diálogos: de dónde eres, qué haces por aquí, etc.  Me centro en lo que me interesa: las féminas. Hay unas cuatro o cinco chicas, que al igual que el local, no parecen dedicarse a la prostitución, de entrada.  Son, más bien, señoritas de compañía. La verdad es que la diferencia es sutil pero importante.  Las putas te quieren llevar a la cama lo antes posible, las señoritas de compañía se dedican a eso, a hacerte compañía.  Me sorprende igualmente que en ningún momento me piden que las invite a una copa.  Me siento confuso. ¿Me habré equivocado de local?&lt;br /&gt;Los whiskies van cayendo uno detrás de otro al módico precio de 90 bahts, menos de dos euros.  Los efluvios del alcohol me ayudan, una vez más, a despejar mis dudas.  Son putas sólo si les propones que se prostituyan, si no, se conforman con que estés consumiendo en el local.&lt;br /&gt;A medida que pasa la noche me voy desinhibiendo y voy tomando confianza, con lo que ello comporta, es decir, las manos reivindican su autonomía y se van a pasear solas atraídas como imanes por los cuerpos femeninos.  Es la prueba del algodón. Ya voy discerniendo cuál es puta y cuál es mera comparsa.  “Tua lek” (cuerpo pequeño) es mi favorita. Es la que me ha atendido a mi llegada. Poco más de 1,50 de estatura, y un auténtico nervio. No para de ir de un lado a otro. Es divertida. Charla con todo el que se acerca por allí. Investigo a “Micky Mouse”, otra de las doncellas que por allí andan.  Lleva una camiseta con un dibujo del conocido ratón, y como nunca recuerdo los nombres la bautizo con ese nombre.  Intento tocarle las orejas al bicho, pero mis amagos siempre terminan en fracaso.  Es pariente de la dueña del extraño bar, y está por allí por estar o por no estar en otro sitio, sabe Dios, la cuestión es que ésta no es “oficialmente” puta. De hecho no le auguro un gran futuro en esta profesión por lo recatada que parece.&lt;br /&gt;Por allí anda una mucho más descarada, que no maleducada.  No recuerdo siquiera si le pregunto cómo se llama.  Lo interesante es que no le importa demasiado que me entretenga a ratos con su cuerpo.&lt;br /&gt;Va transcurriendo la noche y mi embriaguez es ya notoria.  Estoy sentado en la única mesa que hay en le exterior. Veo pasar los pocos viandantes que por allí deambulan. Algunos son occidentales más borrachos que yo, si cabe.  Su aspecto es el de hombres que lo han perdido todo y han venido a perderse en “el culo del mundo”, pero todo son puras elucubraciones mías fruto de la mezcla de alcohol y alprazolam.&lt;br /&gt;Lega la una. Todo se apaga. La orden del gobierno de cerrar a esa hora se cumple a rajatabla en todo el país... ¿Todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles sureños tailandeses resiste todavía y siempre al gobierno central.  Sólo tengo que esperar un par de minutos para volver a escuchar música y tener algo de luz.&lt;br /&gt;Entre las tinieblas en que está sumergida la calle, veo llegar un extraño vehículo. A medida que se va acercando descubro que se trata de un vendedor de calamares secos.  Son miles en toda Tailandia.  Llevan una bicicleta que arrastra un puestecillo del que cuelgan calamares secos, uno de los aperitivos favoritos de los thais antes de que Pepsico los destierre para implantar sus Cheetos, Lays, y demás ambrosías en aras de la globalización.  El “calamarero” (bonito neologismo) se sienta con las chicas y conmigo.  Ellas no tardan en tomar al asalto el triciclo. Descuelgan los calamares que les parecen más apetitosos y le piden al sufrido hombre que se los preparen. El proceso es sencillo, pero siempre mejor que lo haga un experto. En primer lugar han de pasar por una prensa de rodillos para que queden finos como una hoja de papel, a continuación se ponen en una rejilla que se deposita sobre un cubilete que contiene brasas para calentarlos y tostarlos.  Terminada la operación, ya se pueden trocear como si de hojas de papel se tratara; algunos lo complementan con salsa picante.  A pesar de los años que llevo circulando por el país, jamás he podido compartir esta tan expandida afición por el cefalópodo disecado y prensado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/plaamuk.jpg" alt="plaamuk" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por si éramos pocos llega un moto-taxista.  Entre todos, me van informando sobre diversos aspectos de la región, lugares de interés, actividades de los extranjeros que viven por aquí, etc. etc. &lt;br /&gt;Pasan un par de horas y las putillas van desapareciendo. Están cansadas, pero no sé de qué, porque de trabajar no será.  Para sorpresa mía, veo cómo se van acomodando sobre una especie de edredones sobre el suelo del propio local.  La razón es bien sencilla. En sus cuartos del primer piso no disponen de aire acondicionado, en cambio el bareto cuenta con un potente equipo capaz de dejarlas congeladas si se descuidan.  Tua Lek se coloca pegada a la cristalera que da a la calle, justo detrás de donde estamos sentados los insomnes.  De vez en cuando me permito incordiarla dando golpecitos o disparando el flash de mi cámara junto a su cara.  Con su carácter nunca llega a enfadarse.  De vez en cuando aparece, como un zombi, alguna de ellas a visitarnos.  Allí estamos cuatro colgados: un vendedor de calamares, un moto-taxista, alguna espontánea y yo, una reunión de lo más peculiar en la que, sin embargo, se habla de temas que son inherentes al ser humano y por tanto universales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/tualekflash.jpg" alt="tualekflash" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con cierto asombro por mi parte, me siguen pidiendo si quiero beber algo más en cuanto ven que mi copa está a punto de terminarse. ¿Es que no cierra nunca esta gente?  Me da la impresión casi de que molesto, de que desean que me vaya para poder. Pero por otra parte supongo que si quisieran cerrar me dirían que a tal o cual hora se cierra.  Estoy de acuerdo en que hay que tratar bien a los clientes, pero más que cliente me siento casi el dueño.  Le pregunto a una de las chicas al respecto, y confirma mis sospechas: cerrarán cuando yo me haya ido, es decir que yo decido la hora de cierre del local. ¡Asombroso! No saben con quién han dado. A mí, el sueño me entra cuando veo las primeras luces del alba.  He encontrado el lugar que buscaba: chicas, buen clima, tranquilidad y sin hora de cierre.  Luego me preguntan por qué paso tanto tiempo en Tailandia.&lt;br /&gt;Sobre las cinco de la mañana, la tasa de alcohol en sangre supera con creces lo permitido por ley para conducir.  Pero no pasa nada, allí está el moto-taxista esperándome par llevarme al hotel por algo menos de un euro.&lt;br /&gt;Pido la cuenta que no asciende ni a 20 euros tras haber bebido durante cinco horas.  Me despido de la somnolienta camarera y anuncio mi visita para el día siguiente, bueno... ese mismo día.&lt;br /&gt;Le indico al de la moto que quiero pasar por un seven-eleven para comprar un par de cosas para picar antes de pasar de los brazos de Baco a los de Morfeo.  A duras penas me mantengo sobre la moto. ¡Para moto la que llevo yo encima!&lt;br /&gt;Llego a la tienda y entro disimulando la cogorza, pero no hay nada más triste que un borracho disimulando su estado de embriaguez.  No me llevo por delante las estanterías porque el local está iluminado por unos potentes neones que dan la sensación de que son las doce del mediodía. Compro compulsivamente toda suerte de chocolatinas y aperitivos y además un par de frascos de Brand’s, un liquido muy popular en Asia que según reza en el envase, se trata de concentrado de pollo.  Nunca he sabido a qué se referían con lo de “concentrado de pollo”. ¿Meten a los pollos en una prensa y les sacan hasta la última gota? No sé, no tengo ni idea.  Su sabor podría asemejarse al de un caldo concentrado y su color es casi negro.  Según dicen es muy alimenticio y da energía, lo primero vale, lo segundo, seguro que no.&lt;br /&gt;Pago mi compra, que parece la de un niño que acaba de cobrar la paga semanal, y me monto en la moto cargado con mis bolsas.  Llego al hotel ante la mirada atónita del personal que ya se ha levantado o que no ha ido a dormir todavía.  El turismo que allí se aloja es más bien familiar o cultural. Por sus caras, adivino que no están muy acostumbrados a ver llegar clientes borrachos a las seis de la mañana.  Arriba me espera mi amplia cama.  Hay que estar descansados, que la excursión por el sur acaba de empezar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110982553211615706?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110982553211615706/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110982553211615706' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110982553211615706'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110982553211615706'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/03/un-turista-un-tesoro.html' title='Un turista, un tesoro'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110921961393620257</id><published>2005-02-24T11:32:00.000+07:00</published><updated>2005-03-01T09:57:22.073+07:00</updated><title type='text'>El sur: un día, un muerto</title><content type='html'>Nos queremos, nos odiamos, nos divertimos, nos enfadamos, Bangkok y yo mantenemos esta relación propia de amantes desde hace algo más de tres lustros.  También, al igual que sucede con muchas parejas, nos conviene separarnos cada cierto tiempo, para luego reencontrarnos y seguir amándonos.&lt;br /&gt;Desde hace tiempo tengo pendiente una visita al sur del país.  Los recientes acontecimientos trágicos, atentados y consiguiente represión policial y militar, hacen que la zona me resulte todavía más atractiva.  Por otra parte, mi profesora de tailandés es originaria de una de las provincias sureñas y tras largas charlas sobre usos y costumbres regionales –especialmente la influencia del islamismo-, me ha picado la curiosidad por tan peculiar parte del país que clama por su independencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardo en conectarme a internet y comprar un billete de ida y vuelta con una de las nuevas compañías de bajo coste que han nacido el pasado año. Por apenas 40 euros ya tengo el transporte, sólo me falta el alojamiento.  Echo un vistazo por un par de páginas web y tomo nota del nombre de un par de hoteles; seguro que negociando cara a cara me resultará más barato que contratando la tarifa más barata de internet.  La práctica ausencia de turistas en una zona eminentemente turística me hace presagiar que mi excursión resultará bastante económica.  No hay nada más cobarde que un turista, en cuanto sucede algo anómalo en una zona, dejan de aparecer turistas en varios centenares de kilómetros a la redonda, algo que nunca he entendido. Lo cierto es que hace un par de semanas murió un turista malayo, pero fue una casualidad, simplemente se encontraba en el lugar equivocado en un momento equivocado cuando hizo explosión el coche-bomba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Destino: Had Yai.  Preparo mi maleta de mano, mi ordenador, me enfundo el uniforme y me voy al aeropuerto.  Vuelvo a gozar de esos pequeños privilegios que da viajar uniformado.  No se si recuerdan la película “Catch me if you can” (“Atrápame si puedes” creo que se tituló en España) con Leonardo di Caprio y Tom Hanks. Pues bien, cada vez que hago “uso indebido” del que fuera mi uniforme, me siento como el protagonista.  Por regla general, me dan mejores asientos, y, dentro de las posibilidades, dejan el de mi lado libre para así disponer de más, aunque sin duda, la ventaja más significativa es el descuento en los “duty free” (tiendas libres de impuestos) que me llegan a suponer un ahorro considerable dada la cantidad de tabaco y perfume que compro.  Ciertas cafeterías también tienen la deferencia de rebajarnos los abusivos precios a los que no vamos vestidos de civil.  &lt;br /&gt;Ya en la puerta de embarque termino mi consumición y me apresto a subir a bordo.&lt;br /&gt;Me han colocado en la salida de emergencia. Habrán supuesto que llegada la eventualidad, seré la persona idónea y reaccionaré de la manera más adecuada ante una situación de peligro que requiera una rápida actuación. Ilusos. No saben de mi escepticismo sobre las medidas de salvamento en las catástrofes aéreas.&lt;br /&gt;De fondo suena el “Last Christmas” de Wham, parece que todos los “programadores de música de aviones” del mundo se ponen de acuerdo, estés donde estés y vueles con quien vueles, la música es la misma, y mira que hay canciones dedicadas a la Navidad, pero esta, no falla.&lt;br /&gt;A bordo del 737-400 sólo veo otro blanco, es significativo: dos entre 160, está claro que no me voy a encontrar con muchos turistas.&lt;br /&gt;En menos de dos horas llego al aeropuerto de Had Yai, pero mi destino final es Songhkla, una zona costera y turística que dista unos 50 kilómetros.  Ante el desconocimiento que tengo de la zona opto por el transporte más directo, y caro.  Un cómodo y amplio Mercedes me llevará a mi hotel por 10 euros que en España no es nada, pero aquí en Tailandia es una cantidad considerable para un taxi.&lt;br /&gt;Nada más salir del aeropuerto ya me apercibo del “hecho diferencial”, los velos y las mezquitas me indican que, si bien sigo en el reino de Siam, ésta es una región muy distinta a las demás.  Me llama la atención la presencia de un par de Boings 747 en un aeropuerto relativamente pequeño, además hay mucha gente por los alrededores que parece que está acampada. La curiosidad me puede y le pregunto al conductor: “¿Y toda esta gente, qué hace?”. “Son peregrinos que van a la Meca” me responde. De ahí la presencia de los Jumbos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/uniform.jpg" alt="uniform" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mar no tarda en aparecer en la lejanía. Se confunde con un lago o marisma que sirve de refugio a una importante cantidad de especies ornitológicas.  Los visitantes normales, no los que son puteros como yo, vienen por estos parajes a observar pájaros. Yo me he especializado en las pájaras y en especial, en las nocturnas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya estamos en Samila Beach, al norte de Songkhla. Aquí se encuentra mi hotel, el BP.&lt;br /&gt;Ni corto ni perezoso, tras haberme colocado bien la corbata, me dirijo a la recepción y pregunto por las tarifas especiales para personal de aviación.  Una señorita muy amable me da toda una serie de explicaciones sobre tarifas en tailandés. Dejo que acabe para preguntarle: “Bueno, pero al final ¿cuánto tengo que pagar?”. La respuesta es mejor de lo esperado. Apenas 22 euros en un hotel de cuatro estrellas. Una amplia habitación en el último piso, con balcón frente al mar y cuarto de baño con gran bañera, ducha a parte, secador y numerosos jaboncillos, champús, peines, cepillos de dientes y toda una serie de artículos destinados a ser sustraídos en días sucesivos.  El desayuno está incluido, cosa que poco me importa, ya que rara vez he estado despierto y sobrio como para poder disfrutarlo.&lt;br /&gt;Mi aspecto e indumentaria hacen que no pase desapercibido para nadie, y si añadimos el hecho de que hablo el idioma del país, me hago con todo el personal del hotel, en especial de las mujeres de la limpieza, tan sorprendidas por mi pendiente y mi pelo color platino como por las horas a las que me levanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son las cinco pasadas de la tarde y apenas he comido nada.  Tengo que prepararme para mi primera incursión en la vida nocturna de la localidad y mi cuerpo necesita algo sólido que absorba el whisky. Me voy hasta la cafetería del hotel. Soy el único cliente. Los camareros se hacen los remolones cuando ven a un extranjero. Temen no entenderlo. Cuando los llamo en su propio idioma, se puede ver de forma notoria en su rostro una sensación de alivio. Pido una sopa, un sándwich y un zumo de sandía.  Tras una espera injustificada y por la que no pedí explicación –ya son muchos años enTailandia-, llega el zumo y el sándwich, de la sopa nunca más se supo, tampoco quedó reflejada en la cuenta, obviamente. Tampoco pedí explicación alguna consciente de que en los países del sudeste asiático es inútil preguntar, a menos que uno sea aficionado a la exasperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subo a mi habitación a echarme la siesta “pre-marcha”. La única cadena de televisión que me interesa, TV5 francesa, no se oye bien, y yo soy muy maniático y si no tengo mi cadena favorita no puedo descansar. ¿Por qué? Una vez más habrá que remitirse a mi psiquiatra. La cuestión es que empiezo una lucha que durará un par de días. Desfilarán por mi habitación desde el botones hasta varios hombres de azul, pasando por las mujeres de limpieza, siempre omnipresentes.  La solución llegará dos días después, tras reiteradas y un tanto airadas quejas que no llegan a ser entendidas muy bien por quienes las reciben, algo bastante comprensible. ¿A quién se le ocurre viajar hasta el sur de Tailandia para ver una cadena de televisión en concreto entre una oferta de más de 20? ¡Pues a mí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace unas horas que se ha puesto el sol. Mi “melatonina inversa” me indica que es hora de salir.  Antes de viajar a la provincia, al igual que hago en otras ocasiones, me informo a través de internet o de gente que ya ha estado, sobre la vida nocturna.  Por lo que sé a priori, la diversión nocturna queda reducida a dos calles. La realidad es que, efectivamente, hay dos calles con bares, pero éstos no son más de una decena. Es algo comprensible ya que el turismo que se acerca por estos lares, no es precisamente un turismo de hábitos nocturnos.&lt;br /&gt;Sobre las diez de la noche salgo del hotel ante la mirada algo sorprendida del personal que todavía trabaja a esa hora.  Me voy hasta la entrada del complejo turístico. Hay un par de guardias. La calle está desierta. Les indico mi intención de desplazarme hasta la supuesta zona de “marcha”. Uno de ellos se ofrece a llevarme, esperando, como es lógico, una propina a cambio.  No recuerdo muy bien el nombre de las calles, pero allí no hay perdida. En un par de minutos ya estamos enfilando una calle que en la lejanía muestra esas lucecitas tan características en Tailandia que indican que allí hay alcohol y mujeres. Pasamos por delante y las chicas no tardan en saludarme e invitarme a que me quede, pero un cierto pudor me impulsa a indicarle a mi motorista que siga adelante. Le sugiero que me enseñe todos los bares que hay, cosa que hace en minuto y medio.  Prefiero seguir la exploración a pie. Le doy 20 bahts al moto-taxi ocasional y emprendo mi paseo, corto, pero paseo al fin y al cabo.&lt;br /&gt;Por internet había leído algo sobre un pub irlandés, el Buzz Stop. Lo busco, sin embargo no veo nada parecido a los pubs irlandeses que conozco.  No tardo en ver un cartel con el nombre mencionado. No es un pub... o sí. Más bien se trata de un diminuto local, con una diminuta barra y una gran pantalla de televisión. Hay un par de blancos que no tienen aspecto de turistas. Me decido a entrar. Me atienden un par de amables camareras. “Tú eres el piloto ¿verdad?” me dice una de ellas. Me doy cuenta de que estoy en un pueblo muy pequeño. “Sí, sí” le respondo. No quiero ponerme a dar explicaciones sobre las diversas profesiones que hay dentro de la aviación. Soy consciente que para el común de los mortales, en aviación hay pilotos y azafatas, y punto.  Pido, sin más dilación, el primer Black Label de la noche.  Los occidentales que circulan por allí no son turistas, cosa que me alegra ya que podrán informarme sobre todo lo que me interesa saber de la zona. Descubro que es una zona petrolífera importante y gran parte de los blancos que allí residen, están relacionados con esta industria.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img src="http://humano.ya.com/herrpeterasta/tualekblog.jpg" alt="tualek" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo único irlandés del “pub” son el dueño y varios cuadros colgados en las paredes.  Casi todos los que están allí tienen ya compañía femenina.  Yo voy a lo que voy. Le pregunto a mi compañero de barra dónde puedo encontrar “amigas” para pasar la noche.  Tal y como me imaginaba, el único lugar donde puedo encontrar compañía ocasional es en los bares de la otra calle, allí por donde había pasado en un primer lugar con la moto.  Sin perder un minuto me encamino hacia lo que llaman “the dark side” (el lado oscuro). Allí me esperan varias chicas que me harán compañía en los días venideros.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110921961393620257?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110921961393620257/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110921961393620257' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110921961393620257'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110921961393620257'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/02/el-sur-un-da-un-muerto.html' title='El sur: un día, un muerto'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110712098481929514</id><published>2005-01-31T04:32:00.000+07:00</published><updated>2005-02-27T02:50:59.333+07:00</updated><title type='text'>Bangkok o el jardín de la lujuria</title><content type='html'>Rumbo al norte.  Regreso a Bangkok. Atrás dejo Bali con sus putas de tercera regional.  Llego sobre las 21:30, a tiempo para dejar las maletas en casa y salir hacia el Nanas para ver a mis amigas favoritas.  Caen un par de whiskies mientras miro un partido de la Premier inglesa, nunca me ha interesado el fútbol pero tal vez a base de estas sesiones forzosas de tan rudo deporte, se me acabe despertando la afición...  Con los primeros gramos de alcohol en sangre, ya me siento con fuerzas para entrar en el Pretty Lady.  Las chicas que me conocen, jóvenes y alegres como siempre, me reciben calurosamente pero guardando las distancias, conscientes de mi costumbre de sacar las manos a pasear al mínimo descuido.  Me inquieren sobre mi ausencia prolongada, parece que tienen un elenco de clientes habituales y cada día pasan lista.  El uniforme de la noche es una minifalda blanca que en muchos casos más parece un cinturón ancho.  Una rosa me es ofrecida por una puta amiga o, mejor dicho, una amiga puta.  Craso error el suyo, no es atisba ni a imaginar el destino que le voy a dar a tan sugerente flor de grande y firme capullo.  &lt;br /&gt;Me siento en mi lugar habitual, la barra donde bailan, quedando mi cabeza un poco por debajo de sus rodillas.  Según la altura de la joven, alcanzo con mayor o menor esfuerzo a tocarle el culo para sorpresa suya, ya que pocos son los clientes tan descarados como yo.  Pero esa noche tengo una ayuda: la rosa.  Bien instalado en mi lugar, y con mi whisky en la mano, comienzo a darle a la flor una finalidad para la que no fue creada.  Empiezo a levantar todas las minifaldas que tengo a mi alcance para investigar qué se oculta debajo. En los casos en que me es posible, llevo el capullo hasta la zona más íntima de la bailarina, dando ésta un saltito de sorpresa y poniendo cara de incredulidad ante mi desvergüenza.  Cuando la zona en la que me encuentro se convierte en tierra yerma debido a mis ocurrencias, decido abandonar el juego hasta que nuevas e incautas señoritas, desconocedoras de mis extrañas aficiones, se aproximen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como suele ser habitual en mí, si no estoy ocupado en otros menesteres, me entretengo observando a los clientes de tan peculiares locales que suelen aglutinar un número considerable de “freaks”, extraños seres salidos de no se sabe dónde.  Esta noche hay dos que destacan sobre los demás.  Como he comentado en otras ocasiones, el Pretty Lady se caracteriza por tener las barras de espejo, lo que permite, inclinando la cabeza y mirando la superficie de éstas, ver lo que se oculta debajo de las minifaldas de las bailarinas.  Pues bien, esta noche veo un hombre cincuentón que lleva gran parte de la noche inclinado sobre la barra. En un primer momento no me sorprende porque somos muchos los que lo hacemos.  El caso me intriga a medida que pasa el tiempo, continúa en la misma posición a pesar de que se le acercan señoritas a conversar con él. “Esto si es vicio y lo demás son tonterías” pienso mientras no pierdo detalle de sus movimientos.  La llamada de la naturaleza le hace levantarse para ir al baño. ¡Dios! ¡Sigue encorvado! Lo suyo no es vicio, es deformación. No sé si la chepa es anterior o posterior a la instalación de los espejos en el bar. Sólo confío en no acabar así algún día por encorvarme demasiado para ver el secreto más ocultos de las heteras danzantes.  Quedó bautizado por mí como "El jorobado de Nôtre Puticlub".&lt;br /&gt;En el lado opuesto a mi asiento se ha instalado otro ser peculiar, peculiar por varios motivos.  Hace rato que lo observo y una extraña sonrisa perenne se dibuja en su rostro. Gracias a tan magnífica sonrisa, todos podemos saber que tiene un solo diente, cosa que obviamente no le acompleja en absoluto. Es el vivo retrato del “risitas” de Jesús Quintero y además putero como éste. Pasan los minutos y no ha cerrado la boca un instante.  No pienso marcharme hasta que no la cierre.  Las personas de sonrisa eterna no son normales, nadie sonríe siempre, pero en todo caso desprenden alegría, cosa que se refleja por la cantidad y la actitud de las mozuelas que se le acercan. Poco les importa que tenga un solo diente, la cuestión es que no tenga sólo un billete en el bolsillo. Pasada una media hora, se despide... con una sonrisa, como no podía ser de otra forma.&lt;br /&gt;Quedan pocos minutos para cerrar el bar. Apuro la copa y me quemo los labios con hielo a base de sorber con fuerza, como un alcohólico en ciernes.  Todo es cuestión de tiempo.&lt;br /&gt;Termino la noche en la calle, la puta calle, junto a docenas de otros aficionados al alcohol y las mujeres. Falta poco para que salga el sol. Me molesta llegar a casa cuando éste ya ha salido. Me apresuro, apuro la copa y me vuelvo a quemar unos labios casi anestesiados.  Llego a casa y pongo en marcha todo los preparativos par evitar, o por lo menos minimizar, los efectos de la resaca. RU-21, una pastilla de vitamina B, el Alka-Seltzer para el día siguiente. Todo parece en su sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me levanto sin demasiado esfuerzo, dentro de lo que cabe, y planeo el día, o más bien lo que queda de él.  La lectura de las crónicas de Torbe durante su viaje por Tailandia me ha traído a la memoria cosas que no recordaba por obvias en mi vida cotidiana en Bangkok.  Hace años que no voy a un salón de masajes “especiales”. Sí, éstos puestos de moda por las televisiones españolas al hablar de la explotación sexual de la mujer en Tailandia, éstos en los que las mujeres están sentadas en unas gradas detrás de un cristal.  Hoy es el día de hacer un viaje al pasado y recordar cómo son esos lugares únicos en el mundo.&lt;br /&gt;Los mejores cuentan con una oferta muy amplia que puede llegar a contar con 200 o más mujeres. Están divididas por grupos, según la especialidad.  Cada local tiene en nómina a uno o más empleados destinados a orientar al cliente en su elección, aunque su consejo no siempre es el mejor.  Lo más conveniente es sentarse tranquilamente en alguna de las mesas que suele haber frente al cristal, pedir alguna bebida y observar a las mujeres una  vez han terminado de hacer monerías para llamar la atención del cliente potencial.  De este modo también se puede ver a las recién llegadas y, probablemente, recién usadas.&lt;br /&gt;Los mejores locales están algo lejos de casa, y si tomo un taxi, el precio de la mujer puede llegar a doblarse.&lt;br /&gt;Un amigo me ha comentado que en la zona de Patpong existe un local de este género con unas tarifas bastante razonables.  Conozco la zona y no tardo en dar con él. Antes de llegar a la puerta ya me asalta uno de los típicos pesados que jalonan las calles de este área turística para que acudas a sus locales. No le hago demasiado caso y entro directamente. Allí se me presenta un hombre todo sonrisa, me da la bienvenida y me muestra lo que tiene a disposición del público en ese momento. La verdad es que no es gran cosa, apenas una docena de mujeres sentadas tras el cristal.  La mayoría, me da la impresión, de que son coetáneas mías, cosa que no es de mi gusto en absoluto. Hablamos del precio. Quiere 2000 bahts. Demasiado. Le digo, en tailandés, que se deje de rollos, que no soy un turista y quiero precio de tailandés. La cosa queda en 1800, podría haber apretado más, pero la naturaleza me pedía un acople inmediato.  Sólo me falta elegir a la afortunada. Sin más rodeos le digo que me indique la más joven. Me señala una que está sentada en las últimas filas, no tiene mal aspecto y parece simpática. En pocos segundos estamos de camino a la habitación. El lugar parece bastante pulcro, cosa que es siempre de agradecer, sobre todo tras mi experiencia en Bali.  La manceba comienza a preparar el baño en la mega bañera que ocupa un rincón de la pequeña habitación. Pedimos algo para beber. Después de marcharse el camarero empieza a desvestirse para, a continuación, ponerse una toalla alrededor del cuerpo, bien esculpido, por cierto.  La escaneo mientras bebo un té.  Mantenemos una conversación de lo más intrascendente, como es habitual en estos casos.  Mientras sigue fluyendo en agua, se ofrece a darme un masaje. ¡Estupendo! Hace demasiado tiempo que voy con putas baratas de calle que no saben hacer otra cosa que follar y en la mayoría de casos, mal.  El baño está listo. Me invita a sumergirme para hacerlo ella seguidamente.  Me trata como a un niño pequeño, me va lavando poco a poco empleando diversos jabones. Aprovecho que tengo las manos libres para recorrer su anatomía. Entre bromas y jugueteos pasa media hora. Ya estoy bien limpito. Salgo de la bañera y creo congelarme. El aire acondicionado está al máximo (típico en Tailandia) y no hay forma de apagarlo.  Será cuestión de entrar rápido en calor. Me tumbo sobre la cama tapado con una toalla. Se pone junto a mi lado y empieza a masajearme de nuevo, pero está vez se centra en el Faro de Alejandría. Me alegra saber que mis capacidades sexuales no han disminuido, y por ende, puedo achacar mis últimos fracasos a la excesiva ingesta de alcohol.  Toma un frasco de aceite corporal y vierte un poco sobre la zona a trabajar.  Si bien, el alcahuete que me la había propuesto había asegurado la cópula, ésta no tiene lugar. Estoy muy a gusto mientras ella maneja la vara de mando.  Prefiero seguir tumbado y moverme lo menos posible. Mis manos se pasean por sus turgentes senos, que, curiosamente son de tamaño superior a la media tailandesa, más bien baja.  Un sexo pequeño y sin vello apenas. Por momentos pienso que se puede tratar de un travesti por la excelencia mamaria, pero un concienzudo examen ginecológico lo descarta, al margen de que este tipo de locales no alberga, que yo sepa, transexuales.  Comienzan los primeros estertores. No, no me voy a morir. Voy a eyacular. Libre de prisiones de látex, me dejo llevar por la madre naturaleza acompañado de la gentil doncella que me atiende rítmicamente con gran sabiduría.  Una vez repuesto, una ducha rápida, unos sorbos de agua, y ya vestidos ambos, salimos sonrientes de la habitación: ella por haber cobrado, yo por haber pasado un buen rato.  Llegados a la recepción, nos despedimos amablemente. Ella vuelve a su escaparate y yo me voy a cenar algo.  Todo el personal de la mancebía me saluda estentóreamente con el ánimo de que mi visita no sea la última.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llego a casa tras saciar mi apetito con algo de sushi con abundante wasabi. Una siesta se impone antes de la obligada escapada nocturna.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110712098481929514?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110712098481929514/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110712098481929514' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110712098481929514'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110712098481929514'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/01/bangkok-o-el-jardn-de-la-lujuria.html' title='Bangkok o el jardín de la lujuria'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110625641226855489</id><published>2005-01-21T04:23:00.000+07:00</published><updated>2005-01-21T04:26:52.270+07:00</updated><title type='text'>Padre, he pecado</title><content type='html'>La noche anterior había acabado en maliciosas risas.  Al salir del “Double six”, y tras pasear un rato por la playa, me dirigí a la zona donde se encuentran los taxis. La oferta era ya escasa. Los pocos que quedaban, conscientes del hecho, pedían cantidades que triplican lo habitual. Después de mandar a un par de ellos a tomar por culo, hablando claro y pronto, me vi en la tesitura de aceptar el abuso o recorrer varios kilómetros a pie.&lt;br /&gt;En vista de que mi actitud era firme, uno de los abusones aceptó, para sorpresa mía, la cantidad que yo había fijado. Respiré aliviado y me monté en el taxi. Recorrido menos de un kilómetro, pasada una curva, el vehículo se detuvo.  El aturdimiento que me invade a esas horas me impidió darme cuenta de lo que sucedía. El hombre se bajó apresuradamente del taxi y caminó unos cuantos metros hasta recoger algo que no llegué a identificar en un primer momento.  Al acercarse hasta mi posición me percaté de que llevaba una rueda en la mano.  No entendía nada. Me abrió la puerta y me invitó a descender.  Fue entonces cuando solté la primera carcajada. En la curva habíamos perdido una rueda que nos había adelantado en el camino. El taxista se puso a buscar por los alrededores las tuercas que hasta hacía momento sujetaban, más bien que mal, la rueda. Por mis adentros pensaba: “Eso te pasa por cabrón y abusón. Dios te ha castigado por querer cobrarme demasiado”.&lt;br /&gt;No tardó en pasar otro taxi que muy amablemente mi llevó hasta el hotel por la cantidad que marcaba el taxímetro: menos de lo que le habría pagado al que no pasó la ITV.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pasado año no había visitado Denpasar, la capital de la isla. Hoy era un buen día, llovía un poco y no se podía tomar el sol. Salí del hotel y tomé el primer taxi (con taxímetro) que vi.  Le expliqué por encima el recorrido que quería hacer: grandes almacenes, tiendas, mercados, etc. Son mis lugares predilectos cuando hago turismo. Más que templos, museos y monumentos, me gusta ver qué compra la gente, qué hace por la calle.&lt;br /&gt;Matahari es el Corte Inglés balines por excelencia, bueno, mejor dicho, las Galerías Preciados, ya que la decoración, los uniformes de los empleados y los productos allí vendidos, nos remontan unas cuantas décadas en el tiempo. Sólo falta ver aparecer a la familia Alcántara haciendo las compras para completar la escena.&lt;br /&gt;Llego en taxi bajo una fina lluvia. Le digo al taxista que me espere una media hora, no creo que tarde mucho en recorrer las cuatro plantas con las que cuenta.&lt;br /&gt;Me detengo un momento en la sección de ropa, hay algunas prendas que no están y decido probármelas.  Para sorpresa mía no se me acerca ninguno de los empleados que por allí rondan. Charlan entre ellos, hacen cuentas, colocan género, pero ni caso a los potenciales clientes, cosa rara en este tipo de establecimientos y más raro todavía en Asia, donde, en cuanto ven un occidental se lanzan a por él para que se gaste lo que no está escrito. Me pruebo una chaqueta, luego otra, las miro las manoseo, me las llevo hasta un espejo para ver qué tal me sienta, y durante todo este trasiego, una vocecilla malvada, (que curiosamente se parece a la de Torbe) me dice: “Llévatela, llévatela”. Yo nunca he robado ropa, la chaqueta no me hace realmente falta, es decir, no hay motivo aparente para que cometa este pequeño hurto.  Pero hoy tengo un día raro, y cuado tengo un día de estos suelo cometer algún acto de carácter negativo. Además me lo están poniendo en bandeja.  Con toda la tranquilidad del mundo, me pongo la que mejor me queda. Como ayuda complementaria se da el hecho de que la etiqueta está por dentro, así que cuando me la pongo y la cierro nadie puede advertir que no he pasado por caja.&lt;br /&gt;La adrenalina está al máximo, así como mis pulsaciones. Sigo caminando entre los expositores mirando otras prendas para ver si alguien sigue mis movimientos. Parezco invisible. Tomo un pasillo que me lleva hasta las escaleras mecánicas que me conducen hasta el piso superior, no quiero desaparecer a toda prisa. Una vez echado un vistazo a los productos allí expuestos, viene la parte más complicada: llegar a la planta baja y salir a la calle con el fruto de mi tropelía. Con aparente tranquilidad voy bajando piso a piso mirando a mi alrededor.  Ya veo la luz de la calle. No hay ningún tipo de detector y todos los que por allí andan parecen ocupados en sus cosas. Pongo un pie en el exterior, busco nerviosamente a mi taxista que no tarda en aparecer. “¡Oh you buy jacket! How much?” me dice. Medio balbuceando le digo: “Yes, yes, where is the taxi?” Camino algo acelerado y no respondo a su segunda pregunta, no sé por qué, podría haberle dicho cualquier cantidad, pero mi mala conciencia me hace callar. Llegamos hasta el vehículo, hace calor y la chaqueta sobra. Cuando ya hemos recorrido varios metros, me la quito y le digo el precio, 125 mil rupias. Me siento feliz, enormemente feliz por haber sido malo. La historia con la puta me ha trastornado, está claro.&lt;br /&gt;¡Padre, he pecado! Como penitencia el Señor (Johnnie Walker) me impone, como penitencia, una noche sin alcohol. No importa, purgaré mi pena la víspera de mi viaje de retorno a Bangkok&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prosigo mi visita por la capital desplazándome hasta Robinson’s, otros grandes almacenes.  Tengo algo de hambre, y al contrario que los típicos turistas que habitualmente quieren probar la comida autóctona, entro en el Mc Donald’s de la planta baja. Allí me doy cuenta del poder unificador de la hamburguesa. Traspasa fronteras, ideologías y religiones, todos acudimos a comer lo mismo, seamos de donde seamos. Constato igualmente que en algunos países no ha desaparecido el tamaño pequeño de las bebidas y patatas fritas. ¿Por qué en España, por ejemplo hay tamaño mediano y grande y no pequeño? ¿Nos quieren engordar cebándonos con estos alimentos con algún fin oculto? Sabe Dios.&lt;br /&gt;Una vez saciado mi apetito, me voy un rato hasta el supermercado a curiosear un poco.  El aspecto es bastante deplorable, se percibe, viendo las estanterías, que Indonesia no ha salido todavía de la crisis económica que azotó el sudeste asiático en 1997. la mayoría de productos son de producción nacional. Se me ocurre comprar un par de cosas para tener en la nevera de mi habitación.  Cojo un pack de seis pequeños tetrabricks de Ovaltine (batido de chocolate) y... ¡Ah! ¡Horror! Decenas de mini cucarachas corren en estampida en todas direcciones. Repuesto de la impresión, deposito muy despacio el paquete en su lugar para que no se reproduzca una nueva carrera de cucarachas.  Veo un par de empleadas charlando y pienso contarles lo que me ha sucedido, pero entre la barrera idiomática y la utilidad que presupongo va a tener mi queja, me abstengo.  Sigo paseándome por los pasillos del peculiar supermercado. Ya tengo claro que no voy a comprar nada que tenga que llevarme a la boca, sin embargo llego a la sección donde se encuentran los Cheetos (otra de mis debilidades). Con cierta precaución, cojo un par de bolsas, no pasa nada, no hay ningún movimiento sospechoso. Me investigar los sabores de estos aperitivos en cada país.  Pepsi co., la compañía fabricante, adapta sus productos a los gustos de los nativos, lógico.  Lo curioso es que en ocasiones, sólo cambian el nombre del sabor, pero no el sabor en sí.&lt;br /&gt;A la salida veo una farmacia, un auténtico “Toys R Us” para mí.  Siempre que visito un nuevo país indago sobre qué productos son de venta libre.  Pido alguna benzodiacepina, pero para mi desgracia, allí también se dispensan sólo por prescripción médica. Busco una alternativa y pregunto sobre algún medicamento que induzca al sueño.  Me dan Homochlorcyclizina, un anti-histamínico que no tardo en probar. La verdad es que en una persona normal, tal vez tenga algún efecto, pero en mí, no noto gran cosa. Pero siempre es bueno conocer cosas nuevas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de regresar al hotel, le digo al taxista que me lleve hasta “The Mall”, otro establecimiento del tipo pero que me reserva una grata sorpresa. A sus puertas se ha instalado un gran escenario por el que no tardan en desfilar futuras promesas indonesias del espectáculo. Es el Asia-Junior. Las madres hacen largas colas para inscribir a sus hijas e hijos vestidos y maquillados como putas y maricones respectivamente.  Los hay de todas las edades, desde los que apenas pueden sujetar un micrófono hasta los que ya estarían dispuestos a usar el micrófono para otros fines que el original. Paso un buen rato viendo a esos progenitores nerviosos tomando fotos cuando sus retoños aparecen en escena. Soy el único blanco, y por tanto, blanco de más de una mirada. Es curioso ver a mujeres portando el velo musulmán acompañando a sus hijas con escasa y ceñida ropa, me parece paradójico. &lt;br /&gt;Terminada mi sesión fotográfica y aburrido por la monotonía de espectáculo me adentro en la mega tienda. Vuelve a ser un viaje en el tiempo. Ya me encuentro de nuevo en 1970. Escalera arriba, escalera abajo, me llama la atención una especie de supermercado con cachivaches de todo tipo.  Se trata de una tienda de “todo a 10.000 rupias” (un euro aproximadamente). Paquetes de pilas, transformadores, carcasas para móviles, relojes, herramientas multiuso, juguetes y multitud de objetos que hacen las delicias de compradores compulsivos.  Me fijo en que la mayoría están fabricados en China y, por supuesto, no pasarían ni la más mínima prueba de seguridad en un país civilizado.  Es el lugar ideal para comprar juguetes para los hijos de nuestros enemigos. A los diez minutos el niño se ha electrocutado o se ha tragado la mitad de las piezas después de haber eliminado la pintura a lengüetazos.  Un lugar genial, sin duda. Salgo de ahí con un montón de pilas, un transformador portátil, y lo mejor de todo: una super-raqueta de tenis para electrocutar insectos volantes de todo tipo, siempre había querido tener una.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya anochece y es hora de regresar al hotel para cenar algo, echar una siesta, y seguir con la noche balinesa, que ya empiezo a controlar, en cierto modo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de las doce salgo a la calle. Tras haber caminado unos pocos metros, no tarda en aparecer el típico pesado de turno. “Do you want young girls?” me pregunta. Esta vez no me resisto y le espeto en claro castellano: “No. Busco a tu puta abuela. No te jode. Que te den”. No me entiende, afortunadamente, pero percibe un cierto tono de enfado, propio del que bebe cada noche y todavía no se ha tomado la primera copa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bali, un gran lugar para la diversión, si dejamos de lado el sexo con las nativas.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110625641226855489?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110625641226855489/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110625641226855489' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110625641226855489'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110625641226855489'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/01/padre-he-pecado.html' title='Padre, he pecado'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110557332061663429</id><published>2005-01-13T06:40:00.000+07:00</published><updated>2005-01-13T06:42:00.616+07:00</updated><title type='text'>Un masaje, dos masajes, tres masajes</title><content type='html'>El tremendo fracaso con la puta de la piscifactoría (por su olor, no por su trabajo), me hace encaminar mis irreprimibles impulsos hedonistas hacia otras direcciones.  Pienso que es mejor dejar las relaciones carnales para el lugar dónde alcanzan su máxima expresión: Tailandia.&lt;br /&gt;“Deo gratias”, encuentro el placer en muchas cosas, desde la ingesta de un miligramo de alprazolam hasta quedarme ligeramente dormido, en una sala bien acondicionada, viendo una película coreana con subtítulos en tailandés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La oferta en Bali es bastante amplia, aunque en lo referente al séptimo arte, la cosa anda mal.  En Denpasar hay un par de salas cinematográficas que con sólo verlas desde el exterior, invitan a la retirada.  Para estrenos de última hora se puede acudir a alguno de los muchos bares con pantalla grande que hay en la isla; si bien la calidad de la imagen deja bastante que desear.  Éste es también otro placer que conviene dejar para Tailandia que cuenta con numerosas y espectaculares salas de cine, además, la solemnidad de ponerse en pie mientras suena el himno de la monarquía mientras se proyecta un “videoclip” del rey, no tiene precio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de mis debilidades es acudir diariamente a un salón de masajes “terapéuticos” de reflexología, algo de lo sólo puedo disfrutar en Asia, ya que en occidente es un lujo al alcance de pocos.  Sí, muchos me dirán que en España hay lugares que por X te masajean bien, pero yo hablo de dos horas de masaje por seis euros, al margen de que el ambiente de los salones de masaje en España es más bien clínico, parece que estás en la consulta del médico. Aquí, en Asia, es todo lo contrario, estás como en casa tumbadito sobre un colchón cómodamente.&lt;br /&gt;Siempre he dudado de la efectividad médica de esta práctica, de lo que no dudo es del placer que produce.  En un par de ocasiones, ante el dolor en determinadas zonas de la planta del pie, el o la masajista de turno me da un diagnóstico.  Coinciden a menudo. Sólo que me indican dolencias que no tengo.  Por otra parte pienso que es lógico que coincidan. Cuando estudian, les dan un mapa de la planta de los pies, y cada zona corresponde a un órgano del cuerpo.  Si en cada ocasión me aprietan con más fuerza una determinada parte, es lógico que me duela, pero poco tiene que ver con una práctica médica empírica.&lt;br /&gt;Bali no es conocido, precisamente, por sus masajes, aunque en muchos lugares te salen con perlas como “masaje balines”, que para el que es mínimamente conocedor del tema, es como decirle “masaje zamorano”.  No quiero decir que no sea bueno, sino que no existe como tal. Es un masaje como el que puede dar un masajista del Leganés.  En cambio, el masaje tailandés tiene una gran tradición dilatada en el tiempo y cuenta con su propio método y sus específicos ejercicios.  El masaje birmano y demás fantasías los dejamos para la sección de clasificados del País, el ABC o cualquier otro periódico español.  Kuta Beach tiene una amplia oferta de precios de lo más variado: desde la puta callejera camuflada de masajista (es la única profesión ambulante que se puede ejercer con licencia)  que puede pedir unos dos euros hasta el “Spa” (palabrita muy en boga hoy en día) que cobra auténticas barbaridades que los nuevos ricos parecen dispuestos a pagar.&lt;br /&gt;El objetivo marcado hoy es llevar a cabo un modesto estudio de campo sobre la oferta masajística (¿existe la palabra?) del lugar a modo delas organizaciones de consumidores.&lt;br /&gt;Comienzo por un lugar de nombre nipón y que parece bastante limpio,  franquicia de una cadena de salones de masaje, por lo que averiguo más tarde. Me atiende una amable cincuentona. “¿Qué desea?”. Me apetece decirle que quiero una limpieza bucal, pero refreno mi ironía. Me ofrece una carta con la diversa, que no amplia, oferta del local. Escojo un masaje en los pies por siete euros. “¿No quiere un masaje de todo el cuerpo? Es mejor” me señala. “No, he dicho que masaje de pies, y eso es lo que quiero” Ante mi tajante respuesta llama a una jovencita que se pone manos a la obra.  No está mal, pero voy a seguir investigando.&lt;br /&gt;De camino hacia el hotel me detengo un momento frente a un cartel en el que se anuncian masajes a un precio más razonable. No tardan en asaltarme los encargados del chiringuito.  Me enumeran las bondades de todos los masajes que ofrecen. Acepto otro masaje de pies por unos cuatro euros. Me preguntan si quiero a una señorita o a un hombre. Nunca me habían planteado este dilema en un establecimiento de estas características, por lo que mi respuesta es inmediata: “Una señorita, por supuesto, yo siempre quiero a una señorita”.  No tardo en percatarme de mi error, provocado, indudablemente, por prejuicios que ya no tengo.  Nunca un hombre me ha puesto una mano encima, ni por bien ni por mal.  Veo que mi respuesta les deja algo desconcertados. Me acompaña la señorita en cuestión hasta el interior de una tienda de bolsos y otras manufacturas. “Extraño lugar para dar masajes” pienso. Al fondo hay una escalera que conduce al primer piso. Allí me encuentro con dos chicas más y un joven. El mobiliario es escaso, tres tumbonas de masajista y un tatami.  No entiendo en absoluto el idioma indonesio pero algo me da a entender lo que sucede: la chica no tiene ni idea de masajes en los pies, y el experto es el muchacho.  Antes de perder la paciencia y el dinero, dejo mis prejuicios de lado y le pregunto claramente a mi acompañante quién sabe más de masajes en ese cuarto.  La respuesta es obvia: el moreno.  Pues venga, me hago a la idea de que soy una gran estrella del deporte y de que el fisioterapeuta del equipo me va a poner en forma.  Sorprendentemente para mí el joven hizo bien su trabajo y no me sentí incómodo por la primera ocasión en que una persona de mi mismo sexo me manoseaba... profesionalmente, se entiende.&lt;br /&gt;El recorrido por salones demarraje lo terminé en el que terminó siendo mi favorito: el Bali Shinju de la calle Legian. Allí ya no me impacto que el masajista fuera un hombre, si bien, sigo prefiriendo que lo efectúe una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras la intensa sesión de masajes tenía las piernas como flanes.  Me hacía falta reposo después de tanto relax, resulta paradójico.&lt;br /&gt;Me fui al hotel, encargué algo de cenar y me tumbé a dormir un rato, tenía por delante toda una noche de esperado jolgorio.&lt;br /&gt;Alrededor de las once me levanté, no sin cierta pereza.  Una vuelta por el Expresso, donde me encontré a la intrigante Diana que seguía intrigada por mi reiterada negativa a mantener una larga conversación con ella o algo más.  Tras casi dos horas de barra fija observando a los patéticos australianos, y terminado el cuarto whisky, llegó la hora de cambiar de gimnasio e ir en busca de otra barra donde proseguir mi entrenamiento por si algún día la barra fija se convierte en deporte olímpico.  Al igual que un vagón de metro que no escoge la estación en la que se va a parar, crucé la calle hasta el Paddy’s, un par de whiskies más y al Bounty’s, dónde afortunadamente para mí, hubo una pelea entre turistas, que llevaban rato haciendo el gilipollas, e indígenas, creo.  Un experto en vida  nocturna ve llegar la tormenta de lejos.  Sólo tuve que sentarme pedir una copa y esperar.&lt;br /&gt;Terminado el espectáculo, que no tuvo graves consecuencias, decidí lanzarme a la aventura. Cogí el primer taxi que pasaba y le indiqué que me llevara a la zona de Seminyak, unos kilómetros al norte de donde me encontraba. Allí están los locales nocturnos más “in” de toda la isla: el Double Six y el Deja Vu.  Enseguida se nota que el ambiente es distinto. Ya no hay adolescentes semidesnudos y en chancletas berreando estúpidas canciones con una botella de cerveza en la mano.  &lt;br /&gt;Decido comenzar por el primer local, pero hacen pagar entrada y esto es algo que me irrita sobremanera, sé que es una actitud reprobable y absurda pero forma parte de mis rarezas.  A escasos 200 metros está el segundo local.  El camino está jalonado de putas travestis que buscan una clientela que no sé si llegan a encontrar. Acosan física y verbalmente. Cuando considero que su proximidad es excesiva les suelto un “Tira pa’llá y no me seas brasa”, obviamente no entienden las palabras pero sí la actitud.&lt;br /&gt;Llegado al Deja Vu me saludan amablemente al entrar. Está repleto de gente, tanto dentro como en la terraza que da a la playa. Nada más entrar percibo algo extraño, no sé qué es. Pero no tardo en averiguarlo cuando un pipiolo me toca la mano. “¡Quita de allí maricón!”.  El grupito entiende (nunca mejor dicho) que no soy de su cuerda.  He de reconocer que mi pelo teñido, mi pendiente, mi camiseta estrecha y mi, por qué no decirlo, pulcritud pueden llevar a engaño.&lt;br /&gt;Sin darme cuenta me he metido en un local en el que abundan, aunque no predominan, los gays y travestis.  Me desentiendo del asunto y voy a lo mío: el whisky.  ¡ Por fin un local en el que no te sirven la copa midiendo el alcohol con ese absurdo cubilete que tanto odio!  Por este hecho deduzco que los propietarios no son anglosajones. La copa es un poco más cara (entre 50 céntimos y un euro) que en los locales de Kuta, pero bastante más generosa en el líquido precioso, que a fin de cuentas, es lo que importa.&lt;br /&gt;Me acomodo en uno de los confortables sofás.  No tarda en aparecer otro “desviado sexual”. Se sienta enfrente de mí y hace las mil y una idioteces para que me fije en él. Tras un buen rato, viendo que ni tan siquiera le miro y más bien pongo cara de asco, opta por la retirada para regocijo de sus compañeros del ramo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasadas las cuatro, apurando la copa ya que están cerrando, me levanto y emprendo el camino hacia el Double Six.  Apenas pongo un pie en la calle oigo detrás de mí: “Hello, my friend”. Me doy la vuelta. Se trata del motorista culpable de mi abstinencia sexual en la isla. “¿Hello my friend, hello my friend? Tu puta madre” digo en voz baja. Él, todo sonriente y orgulloso de su fechoría, me invita a repetir la noche de marras. Sin dudarlo un instante me niego en rotundo y le digo que con lo de ayer ya tuve bastante.  Como deferencia se ofrece a transportarme gratuitamente hasta mi destino (unos 200 metros) porque “you are my friend”.&lt;br /&gt;Paso por el aro y pago las 50 mil rupias de la entrada, que ni siquiera dan derecho a un whisky, tengo que añadir 20 mil más.  El local es muy amplio, cuenta con una piscina y una inmensa torre desde la que se puede lanzar el que quiera hacer puenting, yo, obviamente no. La música es la misma que puede haber en cualquier discoteca del mundo que esté de moda.  Anuncian cada día la presencia del tal o cual disc-jockey que, sobra decirlo, no conozco ni por asomo. De hecho no conozco ningún disc-jockey, bueno... a los de mi pueblo.&lt;br /&gt;En una de las barras coincido con un presunto español residente a tiempo parcial en la isla.  Me asegura ser de Santander, pero tiene un acento argentino que no puede con él.&lt;br /&gt;Con la enésima copa encima me lanzo a indagar tan extraño fenómeno. “¿Pero eres español, español, de España?” le pregunto sin rubor alguno. “Sí, de Santander” me responde con aplomo. “Es que tienes un acento algo raro, no pareces de Santander” prosigo. A lo largo de la conversación acaba confesando que es argentino pero que reniega de su patria y no la pisa hace más de 26 años. Opta por adoptar la nacionalidad del país que adora y que es el de sus antepasados, pero su pasaporte y su acento no dicen lo mismo.&lt;br /&gt;Me previene, a modo de gran maestro de la vida nocturna, que me ande con cuidado, que tiene un amigo al que tras drogarlo, dos putas le robaron todo el dinero de su habitación.  Cierto es que no sabe con quien está hablando, pero hay que ser idiota para llevar dos desconocidas a tu cuarto a sabiendas de que tienes cosas valiosas.  A saber si el amigo no era él...  Curiosos personajes de la noche balinesa.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110557332061663429?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110557332061663429/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110557332061663429' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110557332061663429'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110557332061663429'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2005/01/un-masaje-dos-masajes-tres-masajes.html' title='Un masaje, dos masajes, tres masajes'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110434731273885125</id><published>2004-12-30T02:06:00.000+07:00</published><updated>2004-12-30T02:08:32.736+07:00</updated><title type='text'>¿Puta o secadero de arenques?</title><content type='html'>“Esta noche no salgo” ¡Cuántas veces habré repetido esta sempiterna frase! Y qué pocas la he hecho realidad...  Pero aquella noche los hados querían prevenirme de algo terrible que me iba a suceder, sin embargo yo, oyente nocturno de Radio Johnnie Walker, hice caso omiso de esa voz interior que ahogo habitualmente con ese brebaje mágico de origen escocés.&lt;br /&gt;Si eres hombre y vas solo por alguna calle turística de Bali, en el tiempo que has recorrido 100 metros, recibes unas 10 propuestas deshonestas por parte de jovenzuelos y no tanto que ponen a tu disposición un auténtico harén de bellas, jóvenes y exuberantes doncellas. Si en cada proposición se hablase de mujeres distintas, el números de heteras en la isla sería considerable, sin embargo, me temo que todos los alcahuetes se refieren a las mismas diez.  La prueba es que si llegas a la cópula, al día siguiente, todos saben cómo, cuando, con quien, y por cuánto lo has hecho.&lt;br /&gt;La noche de marras no andaba yo muy fino y el whisky entraba pero no con la cadencia debida. Aproveché la ocasión y decidí darle un homenaje a mi cuerpo.  Encontrar una voluntaria no fue una ardua tarea. Uno de los taxi-motoristas habituales de la zona se ofreció “desinteresadamente” a transportarme hasta el lugar donde podría escoger entre muchas, bellas y jóvenes señoritas que “fuman y te hablan de tú”. Tuve que regatear un poco, 300 mil rupias indonesias (1 euro son 12.000 rupias) me parecían excesivas para algo que no había visto todavía. Concluimos el trato en 250 mil, transporte incluido.  Había que ir hasta Sanur, una localidad que yo sabía que estaba en Bali pero de la que desconocía su ubicación. No importaba, la llamada de la naturaleza me cegaba el entendimiento y ahí me lancé yo, a las tres de la mañana de un día cualquiera de la semana, por las carreteras de Bali, de paquete en una moto y con destino desconocido.&lt;br /&gt;Cinco, diez, quince minutos, y se pone a llover. Y cuando llueve allí, llueve de verdad.&lt;br /&gt;Me empiezo a impacientar. “¿Falta mucho?” le pregunto.  “No, ya llegamos, ¿tienes frío?” me dice. “No, pero estoy cansado” le respondo. Afortunadamente decía la verdad y tardamos poco en tomar un desvío que nos llevó hasta lo que parecía el patio de un conjunto de viviendas. A esas horas y en esas condiciones no se distinguía con claridad el entorno. Aparcó la moto junto a  otras bajo un tejadillo. Uno de los individuos que por allí andaba nos acercó un paraguas.  Me dirigí acompañado de mi guía nocturno hasta una especie de sala en la que apenas había dos mesas, unas cuantas sillas y un radio-cassette rupestre.  Me presentan a un hombre joven de aspecto achinado y amplia sonrisa, era el proxeneta. Inquiere sobre mi persona “¿De dónde eres?”. “España” le digo. “Oh, Real Madrid” exclama.  “Sí, sí, eso mismo, en los vestuarios del club vivo yo, no te jode” pienso para mis adentros. No tardan en traer a tres chicas, cada cual de peor aspecto, superan los 25 y si no es así, lo parece.  Me armo de valor y digo que no me gusta ninguna.  Ciertamente la circunstancia no está como para discutir mucho, y aunque al iniciar la operación había dejado claro que si no me gustaba ninguna me marcharía, descarto la posibilidad.  No hay problema ahora traemos más, me indican.  Sigue lloviendo y esto retrasa la llegada de las nuevas candidatas.  Un sentimiento de arrepentimiento y desesperanza empieza a invadirme. Presiento que la nueva remesa va a ser “más de lo mismo”.  No tarda en confirmarse mi presentimiento. Echo de menos Tailandia, allí por lo menos, hasta en el burdel más inmundo hay alguna flor.&lt;br /&gt;Son dos. Me las presentan y sientan frente a mí, a apenas un metro.  Pregunto con resignación: “¿No hay más?”, una pregunta retórica ya que conozco de antemano la respuesta.  Obtengo un “no” como única respuesta.  La multitud de mujeres bellas prometidas se había quedado en cinco esperpentos con cara de asco.  Todos los que allí se encuentran me observan para saber cuál va a ser mi elección. En el fondo todas me dan pena y me sabe mal escoger a una y rechazar a las demás. Me ofrecen llevarme dos. Rechazo la proposición alegando problemas de cansancio, a mi edad no estoy para esos trotes, les hago entender. Se rían y siguen esperando mi elección.  Desde el primer momento ya sé a quién me voy a llevar, pero juego a dudar para no menospreciar a las demás.  Finalmente señalo a una. El silencio que reinaba hasta entonces se rompe y un ambiente casi festivo invade el habitáculo en el que estábamos.  Me invitan a pasar a una habitación que se sitúa a escasos metros de donde nos encontramos.  Antes de cerrar la puerta me instan a pagar la cantidad estipulada. Mi moto-taxista se acerca para presenciar el pago y a continuación, supongo, cobrar su comisión.&lt;br /&gt;La joven no es fea, pero no sé si por haberla despertado a esas horas o porque la vida la ha tratado mal, su aspecto es notoriamente mejorable.  Intento averiguar su nombre su edad, algo sobre ella. No hay forma. No quiere o no sabe hablar inglés. No me preocupa mucho, no hemos ido allí a charlar.  Apaga de inmediato la luz del cuarto y deja encendida la del baño.  Se tumba vestida en la cama.  En pocos segundos, como experto en estos menesteres, me percato de que la relación no va ser memorable o si lo es lo será para inscribir en la sección “asuntos que olvidar”.&lt;br /&gt;Me despojo de la poca vestimenta que llevo. Lo hago lentamente para ver si sirve de acicate y ella se pone en marcha. Negativo. Sigue tumbada mirando al techo y bostezando. “Eso es estimular la fidelidad del cliente” pienso para mis adentros. Pero lo peor todavía está por venir.&lt;br /&gt;Opto por seguir tomando la iniciativa y como si de una Barbie tamaño natural se tratara, comienzo a desnudarla.  En ese momento, me percato de que no recuerdo la última vez que desnudé a una mujer; cosas curiosas que tiene la vida.&lt;br /&gt;Ya por vergüenza, se pone en movimiento, pero no mucho. Sólo termina lo que yo he empezado.  Luego, vuelta a la “normalidad”.  Me da la sensación de estar protagonizando “La noche de los muertos vivientes”, estoy con una zombi y no me he enterado hasta ahora.  Su brazo se levanta a cámara lenta y me agarra, con total desinterés, mi miembro que llora de pena y no de alegría.  Sus engranajes se ponen en funcionamiento y un leve movimiento de vaivén, con ritmo de marcha funeraria, comienza.  Mientras sucede todo esto, mis manos recorren todo su cuerpo, tal vez estimulándola un poco, el asunto pueda prosperar.&lt;br /&gt;Mis células olfativas suelen quedar anuladas por el whisky y el tabaco, pero... Hamlet me viene a la cabeza: “Algo huele a podrido en Dinamarca”.  No hago mucho caso en ese momento de mi prominente apéndice. La indonesia no cambia su actitud.  Parezco ya un CSI haciendo una autopsia a un cadáver, un cadáver que lleva un par de días muerto a juzgar por el olor.&lt;br /&gt;El poco alcohol que había ingerido está dejando ya de hacer su efecto. Vuelvo a pasos agigantados al mundo real. Intento atravesarla con el sable, pero éste parece de atrezo.  Si la cosa no es fácil a esas horas y con agentes químicos en el cuerpo, con ese olor, se vuelve imposible. Doy unos empujones por hacer algo, y sobre todo porque he pagado para eso.  Mala idea. El olor llega a una punto casi nauseabundo. La fuente está plenamente identificada, y mejor dejarla tranquila. No quiero que la diminuta habitación parezca un secadero de arenques.&lt;br /&gt;Decido terminar la faena yo mismo.  Me alejo unos palmos de ella, cierro los ojos y le echo imaginación intentando no respirar demasiado.  Me transporto mentalmente a Tailandia u otro auténtico paraíso sexual, y termino en poco tiempo.  Si no ha servido para otra cosa, que por lo menos cumpla como recipiente de mi simiente, así, de paso, le doy un motivo para lavarse.&lt;br /&gt;Mientras descanso, ella se apresura al baño, donde apenas hay un retrete, un grifo y un depósito de obra con un cazo de plástico dentro.  Como podía imaginar, no se toma mucho tiempo para lavarse. Yo tardo menos. Quiero salir de ese infierno pestilente a la máxima celeridad. Sorpresivamente, antes de marcharnos, me pide con señas que le deje darme un beso. Accedo, pero rápido. Sigo con la sensación de estar frente a un bacalao con forma humana. Pobre chica, se habrá quedado sin saber la impresión que me ha dado. Desde luego, no iba a ser yo el que le iba a hablar del “problema”, bastante desgracia tiene ya con ser puta.&lt;br /&gt;¿Olerán así las sirenas? Espero que no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los que se habían quedado en la antesala, por llamar ese antro de alguna forma, se sorprenden por mi celeridad.  Le indico al “moto-taxista” que me quiero ir inmediatamente. Todos se despiden sonriéndome y esperando mi pronto regreso, que como cualquiera puede suponer, no se produjo nunca.&lt;br /&gt;Aturdido todavía por el olor, la falta de whisky y yo qué sé qué más, sólo ansío regresar al hotel para darme una ducha con una lija del 3.  No tardamos demasiado en regresar, por suerte no llueve y eso facilita la circulación.&lt;br /&gt;Ni que decir tiene que me metí de inmediato bajo la ducha y utilicé todos los jabones, champús, geles, etc. que tenía a mi disposición. A pesar de eso, me parecía seguir percibiendo ese olor, aunque supongo que era más bien fruto de mi imaginación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Dios me había castigado por ser putero!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me prometí no volver a ir con una puta en Bali, por lo menos ese tipo de puta.  Debía reservarme para Tailandia y otros países donde la prostitución está en manos de profesionales que saben satisfacer ampliamente los deseos de los clientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía me quedaban varios días en la isla, pero los iba a dedicar a castigar el hígado y recrear la vista.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110434731273885125?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110434731273885125/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110434731273885125' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110434731273885125'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110434731273885125'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2004/12/puta-o-secadero-de-arenques.html' title='¿Puta o secadero de arenques?'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110371508632040125</id><published>2004-12-22T18:30:00.000+07:00</published><updated>2004-12-22T18:31:26.320+07:00</updated><title type='text'>Do you want young girls ?</title><content type='html'>El aeropuerto de Ngurah Rai, el de Bali, sigue prácticamente como lo dejé el año año pasado, con la salvedad de que ahora, se han sacado de la manga un visado obligatorio de 25 dólares estadounidenses. Cuando un país está en crisis, todo vale. No está de más señalar que los españoles deben llevar el visado hecho y pagado antes de llegar al país; no puede hacerlo a la llegada, como sucede con ciudadanos de otras nacionalidades.&lt;br /&gt;Mientras hago cola, veo a los listos de turno, a los que se creen más listos que los demás, que van directamente a la ventanilla de control de pasaportes sin entender que en la vida todo tiene un orden y que primero hay una ventanilla para pagar y luego otra para controlar que has pagado. Mientras los funcionarios los van remitiendo al final de la cola que pretendían evitar, los voy contando: “un gilipollas, dos gilipollas, una familia con padre gilipollas y así hasta que me llega el turno de poner a mi cara de amable frente al funcionario quien me pregunta si estoy trabajando. Claro, no caigo en que llevo un uniforme puesto.  “No, no, holiday only”, no vaya a ser que quiera investigar más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la salida me está esperando un empleado del hotel en el que me alojo. Luce un hermoso marco de madera tallada, que rodea una cartulina en la que puede leerse mi nombre.&lt;br /&gt;Tardamos poco en llegar al hotel, que está situado en Kuta Beach, un lugar conocido por todos los practicantes de “surf” del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi primer objetivo es conseguir una tarjeta sim para mi móvil. Estoy harto de darle beneficios dignos de un usurero a Telefónica Movistar; si hay dinero que ganar, que se lo queden los indonesios, que están más necesitados.&lt;br /&gt;Al igual que suele pasar en muchas ocasiones, busco durante una hora, bajo un sol de justicia a treinta y pico grados, lo que al final encuentro al lado de mi hotel.  Todos los “Circle K” (los “7 eleven” de aquí) venden tarjetas sim por menos de tres euros, cantidad que es la que tiene la tarjeta de saldo inicial, o sea que la sim en sí es gratuita.. De esta forma se dispone de número propio en Indonesia, las llamadas son mucho más económicas y uno se evita las llamadas de algún gracioso o despistado desde España, que te pueden llegar a ser algo costosas.... dos o tres whiskies por lo menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Paso parte de la tarde descansando en la habitación, el calor y sobre todo la humedad de Bali en esta época son dignos de ser vividos.&lt;br /&gt;Poco antes de que se ponga el sol, decido ir hasta la piscina del hotel. Ésta es casi la mejor hora, el sol ya no castiga, la temperatura del agua es ideal (demasiado caliente para algunos).  Al llegar me espera un espectáculo nunca visto. Dos asiáticas, no sé si japonesas, chinas o coreanas, están chapoteando en la piscina enfundadas en un hermoso bañador de color verde fosforito. Pero, por lo visto, el bañador les parece poca prenda, y ajenas al ridículo, llevan el sujetador puesto. Naturalmente no hace juego con la prenda de baño. Por si esto fuera poco, su gran diversión-preocupación es taparse con la manos y comprobar a cada instante que las prendas están en su sitio.  Mi curiosidad no me llevó a investigar si llevaban bragas también, cosa que no me hubiera sorprendido en ellas.&lt;br /&gt;No las volví a ver por el hotel, tal vez las echaran por ridículas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entrada ya la noche me fui hasta el Bagus a tomar las primeras copas. Este bar se encuentra en el centro de Kuta Beach y tiene como atractivo principal, al igual que otros bares, proyectar películas en su gran pantalla. El título propuesto para esa noche era el que en España se llamó “50 primeras citas”, si no me equivoco. Una comedia americana sin más. Lo interesante del asunto estaba fuera de la pantalla. Un par de adolescentes australianas se deleitaban con la pantalla mientras yo me deleitaba viéndolas a ellas.  Había otras mujeres, unas que estaban a mi vera eran asiáticas y muy lesbianas o por lo menos representaban el papel muy bien.&lt;br /&gt;Terminada la película me desplacé escasos metros hasta el bar Espresso, situado en arteria principal de Kuta, Legian Jl., el bar ofrece música en directo todos los días e invita  a participar a los clientes, cosa que en ocasiones resulta un tanto desagradable para el oído.&lt;br /&gt;Apenas llevaba media hora en el local, o iba por la segunda copa (según la medida de timo que se quiera emplear), cuando el camarero de la barra me hizo entrega de un papel, de inmediato metí la mano en le bolsillo pensando en que me presentaba la cuenta.  Me hizo señas de que leyera el papel, dando a entender que no era la cuenta. Entre intrigado y sorprendido, leí lo que en él ponía: “la señorita de atrás quiere que le presente”. Solté de inmediato una carcajada cínica.  No tardé en responderle. “Si quiere algo, que venga aquí”. En la vida hay un orden de prioridades, y de momento, el whisky sigue por delante de las señoritas, además, cuando pillo un taburete en la barra, raramente lo suelto. La botella te acompaña allá a donde vayas, no te pregunta nada y nunca te abandona.  Seguí, sin preocuparme más del asunto, practicando mi único deporte: la barra fija.&lt;br /&gt;Cuando ya ni me acordaba del asunto, atacando por la retaguardia, se me plantó una indonesia de buena apariencia. “¡Hola, soy yo! Me llamo Diana”. “Ah, pues hola, soy Paul” le respondí, inventándome una vez más un nombre.  El aspecto se alejaba mucho del que tienen las busconas que andan por estos parajes, por lo que me picó un poco la curiosidad sobre el motivo por el que había sido el elegido.  Mi actitud fue siempre bastante fría, distante y cortante, sin dejar de ser cortés.  Me contó a grandes rasgos lo que había hecho en la vida. No parecía puta, pero eso no quiere decir nada. ¿Por qué interesarse por mí con la cantidad de apolíneos jóvenes que hay por aquí? Seguía sin entenderlo.&lt;br /&gt;Tenía una tienda de bolsos o algo parecido en al calle principal. Después de la bomba del 2002 tuvo que regresar a casa de sus padres en Java, ya que por aquí, pocos eran los turistas que hacían acto de presencia.  Había vuelto este año y estaba muy contenta, volvía a encontrar viejas amistades y dejaba de estar bajo la atenta mirada de sus padres musulmanes. Me alegro por ella aunque seguía sin ver que pintaba yo en su historia.&lt;br /&gt;Soporté la charla lo mejor que supe y pude, pero llegado el momento le dije que me tenía que marchar, que había otra barra y otro taburete en el garito de enfrente. Lo entendió muy bien. Lo de que me marchaba, no lo de mi alcoholismo circunstancial.  Afortunadamente, en estos países no se practica lo de los besitos a la hora de saludarse, por lo que te evitas el trance de dudar entre dar besitos, la mano, ambos o nada, simplemente: “bye, bye” con la mano y adiós.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con sólo cruzar la acera nos encontramos en el Paddy’s, reconstrucción de uno de los bares que saltó por los aires en octubre de 2002.  Es híbrido entre bar y discoteca al aire libre. La clientela es básicamente australiana, no es por nada que cuelgan por todas las paredes banderas de dicho país. ¿ Se imaginan en España un local con similar característica ? Sería de inmediato calificado de “facha”... cosas de la educación o, más bien, la falta de ésta.&lt;br /&gt;Los adolescentes tienen tomado el sitio. Los que pasamos de treinta somos escasos y no participamos activamente en la fiesta. ¿La música? Con esto de la globalización, si cerráramos los ojos y nos olvidáramos por un instante de la humedad reinante, podríamos pensar que estamos en cualquier bar o discoteca veraniegos de la costa española.&lt;br /&gt;Los jóvenes semidesnudos con sus camisetas colgando del bolsillo posterior del pantalón, le dan al ambiente un aire gay, pero nada más lejos de la realidad, por lo menos a mi modesto entender...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy ya cansado. Sólo me quedan fuerzas para echar un vistazo al Bounty’s, otro bar-discoteca similar al Paddy’s. No veo nada que me atraiga en especial. Opto por la retirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y de camino al hotel sigo oyendo la misma cantinela que me acompañará a diario: “Do you want young girls?”&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110371508632040125?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110371508632040125/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110371508632040125' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110371508632040125'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110371508632040125'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2004/12/do-you-want-young-girls.html' title='Do you want young girls ?'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110337561706265149</id><published>2004-12-18T20:12:00.000+07:00</published><updated>2004-12-18T20:13:37.063+07:00</updated><title type='text'>Volando voy, volando vengo</title><content type='html'>No son ni las ocho de la mañana y ya estoy en la puerta de embarque esperando la salida de mi vuelo a Bali. Para alguien a quien gustan los largos sueños y los tardes despertares, es fácil imaginar cuál es mi estado de humor. Y por si mi estado de ánimo no pasa por uno de sus mejores momentos, además hay que añadir un principio de gripe o algo parecido que habrá que matar esta noche, ya en la isla indonesia, a base de whiskies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguiendo la táctica iniciada el pasado año, viajo vestido de uniforme. Un uniforme que realmente no me identifica con ninguna compañía, así que si me preguntan, suelto cualquier nombre y en paz; hoy en día están apareciendo tantas compañías con nombres de lo más diverso, que cualquier cosa es creíble, Burger King Airways, Marlboro Wings, o cualquier cosa que lleve un elemento aéreo.&lt;br /&gt;Este año, para rizar el rizo me he puesto galones, con la prudencia de que no sean los de piloto o copiloto, no vaya a ser que me pongan en una situación comprometida. Mi objetivo es gozar de los beneficios de la profesión sin sufrir sus desventajas. Además si la mujer que me cobra el peaje de la autopista lleva galones de tres barras, con algo semejante a una estrella, no voy a ser yo menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer fue una jornada atípica en mi estancia por estos lares. No hubo ni whisky ni putas.&lt;br /&gt;Hice un esfuerzo y madrugué, me levanté a las 10,30. Quería ir a la embajada de España a inscribirme. No quiero que, llegado el caso, se demore en exceso la repatriación de mi cuerpo; por este motivo fui a darles los datos de envío y los datos del lugar donde me alojo para que recojan mis pertenencias.&lt;br /&gt;Tras mi breve encuentro con la burocracia patria en tierra extraña, y sin haberme repuesto todavía del madrugón, me fui hacia la oficina de Leo. Allí debía encontrarme con él, su mujer y, Marta y Laura, dos españolas que han estado por aquí disfrutando de parte de los encantos tailandeses.  Fuimos a comer a uno de esos clásicos restaurantes japoneses en los que hay que sentarse frente a una barra que cuenta con una cinta en la que los cocineros depositan platitos, e ir cogiendo los que nos resultan más apetitosos. No hay límite y por 5 euros uno se puede poner las botas, como el caso que nos contó Leo de un japonés que venía cuando abrían y se iba cuando cerraban, un cliente temido por la empresa ciertamente pero que para su suerte no era residente en Bangkok. La única norma que rige en dicho local, es que pagas lo que te dejas, es decir, no puedes comer con los ojos, acaparar los paltos y luego dejar la mitad sobre la barra.  Estuvimos pensando en pegarle un bocado a cualquier alimento y dejarlo en la cinta para ver si lo cogía algún asiático incauto, pero al final desistimos porque tenemos intención de volver.&lt;br /&gt;Al marcharnos, me dio un vahído –queda gay la palabra, pero me hace gracia- por lo que tuve que quedarme en el restaurante un buen rato, eso sí, acompañado de Marta y Laura por lo que la recuperación se hizo más llevadera. No sé si me sucedió por madrugar en exceso o por una simple falta de alprazolam en sangre. La cuestión es que se me fue pasando y pudimos ir a dar una vuelta. &lt;br /&gt;Nos dirigimos hacia un local de masajes de pies, pero antes nos detuvimos en una tienda Boots, una supermercado farmacéutico. Marta y Laura no lo conocían y cuando entraron parecían dos niñas en la seción de juguetería del Corte Inglés. Estuvimos más de media hora mareando al personal (un maricón, un travesti y una sabionda que quería vendernos de todo) . Nos fuimos con cuatro cosillas después de haber desmontado la tienda.  La siguiente etapa era el salón de reflexoterapia. Entramos como un tropel y nuestra charla y itar a la risa continua irritó a más de uno de los chinos, japoneses o lo que fueran, que allí pretendían encontrar paz y sosiego. En cualquier caso nuestro modo de ser alegro un rato la vida de los y las masajistas que pasan allí muchas horas al día manejando los pies de octogenarios somnolientos.&lt;br /&gt;Sobre las seis de la tarde acompañé a las chicas al hotel donde se alojaban.  Allí fue cuando me di cuenta de que realmente tenían un problema de sobrepeso... ¡y grande! &lt;br /&gt;No, no, que no se me entienda mal. Me explico. Durante los días que pasamos juntos me estuvieron comentando las compras que habían llevado a cabo. Probablemente por deformación profesional, de inmediato, lo traspaso todo a kilos y calculo las probabilidades que hay de que el viaje se torne en pesadilla a la hora de la facturación en el aeropuerto. No en vano yo he sido parte activa en la pesadilla de pasajeros abusones que se creen que las balanzas de los aeropuertos están sólo a efectos decorativos.  En fin, a lo que íbamos, Laura y Marta tenían un serio problema. ¿Qué paso en el aeropuerto? Todavía no lo sabemos, pero en cualquier caso, esta mañana no estaban aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La jornada previa a mi viaje a Bali tenía final festivo.  El Excmo. Señor Emabajador de España en Tailandia tenía a bien a invitar a la colonia española a cenar a su casa. No llegamos al centenar de personas de las cuales algo más de la mitad eran españolas. Lomo, chorizo, tortilla de patata, paella, croquetas de “ no se sabe qué”, en fin, toda una serie de manjares que nuestros paladares pocas veces pueden catar por estas latitudes. Tras departir con viejas amistades, como Miguel F. Rovira, un mallorquín corresponsal de la agencia Efe en el sudeste asiático, con el que he compartido largas noches “bangkokianas”, llegó el momento de regresar a casa; la maleta no estaba hecha y tenía pocas horas para dormir.  Por cierto, Isabel Preysler y sus Ferrero Rocher no hicieron acto de presencia, ¿boicot? ¿Se quedó encerrada en el ascensor? ¿Tendrá algo que ver Carmen Martínez Bordíu?&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110337561706265149?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110337561706265149/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110337561706265149' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110337561706265149'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110337561706265149'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2004/12/volando-voy-volando-vengo.html' title='Volando voy, volando vengo'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110314170045001730</id><published>2004-12-16T03:13:00.000+07:00</published><updated>2004-12-16T03:15:00.450+07:00</updated><title type='text'>Todo cambia, nada permanece</title><content type='html'>Hace ya una semana que circulo por Bangkok.  Como es habitual en cada visita a esta ciudad, los primeros días resultan frenéticos. Quiero ver todo, quiero ver a todos mis conocidos, y, si bien dispongo de mucho tiempo, no consigo llevar a cabo la totalidad de mis propósitos.&lt;br /&gt;Sin embargo, hay ciertas prioridades. Un par de llamadas a las personas más allegadas y una rápida visita a los garitos que frecuento con cierta asiduidad.&lt;br /&gt;Entrando en el Nana Entertainment Plaza  –el Nanas para los amigos- me apercibo que la afluencia de público ha disminuido notablemente de un año a esta parte. La política de represión del gobierno da sus frutos, pero los puteros vocacionales aguantamos hasta el final. &lt;br /&gt;La primera impresión –le comento a mi amigo Leo- es de que las chicas son cada vez más jóvenes, aunque acertadamente me comenta que los que somos más viejos somos nosotros; ellas siempre tendrán la misma edad mientras a nosotros se nos vaya cayendo el pelo y nuestro abdomen se torne en balón de playa.&lt;br /&gt;Rainbow 1, Rainbow 2, Angel Witch, Mandarín, todos reciben mi atenta visita. En uno de ellos se celebra un cumpleaños de una puta o ex-puta, ya que no va de uniforme y está a acompañada de unos de estos ancianos que han trenido que buscar compañía a miles de kilómetros de su casa.  Resulta entrañable ver a todas las putitas soplando las velas que no acaban de encenderse por mor del potente y gélido aire acondicionado que caracteriza cualquier local cerrado de este país.&lt;br /&gt;Acabo la primera parte de la noche en mi go-go bar favorito, el Pretty Lady. No tiene nada especial y es más bien cutre, tal vez sea ese aspecto decadente el que me atraiga.  Como novedad, ingeniosa por cierto, han instalado en la barra que rodea el estrado donde bailan las chicas unos espejos que, al no llevar ropa íntima las chicas, permite tener unas vistas dignas del mejor ginecólogo.  El bar, realmente, se ciñe a las leyes que prohíben bailar con los pechos y las zonas bajas a la vista del público. Ellas llevan sus minifaldas y bikinis en su sitio y por ende, no muestran nada. Las circunstancias han querido que la barra, en cambio de ser de metal o madera, sea de cristal reflectante.  Obviamente las más recatadas –porque las hay- bailan con las piernas bien apretadas como si contuviesen sus ganas de orinar. Las más descaradas bailan como si montaran a caballo.&lt;br /&gt;Distingo un par de amigas del pasado año. La regla se confirma una vez más: las que eran putillas ahora son putas, y las que eran putas ya son putones; de los putones ya no se sabe nada.  Para regocijo mío y de los que me suelen acompañar, vemos a la típica que baila siguiendo el ritmo que le dicta su conciencia o tal vez el ritmo de las luces, en cualquier caso, no el ritmo de la música. Todos los bares cuentan con alguna de estas particulares bailarinas.&lt;br /&gt;La música sigue siendo la misma. Parece que los encargados de la parte musical de este espectáculo diario son bastante reacios a incluir alguna novedad en su repertorio, sin embargo, este año se han atrevido con el “Dragostea dintei”, la canción que he oído machaconamente todo el verano en bares y discotecas de España. Suena donde tendría que haber sonado siempre y sin salir de allí: un bar de putas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La policía no perdona, y pasados pocos minutos después de la una, se encienden las luces y todos a la calle, bueno, en este caso sí se puede decir “puta calle” con razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi temor está ahora en que los controles policiales sigan siendo tan estrictos como el pasado año, y no se nos permita beber alcohol ni tan siquiera en los chiringuitos callejeros destinados, en principio, a vender comida y refrescos.&lt;br /&gt;No tardo en averiguar que la cosa se ha suavizado un poco. Se puede beber whisky pero en vasos de cartón. La verdad es que poco me importa el recipiente. Entre copa y copa entablo conversación con chicas y turistas. Va pasando la noche y a medida que la policía obliga a cerrar chiringuitos, nosotros nos vamos calle abajo cambiando de lugar pero no de bebida. La policía es lenta en su labor, supongo que deliberadamente y previo pago. La cuestión es que se puede beber hasta el amanecer.&lt;br /&gt;Cuando me quiero dar cuenta ya han retirado todas las sillas y mesas del lugar en que me encuentro. Es hora de marcharse. Pero algo me hace ir en sentido contrario al que debería tomar para llegar a casa. Pasan unos minutos y me encuentro una chica sola sentada en unas escaleras de un restaurante que todavía permanece cerrado. Charlamos unos minutos, pocos, más bien muy pocos. Ella sabe por qué estoy allí y yo sé que secretaria de dirección no es. Cerramos el trato y nos vamos a uno de estos hoteles que se alquilan por horas. Sé que va a ser un fracaso y un dinero tirado a la papelera, pero estoy en el taxi y no puedo dar marcha atrás. El whisky, la doxepina y el alprazolam no son muy amgos del amor y menos del sexo.&lt;br /&gt;Una vez en la habitación, nos despojamos de la escasa ropa que llevamos. Me doy una ducha para ver si me despejo un poco... vano intento. Espero que ella ponga algo de su parte para alegrar la fiesta, pero ¿qué se puede esperar de una chica que has encontrado por la calle a las seis de la mañana?  Me tumbo en la cama y me dejo hacer. La escena resulta, como poco, patética.  Al cerrar los ojos, al cabo de un rato y  sin darme cuenta, acabo autosatisfaciéndome delante de su atenta y atónita mirada.  Una vez terminado el asunto, y por si no había sido suficiente la humillación, me suelta algo como: “y para eso pagas”.  Me voy cabizbajo a casa y duermo la mona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente salgo con propósito de enmienda. Lo de la noche anterior, más que tirar dinero a lo tonto, ha sido hacer el tonto.&lt;br /&gt;Hago, aproximadamente, el mismo recorrido de bares y acabo en el mismo sitio: en la puta calle, sentado sobre un incómodo taburete de plástico y charlando con dos amables señoritas que, sin rubor alguno, se me ofrecen para hacer un trío, y no de cuerda precisamente. Me niego en rotundo. Si no he podido con una, ¿qué voy a hacer con dos? Si hago el ridículo, por lo menos, que no sea por partida doble.  Me hacen decidir por una de las dos. Dudo por caballerosidad, ya que tengo claro, desde el primer momento a quién me voy a llevar.  Se repite el mismo ritual de negociación y traslado hasta el lugar donde se va a llevar a cabo el intercambio comercial.  Todo parece ir bien hasta que me enfundo uno de esos maravillosos preservativos que aseguran una relación estupenda ya que no se notan.  No sé quién no los nota porque a mi me siguen dando la sensación de tener mi órgano ¿reproductivo? Metido en una bolsa del Carrefour. La noche avanza y la situación se asemeja tristemente a la de la noche anterior.  Intento terminar la faena como Dios me da a entender. Me visto y antes de oír otra frase sarcástica me despido hasta otra ocasión, que seguramente no será con la misma persona.&lt;br /&gt;Al llegar a casa lo tengo claro: la “Y” de “alcohol y sexo”, no es copulativa.&lt;br /&gt;Uno de estos días me pasaré por esos salones de masaje donde hay unas bellas muchachas, hetairas todas ellas, que por unos módicos 40 euros te dan dos horas de placer sin par.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110314170045001730?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110314170045001730/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110314170045001730' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110314170045001730'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110314170045001730'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2004/12/todo-cambia-nada-permanece.html' title='Todo cambia, nada permanece'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8518494.post-110259089773092131</id><published>2004-12-09T18:13:00.000+07:00</published><updated>2004-12-09T18:14:57.730+07:00</updated><title type='text'>Ultimando detalles</title><content type='html'>Me quedan pocas horas para ir al aeropuerto.  Pongo las últimas cosas en la maleta, aunque supongo que algo me olvidaré, pero eso lo sabré cuando llegue, como suele pasar siempre. La hora prevista de salida es casi la misma a la que habitualmente me duermo.  Todo tiene una vertiente positiva. La gente suele sufrir de “jet-lag”, yo nunca. Lo único que ocurre es que, sin quererlo, me encuentro en otro país levantándome a una hora cristiana, no con ánimo de “normalizar” mi vida, sino por puro capricho del cuerpo.	&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confío en que en esta ocasión no se le ocurra al agente de aduanas tailandés interesarse por lo que transporto en mis maletas.  Todavía recuerdo, con cierto bochorno, la vez en que la curiosidad de uno de estos individuos me hizo pasar por una situación algo embarazosa.  En mis viajes a Tailandia, me convierto por unos días en traficante de ambrosías de la madre patria. Mis maletas apenas llevan ropa, casi todo el espacio lo ocupan latas de lo más variado, desde fabada asturiana a aceitunas rellenas de anchoa, pasando por turrones diversos, por no hablar de los suculentos embutidos.  Mis amigos españoles allí residentes, siempre se alegran de verme llegar, no ya por el hecho de ver mi persona – así lo quiero suponer-, sino porque mi llegada significa la llegada de los aromas  y sabores de los manjares patrios.  Pero volvamos al día de marras cuando la aduana se convirtió en un Carrefour por la curiosidad del aburrido funcionario.  Como suele pasar en los momentos más inoportunos, la maleta fue abierta como no debía haber sido. Como consecuencia, empezaron a rodar, entre los pies de los pasajeros que pasaban detrás de mí, latas de aceitunas La Española, lentejas Carrefour, fabada Litoral, etc. Para más inri, el inquieto tailandés, entre risas, me interrogaba sobre el contenido de las latas, y yo, por un lado recogiendo lo que se caía y por otro pensando como explicar lo que era un cocido madrileño o una tableta de turrón.  Ésta fue la única vez que, presa de los nervios, rompí mi regla de no hablar tailandés con funcionario alguno y le dije: “ahaan sapen samrap phuoen, aroi aroi” (comida española para amigos, deliciosa). Ante la sorpresa de oirme hablar su idioma, mis productos dejaron de interesarle. Su atención se desvió hacia mi persona. &lt;br /&gt;-	“Aaah, estás casado con una thai”&lt;br /&gt;-	“No”&lt;br /&gt;-	“Entonces tienes una novia thai”&lt;br /&gt;-	“Tampoco”&lt;br /&gt;-	“Bueno..., de acuerdo, puedes pasar”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo Dios sabe lo que me depara el destino en estos meses de periplo asiático. &lt;br /&gt;	&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8518494-110259089773092131?l=herrpeter200405.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/feeds/110259089773092131/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8518494&amp;postID=110259089773092131' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110259089773092131'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8518494/posts/default/110259089773092131'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://herrpeter200405.blogspot.com/2004/12/ultimando-detalles.html' title='Ultimando detalles'/><author><name>Herr Peter</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_TOlMhgJwUhQ/SMBZgi7JsmI/AAAAAAAAAAM/G5n3ZEMk5MY/S220/petronasavatar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
